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Esperar contra toda esperanza:
consecuencias del Concilio para
el nuevo milenio (II)
Norverto Alcover


El 8 de diciembre el Concilio cumple treinta y cinco años.
Sus consecuencias, después de tanto tiempo, permanecen aún vigentes para el momento actual, y abrirán el camino eclesial
del siglo XXI.

El bagaje del Concilio tenía que provocar consecuencias relevantes para la historia de la Iglesia Católica y, no menos, para la sociedad en que ésta se mueve. El hecho más significativo es que durante los años 60-70 el Concilio Vaticano II llenó nuestras bocas, o por lo menos algunas bocas y, sin embargo, a partir de los 80 y mucho más durante los 90, la reunión conciliar fue perdiendo peso tanto en las estructuras como en las masas eclesiales, hasta devenir en un mero recuerdo, un tanto peligroso y absolutamente superado por nuevos profetas y nuevas doctrinas, que todos conocemos perfectamente. Esto es lo más importante en el mundo de las consecuencias, que una pasión de seguimiento ha sido sustituida por otra pasión de olvido. Por lo tanto, quienes creemos que tal sustitución es pésima para nuestra Iglesia Católica, sabemos lo que tenemos que hacer, si es que pretendemos que el Concilio Vaticano II no desaparezca por completo de las perspectivas y prospectivas eclesiales. La responsabilidad es nuestra, y seguramente Dios Nuestro Señor nos pedirá cuentas de la seriedad con que tomemos en nuestras manos tal responsabilidad. Aunque los sabores contextuales no parezcan propicios.

Pero enunciado el hecho sustancial de cuanto se han dado tras la emocionante ceremonia de clausura del Concilio Vaticano II por Pablo VI, señalamos estas consecuencias concretas:

Cuanto supuso en talante y en doctrina el Concilio Vaticano II, se hizo carne en no más de un 30% de los católicos del mundo. Los restantes o bien permanecieron al margen de tanta novedad esperanzadora porque nadie les animó a ceñirse a ella, o bien comenzó una labor de zapa contra lo sucedido, tildándolo de heterodoxo, disfuncional y, sobre todo, disolvente de la consistencia eclesial y diluido en una mundanidad acaparadora.

Quiere decirse que, el Concilio Vaticano II nunca contó con un cuerpo eclesial plenamente entusiasmado: ni con su talante dialogal de cara a la realidad histórica, ni con sus contenidos centrados en una encarnación histórica de la Palabra hecha Carne. El Concilio Vaticano IImovió sus fichas desde su estreno como forma/fondo de eclesialidad, siempre a contracorriente, como si no pudiera evitar dar una y otra vez explicaciones de lo que había sucedido en el aula conciliar. Así, mientras las fuerzas de presión anticonciliares se abrían camino cada vez más, aunque pareciera lo contrario, las fuerzas fieles al Concilio Vaticano II fueron batiéndose cada vez más en retirada.

Y hasta el día de hoy, cuando sucede lo que sucede. Ejemplo fehaciente: esa beatificación de Juan XXIII, un Papa emblemático del Concilio Vaticano II, realizada en mala fecha, junto a personajes un tanto oscuros, y para nada vivida con verdadero cariño desde las alturas.

Cuántos y cuántas estuvieron en la brecha postconciliar para llevar adelante las tareas renovadoras eclesiales y societarias, tal vez no hayan desaparecido físicamente todavía, pero es cierto que han sido eliminados de sus posiciones de testimonio y de enseñanza, han sido acusados de falta de amor a la Iglesia Católica o, sencillamente, han sido preferidos a la hora de nombrar nuevos cargos, nuevas responsabilidades y, en general, nuevas personas para organizar la estructura eclesial en este siglo que ahora mismo comenzará.

