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87. Nada menos que herederos

Alfredo Maria Pérez Oliver, cmf -

Vuelvo a tomar el hilo y recuerdo que estoy llenando cantarillos con las cuatro consignas que Benedicto XVI  encuentra en la primera carta de Pedro. Somos hijos al ser incorporados al Cuerpo de Cristo. Al injertarnos en Él somos hijos y herederos. Ya se han llenado algunos cantarillos con las dos primeras perspectivas: “Elegidos” y “Regenerados”. Vamos ahora a llenar el cantarillo con la tercera perspectiva: “Herederos”.
La herencia tenía en el Antiguo Testamento enorme importancia. Pues a Abrahán y a su descendencia se les promete la tierra que mana leche y miel. Es sugerente la angustia del Patriarca que la derrama ante Yahvé: “El Señor habló a Abrán en una visión y le dijo:

-No temas, Abrán, yo soy tu escudo. Tu recompensa será muy grande.
Abrán respondió:
-Señor, Señor, ¿para que me vas a dar nada, si voy a morir sin hijos y el heredero de mi casa será ése Eliezer de Damasco? No me has dado descendencia y mi heredero será uno de mis criados.
Pero el Señor le contestó:
-No. No será ése tu heredero, sino uno salido de tus entrañas.
Después lo llevó afuera y le dijo:
-Levanta  tus ojos al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas.
Y añadió:
-Así será tu descendencia.
Creyó Abrán al Señor, y el Señor lo anotó en su haber. (Gen.15,1-6)

Gran salto en el Nuevo Testamento.

La Nueva Alianza en Jesús da un salto enorme. A toda la humanidad promete no unos países, sino la “tierra de Dios”. Hijos y herederos de de una realidad impensable.

La herencia que vamos a recibir no la corroe la polilla y nadie la puede robar: “Sabemos además que aunque se desmorone este cuerpo que nos sirve de morada terrestre, Dios nos tiene preparada en el cielo una morada eterna no construida por manos humanas. Y suspiramos anhelando ser sobrevestidos de esa nuestra morada celestial” (1 Cor.5,1-3).

Esta morada eterna es el paraíso prometido al buen ladrón:”Hoy estarás conmigo”. La palabra del Crucificado es la revelación que nos indica lo que es el paraíso: ¡estar con Cristo!, vivir eternamente en el diálogo de amor con el Padre en el Espíritu Santo. Dice el Cardenal Martini:” Esta relación  con el Señor, es relación inimaginable para nosotros, es el principio de toda la bienaventuranza del existir. (“Creo en la vida eterna”. Madrid 2012. pg.122)

Final de una carrera.

Me encanta la brevedad y la exactitud con que San Pablo define la vida cristiana: al explicar su tarea diaria. Ha sido alcanzado, atrapado (como el águila real atrapa a la paloma mensajera) por Cristo Jesús. Y ahora corre para ver si logra darle alcance.

Es evidente que no se trata de un correr físico en una pista. Se trata de crecer en una amistad cada vez más íntima. Ser amigos de Jesús, eso es ser cristiano. Por tanto hemos entendido la voluntad del Nazareno: “El que acepta mis preceptos y los pone en práctica, ese me ama de verdad, y el que me ama será amado por mi Padre. También yo lo amaré y me manifestaré a él.”(Jn.14. 21)

La ilusión del cristiano no debe ser otra que crecer en la amistad. San Pablo distingue dos maneras de conocer a Jesús y se puede aplicar en general a cualquier persona. Escribe:” Así que en adelante ya no conocemos a nadie según la carne ( hay quien traduce ‘criterios  humanos’). Y sí conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así. De modo que si alguien  vive en Cristo, es una nueva criatura, lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo.”(2Cor. 5, 16-17).

Dicho de otra manera. Se le ha conocido con el corazón, y a medida que crece el amor, crece la familiaridad y el deseo de ser como el Amigo, parecerse a Él y cumplir todo lo que Él desea. Eso lo entienden bien los sencillos y humildes. Viene a mi recuerdo una deliciosa anécdota que cuenta el cardenal Van Thuan. Todos los días y a la misma hora aparecía en la iglesia un hombre muy sencillo y a ojos visitas un pobretón. Y así semanas y meses. Suscitó la curiosidad del responsable de la Iglesia, que se acercó a preguntarle:

- ¿Qué rezas todos los días en tan poco tiempo?
- Mire usted, soy un ignorante y no sé oraciones, por eso rezo a mi manera y digo: “Jesús, aquí estoy. Soy Jim.”

Pocos años después el buen hombre enfermó seriamente y fue internado en un hospital.

Al poco, pidió por favor una silla para el amigo que le visitaba todos los días. Y aunque los demás no veían nada, nuestro amigo sí lo veía y le escuchaba emocionado: “Jim, aquí estoy. Soy Jesús”.

Está claro que Jesús de Nazaret es el amigo que no falla

Prácticas equivocadas.

Todavía está muy en boga el pensamiento que hay que rezar mucho, hacer buenas obras para merecer más cielo. La de veces que me habrán preguntado personas de buena voluntad: Padre, ¿mereceré por esto?  Piensan ganarse el cielo por sus propios puños, como los fariseos. 

El amigo no piensa si merece, sino porque ama al Amigo obedece sus mandatos (Cf. Jn.14,15). Aquí la cita de gran autoridad: “De hecho  los fariseos conocieron a Jesús en su exterior, escucharon su enseñanza, pero no lo conocieron de verdad… En cambio los Doce, gracias a la amistad que implica también el corazón, al menos, entendieron lo sustancial y comenzaron a saber quien era Jesús…También hoy existe esta forma distinta de conocer: hay personas doctas que conocen a Jesús en muchos de sus detalles y personas sencillas que no conocen estos detalles, pero que los conocen en su verdad:’El corazón habla al corazón’ Y san Pablo quiere decir esencialmente que conoce a Jesús así, con el corazón…en su verdad, y después, en un segundo momento, que conoce sus detalles.”(Benedicto XVI“. Aprender de san Pablo”; pg.50; Edice 2009)

Que maravillosamente lo entendió el autor, poeta y místico, de la Canción:

Qué detalle, Señor, has tenido conmigo,
Cuando me llamaste, cuando me elegiste,
Cuando me dijiste que Tú eras mi amigo…
Te acercaste a mi puerta, pronunciaste mi nombre.
Yo temblando  te dije: ¡Aquí estoy, Señor!
Tú me hablaste de un reino, de un tesoro escondido,
De un mensaje fraterno que encendió mi ilusión…
Yo dejé casa y pueblo por seguir tu aventura,
Codo a codo contigo comencé a caminar…
Qué sosiego me inunda cuando oigo tu voz…
Han pasado los años y aunque aprieta el cansancio,
Paso a paso te sigo sin mirar hacia atrás.
De la mano de María, naturalmente, se supera el cansancio.

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