Abandonándolo todo en las manos de Dios. Recuerda que es Padre-Madre en el amor, que todo lo recibe, todo lo perdona, todo lo ilumina, todo lo salva.
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Hay que recuperar al hombre y ayudarle a entrar en ese no tiempo del que habla Juan de la Cruz. Es el lugar de aprendizaje más definitivo. No aprendemos cuando acumulamos saberes -lo que requiere tiempo-; aprende cuando olvida lo que sabe...
Cuento, filosofía, teología se entrelazan para trazar el mapa de nuestra nostalgia: ir más allá del espejo, ir más allá de las palabras, ir más allá de sí mismo ... y hasta más allá del tiempo. ¡Requiere explicación!
Tenemos prisa, más ante Dios. Como no vemos nada ... Es fácil pretender darle a Dios nuestros modales humanos y creer que lo entendemos.
Una forma de espacio, aunque elemental, puede ser la llamada relajación, hoy tan trivializada. Asumida desde la fe, es descanso, y un relativo espacio abierto al amor de Dios; un espacio en la propia corporalidad
El P. Miguel Romero ofrece gratuitamente a los lectores de Ciudad Redonda su libro "Encuentro con la Palabra", en él nos ofrece comentarios a la lecturas bíblicas de Laudes y Vísperas.
Te ofrecemos en Ciudad Redonda el primero de una serie de libros publicados por el P. Miguel Romero Taboada, misionero claretiano, en los que se ofrecen materiales para enriquecer el rezo de la liturgia de las horas.
'Desde mi ventana', aunque real y cierta, en este caso es una metáfora útil, que me permito. Por ella miro la noche, los campos, la calle, los cambios del tiempo, toda la meteorología; la abro o la cierro; juego con ella.
A veces, el orante necesita 'hablar', dialogar, desahogarse. Dejar que el corazón se le derrame ante Dios (Lm 2,19; Sal 60,9; 1S 1,15; Éx 33,11). Háblele con franqueza, con sencillez, sin artificio; o rece algo que le guste; o recite un salmo; o exprese los afectos que surjan de su corazón.
Ignacio de Loyola aconseja crear 'gestos'; en el fondo, 'modelos mentales y emocionales, al mismo tiempo que corporales', en los que trata de enseñar a verter la propia relación de amor...
El orante necesita hacer algo, decir algo, expresarse, de algún modo. Necesita darle alguna 'visibilidad' a su relación.
El principio que rige el proceso oracional es que 'todo sea sin violencia'. Todo ha de estar a la altura del corazón, donde la relación de amor se humaniza y donde la persona está contenida.
Orar es gracia de Dios y también un arte que se ha de ejercitar. Se puede aprender a recoger el espíritu antes de entrar en la oración...
Dios va haciendo su obra sin contar, aparentemente, con nosotros. Hay que hay que 'saber' entender y aceptar con paciencia.
La postura quieta y sostenida, puede parecer la metáfora de un fósil, pero es un ‘estado de espíritu’ y, en el caso del orante, una manera de enamoramiento, como relata el Cantar de los cantares, que, aunque lo aplica al amado, es también la actitud de la amada.
La mente no sabe ‘estar’ ante un acontecimiento que no ve, ni toca, ni controla; ante un acontecimiento en el que el cuerpo no responde; la mente se revuelve inquieta, siempre a la expectativa y a la espera de resultados inmediatos.
Frecuentemente no llevamos lo suficientemente lejos nuestra búsqueda de la verdad. Habiendo ejercitado nuestro intelecto hasta un cierto límite, creemos que no hay esperanza de posterio res descubrimientos o investigaciones.
Aprender a meditar no es una habilidad; es más bien aprender a deshabilitar procesos aprendidos, estructurados, esclerotizados, endurecidos. Meditar es hoy un estereotipo.
No es una broma verbal; tampoco un aforismo teológico. Es sencillamente la formulación de un modelo nuevo de estar con las cosas. Tal vez el modelo único. Desde la poesía, es captar el instante ‘al vivirlo’ y dejarlo donde está. Todo momento es silencio. Y meditar es la expresión de nuestro misterio personal.
La aparente ineficacia de la oración; la aparente falta de resultados pueden provocar tu angustia y desánimo. Tú quieres ver algo; quieres sentir algo. Pero, no ves ni sientes nada.
Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote
Mc 9, 41-50. Más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno.
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