Muchos de ellos y de ellas padecen en silencio, escriben menos de lo que gustarían, hablan menos de lo que desearían y, en fin, actúan menos de lo que estarían dispuestos a actuar en beneficio de una Iglesia católica que sigue siendo tan suya como de los que les complican la vida. Esta evidencia es de tal calibre que, como siempre sucede, dentro de unos años, que solamente Dios sabe cuántos serán, retornarán sus nombres y sus libros y sus voces a estar en la arena de la historia, pero el daño ya estará hecho: daño al Cuerpo de Cristo, daño a la sociedad y, lo que es más crujiente, daño a los intentos proféticos.

Y es curioso: en general, siempre que sucede una fractura de esta tipología en la Iglesia Católica, las personas avanzadas soportan la paliza del silencio, interpretando lo sucedido como misterio de Dios en el misterio de las pasiones humanas. Sin romper el invento. Sin embargo, las personas conservadoras, por utilizar una palabra suave y respetable, pierden los nervios, comienzan campañas en la oscuridad y reclaman que los demás sean eliminados de la vida pública. Porque la razón única está con ellas, tan prudentes, tan serenas, tan obedientes, aunque la realidad sea muy otra. Y no deja de resultar llamativa la transposición de este comentario a la vida civil en todos sus aspectos: el imperio del conservadurismo más estricto, domina en todos los ámbitos del “pensamiento único”. Es inútil mirar a otro lugar cuando las cosas se suceden como se están sucediendo.

La teología propiciada por el Concilio Vaticano II ha sido sustituida por textos descaradamente postmodernos en lo relativo a la vida eclesial. No hay que esforzarse para objetivarlo: libros de pura devoción sansulpiciana, reencuentros con la Virgen en su acepción más espiritualista, estudio de la secularidad como la causante de todos los males postconciliares, imperio de lo oculto y de lo metafórico, desprecio de lo empírico y científico, eliminación de toda teología con sabor a liberación salvadora, entronización de lo especulativo sin referencia humana posible, deseo explícito de una Iglesia Católica que pretenda ni ser del mundo, ni estar en el mundo, pero tampoco permanecer ofreciéndose al mundo porque está convencida de que es el mundo quien debe de marchar hacia ella pidiendo perdón por sus pecados. Una Iglesia Católica que se atreve a pedir perdón por sus equivocaciones, pero que contempla, en este momento, equivocaciones muy parecidas a las lamentadas.

Sucede entonces que, de forma silenciosa y excusada, aparecen reediciones de los grandes maestros conciliares, y uno sabe muy bien que esta soterrada dinámica alcanzará su cenit cuando aparezcan de nuevos unos célebres “escritos teológicos” de quien fuera el más grande, ese alemán que acabó siendo teólogo porque fracasó en su intento de ser filósofo. Nada se ha escrito tan fuerte y denso como tales escritos, y nada apareció después, en esa línea espiritualista ya comentada, capaz de suscitar adhesiones de corazón y de inteligencia como esos volúmenes en que la fe resulta inmensa en la esperanza desde la caridad.

El misterio de Dios es precisamente tal cosa, misterio, y por ello mismo, es inútil que intentemos ponerle días y horas: el camino llegará un día en que se encuentre con sus necesarios transeúntes, y solamente entonces, dejará de ser camino para sí mismo y comenzará a ser transitado por cualquier ser humano de buena voluntad. Se escriben estas líneas con la absoluta convicción de que, siempre, el misterio de Dios en la historia humana, produce clarificación.

Pero el Concilio Vaticano II ya está sembrado en la humanidad. Las consecuencias anteriores son objetivas y pudieran llamar al desánimo, y nada más lejos de nuestra forma de contemplar las cosas.

