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51. Lo que el viento se llevó

Alfredo Mª Pérez Oliver, cmf -

Al comenzar a sacar agua para llenar el cantarillo que va a tratar de los primeros efectos que huracán Concilio produjo en  la Vida Religiosa  en ese momento histórico, salta a mi memoria la película que con acierto titularon “Lo que el viento se llevó.”

Recordaré que esta película filmada en el año 1939 y basada en la novela de Margaret Mitchell que idealiza un Sur  de EE. UU. Romántico, con criados negros felices y lujosas mansiones. La realidad era distinta. La riqueza de esos magnates se lograba con la explotación y dolor de miles de esclavos.

La guerra de Secesión supuso un viento huracanado que se llevó tantos privilegios de los sureños que estaban amasados con sangre.

Los expertos califican a esta película como una obra maestra, que durante 25 años fue la más taquillera y laureada en la historia del cine. Muestra la fortaleza de la caprichosa hija de los ricos algodoneros  O´Hara que pierden todo en la guerra y paradójicamente  fortalecen a la caprichosa hija – Scarllett- determinada a recuperar su destino y su mansión familiar.

Me suscita el recuerdo de esta película, el viento del Concilio que se llevó el techo que cobijaba a la Vida religiosa y cuarteó los tabiques del edificio jurídico y teológico que los protegían.

Emplearé para explicar con claridad el significado del techo protector, un estilo narrativo que no soslaya la realidad teológica y jurídica.

Por la década de los años cuarenta del siglo XX, se estructuraba la Iglesia en lo que llamaban “estado de perfección”, que era el que vivía el episcopado –aunque no todos fueran perfectos- por supuesto. A continuación se situaba a los religiosos que eran lo que estaban aposentados en un estado que facilitaba la perfección. Recuerdo que en el Noviciado se insistía en la obligación de renovar cada día el propósito de crecer en perfección. Y por fin estaban a buena distancia, los fieles de a pie. No hay más que recordar la obra del P. Ángel Ayala titulada “Diferencia entre el Estado seglar y el religioso”. Y la diferencia era abismal. A favor de los religiosos, claro.

Pero vino el Concilio con fuertes vientos y se llevó techo protector y paredes. Y la Vida Religiosa, a la luna de Valencia, entró en crisis. Sobrevino una fuerte crisis de identidad.

Diagnóstico de un hombre providencial.

Creo que fue providencial  para la Compañía de Jesús y para la vida religiosa, el P. Pedro Arrupe, que formuló con valentía la nueva situación:

“La crisis ambiental  por la que pasamos llega en algunos casos a formularse como una angustiosa pregunta: ¿Qué somos? ¿Qué podemos ser? ¿Qué debemos ser hoy los jesuitas? (Preguntas impensables diez años antes, añado)

Sin tener una cierta respuesta a estas preguntas ¿cómo seguir adelante?, ¿cómo llevar a cabo una vida difícil, ¿cómo iluminar las mil opciones concretas que en nuestra vida privada y comunitaria, de formación, de apostolado, se nos plantean? Es bien claro que es el fin el que se nos oscurece, ¿será extraño que no acertemos con los medios?

Recuerdo que la palabra “crisis tiene doble significado. Los japoneses la traducen con dos caracteres. Uno de ellos significa ‘peligro, ruina inminente’. El otro ‘oportunidad, apertura hacia delante’. Se abre, en consecuencia, a la Vida Religiosa un nuevo horizonte de plenitud en su camino hacia delante. Lo que sucede al adolescente esforzado que pierde mucho de sí mismo, pero para encontrarse de nuevo “el mismo” con una personalidad más libre y más madura.

Cierzo o bochorno, Pero siempre a muchos kilómetros por hora.

Analizaré algunas causas perturbadoras que destapó la ventolera, y provocó la crisis que hemos leído reconoció el P. Arrupe:

1. Se  tambalea su puesto específico en la Sociedad y en la Iglesia.

Cuando un individuo o un grupo no es aceptado en la sociedad en la que está inserto, se produce un factor de crisis de identidad. Por esas fechas emerge con fuerza, desde diversas perspectivas, el querer desplazar a los religiosos de su puesto de servicio, por ejemplo en la sanidad y en la enseñanza. Se sucedieron la venta de clínicas y el desalojo de las viviendas adjudicadas a las religiosas en los edificios de la Seguridad Social. La enseñanza en Colegios de los religiosos, sufre acoso. No trato de analizar todo el complejo problema, sólo indicar unas pistas, que provocaron el bien inmenso de ahondar en el SER de la Vida religiosa. Tema de futuros cantarillos.

Algo parecido sucedió desde ambientes amplios de Iglesia que querían abolir la Exención por una parte y por otra la idea de concentrar fuerzas fusionando las Congregaciones Religiosas. Tema que obligó al Concilio a discernir y valorar los carismas religiosos.

2.- La llamada a la santidad para todo el pueblo de Dios.

Ya no vale el banderín de enganche que se enarbolaba. Si se quiere llegar a la santidad, el camino es el convento. El cambio es notable: Todo el Pueblo de Dios desde las tres formas de vida cristiana: sacerdocio ministerial, vida consagrada o vida seglar es llamado a configurarse con Jesús de Nazaret, pendiente siempre de la Voluntad del Padre.

3.- El impacto de sentirse Iglesia.

El Concilio iluminó con fuerza la realidad eclesial. Ser miembro de la Iglesia de Jesús era el mayor timbre de gloria  Esta verdad dejó en la penumbra y difuminó las espiritualidades propias de los Institutos religiosos. Yo oí exclamar con entusiasmo esta expresión: “Da lo mismo ser jesuita, que dominico que capuchino. Lo importante es ser Iglesia”. Se necesitaron años para captar la importancia del patrimonio espiritual de cada Congregación. Y reconocer que el carisma es un don del Espíritu para construir Iglesia. Y desde la vivencia del carisma se sirve y se enriquece a la Iglesia, y se es Iglesia.

4.- La incorporación a la Pastoral  de conjunto.

El desconocimiento mutuo y el protagonismo dificultaron y siguen dificultando la corresponsabilidad en la Pastoral. Se ha avanzado en teoría, pero estamos lejos de asimilar y poner en marcha, lo que ya ahora se llama con acierto “misión compartida”. No hace mucho me confesaba con pena un militante seglar, las dificultades para  vivir gozosamente en su Parroquia –con párroco joven-esa corresponsabilidad. Se sabe sólo la teoría.

Pero aún quedan más causas perturbadoras, que ojalá se las lleve el viento. Pero seguiré señalándolas en el próximo cantarillo. No se puede combatir al enemigo, si no se sabe en que trincheras está agazapado.

Como la protagonista de “Lo que el viento se llevó”, debe la Vida religiosa esforzarse para recuperar vivos y adaptados, lo que significan para la Iglesia y para el mundo los carismas que el Espíritu donó a la Iglesia a través de santos y santas Fundadoras.

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