Los hijos nunca son realmente tuyos, independientemente de que seas su madre natural, o su madre adoptiva o su maestra. Ellos tienen sus propias vidas, vidas que tú no posees en propiedad.
Mi padre murió cuando yo tenía veintitrés años; yo entonces era seminarista, inmaduro todavía, aprendiendo aún las malicias la vida. A cualquier edad es duro perder a tu padre, pero mi pena aumentó por el hecho de que justamente había yo comenzado a apreciarle.
El nuevo nacimiento viene del agua y del Espíritu; la gracia de la filiación divina, por adopción, se concede en el bautismo, por el que se nos permite invocar a Dios como Padre, fuente de la mayor alegría.
Quien se resiste al perdón no llega a conocer el amor de Dios, crece en un subjetivismo nocivo, se endurece, huye del propio conocimiento, busca los defectos de los demás, se incapacita para pertenecer a la comunidad, se vuelve juez inmisericorde, se convierte en pretencioso, piensa que es invulnerable, puede llegar a enloquecer.
“El Señor es compasivo y misericordioso”
Cuando es el padre el que se marcha del hogar... y un día regresa. ¿Qué hará la madre, qué harán los hijos? Tiempo de reencuentro y perdón también familiar.
En esta entrega del Padre Nuestro el autor profundiza en la frase «venga a nosotros tu Reino». Explica que habría que hablar más que de reino, de señorío, lo cual para Jesús va íntimamente unido a la idea de paternidad. Dios es Rey porque es Padre. Afirma
Feria
Mc 6,30-34. Andaban como ovejas sin pastor
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