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Sobre el caballo blanco
Norberto Alcover
Cuando levanté la mirada, le ví. Desprendía una cromática entre azulada y violeta, en absoluto blanca, que es lo normal en su estirpe. Carecía de alas, y en su lugar emergían dos grandes manos, estilizadas y acabadas en yemas doradas. Sentado en el úItimo:banco de la capilla, creo que percibí su sonrisa desvanecidat como si fuera una sonrisa de gioconda pero entre tules etéreos.
Soy el ángel del tiempo, me· diio en susurro. Y vengo para ayudarte a salir de un momento y pene trar en otro completamente distinto, añadió con su permanente susurro. Y levantándose, sin que pueda explicarlo, vino hacia mí con,sus manos extendidas, hasta que sus yemas doradas se posaron en mis hombros: soy tu ángel de la guarda, el guardián de tus horas, de tus días, de tu tiempo, y nunca te he dejado y nunca te dejaré, mientras sentía la presión de sus yemas doradas en mis hombros. Entonces abrió las manos, sentí sumergirme en una poderosísima luz entre azulada y violeta, sentítambién que el ángel me apretaba contra su cuerpo que no era cuerpo, y comencé un viaje hacia el no sé dónde, con tremenda rápidez sensual y no menos se renidad del alma. Cuando lo recuerdo, me extasío de placer en estado puro. Era como viajar sin viajar. Era, como quien es llevado hacia un tiempo sin tiempo, hacia un espacio sin espacio, en volandas de perdición sublime y tierna. Qué maravilla. En: un momento dado, sin ser momento y sin ser dado en absoluto, una música estalló en un paroxismo de nota, de grito, de voz, y todo se,abrió ante amí, y descubrí el misterio en su propio misterio, allí, no sabría escribir si más abajo o más arriba, pero allí, en el allí del viaje, llevado por el ángel de las yemas doradas, queseguía sosteniéndome. Quedé en quietud perfecta ante lo incognoscible pero sí perceptible, ante tanto misterio que percibía como nunca mi propia menesterosidad. Y escuché algo que llamaría voz o grito o nota que me decía: soy el caballo blanco y estoy empapado en sangre, y el tiempo cabalga tras mis huellas, porque he vencido el morir y nadie podrá conmigo; yo soy el rey de reyes y el sañor de señores, y mando sobre la bestia.
Un estremecimiento, y seguía en el banco de la pequeña capilla. Desorientado, dolorido, como sucede tras una larga marcha. Palpé mis carnes, y estaban tensas. Acaricié mi alma, y la percibí extendida. Y en aquel preciso momento, lo comprendi todo: puede que el nuevo momento venza mis proyectos, puede que sí, pero ya nunca me domi, hará cualquier desesperanza: he sorbido la hiel de la muerte ominosa, mientras sobría, también, la miel de la resurrección excelsa. He realizado el necesario viaje de la mixtura y de la identificación perfectas, y he quedado empapado en la sangre del caballo blanco. A mis pies, está la bestia. A mi lado, azulado y violeta, el ángel del tiempo, mi poderoso guardián, a mi ladito siempre.
He visto lo invisible cara a cara. Y vivo. El nuevo siglo y el nuevo milenio, ese otro momento, serán el permanente amén de mi pequeña vida. Cuando atardece. Qué maravilla.