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Tu
opinión
Señor Director:
Tengo el gusto de escribirle para felicitarles por el nuevo enfoque de la revista Misión Abierta. Especialmente el número de octubre, “Laicos: creyentes a pie de obra”, me ha parecido estupendo; algunos artículos han tenido muy buena acogida en mi grupo de amigos, jóvenes universitarios, bastante críticos por cierto, lo cual ya es todo un éxito. La revista emana cordialidad y frescura y no lo digo sólo por los colores cálidos de la cubierta (aunque todo ayuda) sino por el tono amable, actual y cercano, en el que no se confunden sencillez con ramplonería ni rigor teológico es sinónimo de hermetismo. ¡Qué alivio! Gracias. Seguiremos leyéndoos.
Manoli González (Cádiz)
Queridos amigos de Misión Abierta:
Recojo la invitación de vuestros últimos números y os digo lo que pienso y lo que siento. Pienso que la revista ha entrado de verdad por unos caminos de renovación, que muchos deseábamos tras un ligero conato no consumado hace unos tres años: es más apetecible y es más apetitosa. Apetecible porque maquetación y confección son más modernas, porque se han intensificado las colaboraciones breves pero sustanciosas, y porque la parte gráfica resulta gratificante. Y apetitosa porque uno lleva tiempo siguiendo firmas casi, ya, hechas propias, como si las esperara mes tras mes como intuyendo de qué te va a hablar y, especialmente, cómo te lo van a decir. Que permanezcan, y que aparezcan alguna auténticamente juvenil: la espontaneidad postmoderna suplirá esa sustancia tan moderna.
En cuanto a los dossieres, sugiero que, permaneciendo útiles para nuestra pastoral y precisamente para poder realizarla en la actualidad, se abran a cuestiones todavía más relacionadas con lo secular, con lo político, económico, mediático y otras realidades que cada vez más afectan a los creyentes de hoy.
Mucho ánimo, que vuestro servicio realmente sirve. Al menos a mí me resulta gratificante leeros cada mes. Y haced lo posible para estar más presentes en lugares donde la gente pueda conoceros mejor. En fin, felicidades por tantos retos pasados a vuestro lado, y un abrazo muy fuerte para todos y todas.Vuestro,
Pablo de Palma
Religioso y sacerdote
Amigos de Misión Abierta:
Paz... Navidad... dos palabras que ya estamos acostumbrados a ver unidas: tarjetas de felicitación, anuncios televisivos, celebraciones religiosas... en fin, parece que han nacido la una para la otra. Pero a mí me producen justo el efecto contrario.
Cuando llegan estas fechas (cada vez lo hancen antes) siento que la sociedad, el consumo, el no ser menos que los demás me llevan a la vorágine, al derroche, a pensar que todo está justificado porque son fechas especiales, porque DIos ha nacido y eso merece ser espléndido... pero, espléndido ¿con quién?
Somos espléndidos entre quienes lo tenemos todo y nada nos falta; entre los que ya hemos perdido la capacidad de ilusionarnos, pues la islusi'on es sueño (y soñar es de pobres hoy en día) y antes de poder soñar ya hemos conseguido ese objeto o deseo que creemos imprescindible o del que pensamos ser absolutos merecedores. Hay que seguir la moda, y la moda desde hace tiempo es consumir; no razonar, ni compartir.Por eso estas fechas para mí son tristes, y la palabra Paz me resulta fría, vacía de contenido: una palabra más al uso, pero poco real. Una palabra que hace redondo ese marketing que nos tiene lavado el cerebro, el corazón y la cartera, y que una vez pasadas estas Pacíficas Fechas nos deja un regusto amargo. Y aunque en el fondo no queramos preguntarnos la razón de esa amargura, el estribillo es siempre el mismo: alguien que no ha podido estar, un familiar que falleció, etc. Pero, ¿no será que lo triste realmente es que, cuando los tuvimos a nuestro lado, no supimos aprovechar el tiempo para hacerles felices, para darles nuestro calor y nuestro cariño? En fin, ¿no será que no supimos darles a tiempo esa paz que no se puede comprar, esa paz que sale del corazón, que es barata y no necesita ni lazos ni papeles de charol dorado?
La paz que yo sueño va unida a los recuerdos de mi infancia, cuando el mejor regalo era estar toda la familia reunidos alrededor de una mesa, y donde lo entrañable era cantar villancicos al son de una pandereta, viendo la sonrisa agradecida de los mayores que al final se traducía en algún aguinaldo –costoso de fijar, pues el buen juicio de mi abuelo siempre contratasba con la esplendidez de mi abuela–. Realmente lo que menos recuerdo es el menú; seguramente algo típico de esas fechas, pero preparado con cariño e ilusión: ese era su verdadero valor y no su precio.Quizá si pensáramos menos en el valor material de las cosas, e intentáramos que el verdadero regalo fuera nuestra compañía y nuestro cariño, tal vez el día de mañana, cuando ya no podamos estar todos juntos, nos dé paz saber que les dimos lo mejor de nosotros, y podremos desear felicidad y paz en estas fechas, porque para desear algo, primero hay que sentirlo.
Os deseo paz y felicidad. De corazón.
Mª Carmen .... Madrid.