La Resurrección de Jesús es fruto de la profunda relación de amor entre Jesús y su Padre.Ese amor no podía ser quebrado por la muerte.
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El año litúrgico nos conduce de nuevo al Tiempo Ordinario, que según la nueva estima y valoración de los distintos tramos en los que se divide el año, es también “tiempo fuerte”, por ser el más largo y por ser el que más nos afecta en el día a día.
En un primer momento, la interpretación del significado de este don puede alimentar reacciones religiosas naturales de miedo ante Aquel que puede castigar, porque es Todopoderoso.
Por el don de piedad nos hacemos conscientes de nuestra identidad de hijos adoptivos de Dios y de la fraternidad humana. Hijos en el Hijo, creados a imagen del Primogénito por el Hálito divino.
Si por el don de Sabiduría llegamos al conocimiento de los misterios divinos, del Amor creador, por el don de Ciencia se nos concede valorar rectamente las realidades temporales, la creación.
El don de Consejo es necesario para saber elegir en el día a día lo que Dios quiere, no sólo lo que es lícito, sino lo que es mejor; es tener el discernimiento interior para optar por “lo bueno, por lo que le agrada a Dios, por lo perfecto”
El Don del Entendimiento fortalece el don de la fe, le presta la fuerza del testigo. No se arredra, ni se acompleja, porque comprende la verdad que encierran las palabras humanas con las que se explica el misterio divino.
“Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre, «que oísteis de mí: Que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días».” (Act 1, 4-5)
Para los cristianos, a los cincuenta días de Pascua es la fiesta de Pentecostés, fiesta que celebra la venida del Espíritu Santo. El día siguiente al séptimo sábado después de la Resurrección de Cristo
La cuarentena pascual ha llegado a su cumbre. Jesús, desde lo alto del Monte de los Olivos, asciende a los cielos y los discípulos quedan en aparente soledad, pues, después de los cuarenta días, dejó de aparecerse a los suyos.
El número doce es el número más conocido en relación con los Apóstoles y testigos de la resurrección de Jesús, aunque en algunos relatos, por lo acontecido con Judas, se prefiere citar el número once.
Es conocido el simbolismo de número siete como medida perfecta en diversos cánones arquitectónicos, pictóricos y filosóficos. un número remecido de significado. La creación se desarrolla en siete días; siete veces al día ora el salmista, siete semanas dura el tiempo de Pascua.
En las Escrituras es frecuente encontrar la reiteración de una palabra, cuando se hace por tres veces adquiere el significado de seguridad, certeza, voluntad consciente.
En los relatos evangélicos de las escenas de Pascua, con frecuencia aparecen cifras, números, referencias simbólicas en clave cabalística o jurídica. Es el caso del número dos.
Al referir el modo de vida de los primeros cristianos, se ha podido mitificar la paz, la convivencia, la armonía en la que se relacionaban, y desde esa referencia sentir cierta desafección actual por la Iglesia.
Entre los testigos de Pascua, destaca el discípulo amado, el primero que creyó en la resurrección, él que reconoció al Señor a la orilla del Lago de Tiberiades.
Pocas veces un hecho relacionado con la vida de Jesús es avalado por los cuatro Evangelios, ni siquiera la Cena Pascual es descrita por todos, sin embargo, los cuatro evangelistas dan cuenta de la presencia de María Magdalena
A la luz de las escenas de Pascua, se comprende que aquel primer día de la semana, Jesús no se quedó en el seno de su Padre, gozando de la intimidad entrañable, amorosa que tanto anhelaba, mientras caminaba por Galilea, Judea y Samaría.
Podría parecer una contradicción que en Pascua, fiesta de la luz, del día sin ocaso, del dominio de la vida sobre la muerte, de Cristo resucitado, evoquemos la noche como icono pascual.
Es una hora señalada en los relatos de Pascua, es la hora en la que se huyen las sombras, la silueta se alarga, la tierra emite la luz recibida. Es la hora de la brisa, cuando Dios bajaba a pasear y a dialogar con Adán y Eva.
Los orantes, a esta hora interrumpen sus tareas, dan tregua a la fatiga, rezan con los salmos, se unen a toda la Iglesia en oración y reconocen al Señor, dueño del tiempo y de la historia.
Feria
Mc 6,30-34. Andaban como ovejas sin pastor
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