Que la Iglesia Católica es fuente de liberación salvadora, ya está sembrado. Y que los clérigos permanecen al servicio de toda causa del Señor Jesús hecho historia del necesitado sea creyente o no creyente, también está sembrado. Y que los laicos deben de protagonizar tantas y tantas cosas en la estructura eclesial, no por debajo ni por encima sino junto a los clérigos, es evidente que está sembrado. Y que la presencia de Dios en el devenir humano aparece en los discernibles signos de los tiempos, también está sembrado. Y que el Colegio Episcopal tiene una responsabilidad eminente en cuanto tal y en la media que se configura en torno al Obispo de Roma, resulta sembrado en todas partes. Y que debemos construir la ciudad celeste entre las murllas de la ciudad terrena, precisamente para que tengan consistencia bíblica, aparece como sembrado aquí y allá. Y que Jesucristo está en el centro real y práctico de todo, cae por su peso de tan sembrado que está. Y que la Iglesia es casa de todos a imagen de la casa del Padre del hijo pródigo, claro que está sembrado. Y que la llamada Vida Religiosa/Consagrada debe de resultar profética en su misma renovación interior y exterior, aparece como una siembra prodigiosa.

Y tantas y tantas y tantas semillas conciliares como están en el silencio de los campos y de los montes eclesiales y sociales: un silencio que se convertirá en nuevo big-bang de futuro.

Así, quienes existenciamos el Concilio Vaticano II en plenitud, lo seguiremos existenciando con el mismo fervor e intensidad, pero habiendo aprendido en estos último años que, se quiera o no se quiera, vivimos tiempos de invierno y de maceración, ni mejores ni peores, pero sí duros de sobrellevar en lo que tienen de reticencia ajena por tanto egoísmo exultante en los sesenta y setenta, por tanta superficialidad emergida en nuestra aproximación a la realidad, y sobre todo, por intentar sustituir el poder por el amor en la estructura y en la praxis eclesiales, en opinión de muchos que en la actualidad dictan principios e imponen costumbres. Es cierto que cometimos muchas equivocaciones, como hemos reconocido públicamente. Pero parece que no hayamos amado a la Iglesia Católica de verdad y con verdad. Esto es lo más doloroso y lo que el tiempo humano apenas digiere en las horas difíciles.

Conclusión para la esperanza. Todo lo anterior en parte es historia personal y en parte se presenta como materia de estudio. Para quien lo ha escrito y, es de esperar, para quienes lo lean en el silencio de su corazón fiel o en esa realidad comunitaria tan cálida siempre, el Concilio Vaticano II ha sido la esperanza objetiva más seria para la Iglesia Católica del siglo XX, y permanece con idéntica consistencia y significado en este comienzo de siglo y de milenio. Se escribe con rotundidad porque se piensa así y porque Dios, desde su tremendo misterio, hace las cosas bien y es sensatamente imposible que reuniera a lo mejor de su Santa Iglesia para acabar en una tristeza de aventura. El Señor Jesús, manifestación encarnada de tal Dios, nos ha dicho que es pura paternidad y tremenda fortaleza. Tal es el don recibido en el bautismo: el don de estar sumergidos en el ser mismo de la Trinidad, para manifestar a la gente que nos rodea y junto a la que estamos como creyentes, que vale la pena vivir porque amar es todo lo necesario y suficiente. Está claro, con un amor misericordioso, que es el amor de esa realidad trinitaria, aparecido como instrumento de resurrección en medio de nuestro mundo tan mortecino en demasiadas ocasiones.

Por todo ello y por tantas cosas que sabrá muy bien cada lector, permanecemos esperanzados al hacer memoria activa del Concilio Vaticano II. Celebrado en Roma, capital de la catolicidad, durante unos utópicos años sesenta, mientras el ser humano alcanzaba la luna, se luchaba por la emancipación de los oprimidos desde el hambre y la injusticia y, detalle magnífico, un tal Ángel José Roncalli besaba a los niños con los ojos llenos de paternidad reconocible. Quienes vivimos tanta dicha no podemos serle infiel. Y quien llegó más tarde sepa que mereció la pena vivirla.

Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar. Pasar haciendo caminos. Sobre la mar de la Iglesia Católica, que tal vez sea nuestro morir: morir de amor. Y que siempre es invitación a la esperanza contra toda esperanza.