Comentario al Evangelio del

Carlos Latorre, cmf

Queridos amigos:

Hace años vi una película sobre la vida de Jesús en que se representaba la escena que hoy narra el evangelio: “los enfermos se echaban sobre él para tocarlo”. Todavía recuerdo la impresión tan fuerte que esa escena me produjo.  Llegó un momento en que fue imposible contener la avalancha de la gente enferma que alargaba sus manos para tocarlo. Y Jesús cayó  aplastado por ellos en el suelo. Una imagen bien fuerte para entender el sentido de su muerte en la cruz: “El cargó con nuestras dolencias y pecados”.

Jesús pide a sus discípulos que preparen una barca para poder hablar a la gente desde la orilla del lago, para que “no le estrujaran”. El que está enfermo por encima de todo quiere curar. Pero llama la atención con qué insistencia Jesús sigue anunciando la Palabra. Porque la Palabra es la que ilumina el corazón y la mente de las personas y las prepara para acoger el Reinado de Dios, “que para eso he venido”, insiste Jesús.

El evangelista Marcos recuerda en diversos momentos de su evangelio cómo Jesús imponía silencio a los espíritus enemigos que querían arruinar su predicación. Los seguidores se multiplican. La misión se hace universal. Los enfermos siguen siendo sanados. Y es sorprendente que los espíritus malos reconocen el poder sobre el mal que tiene  Jesús y su filiación divina.

Pero los fariseos ciegos y fanáticos rechazan a Jesús, no quieren escuchar su mensaje y tratan de hacerle desaparecer. Mientras tanto, vemos un pueblo que se deja seducir por la irresistible atracción de Jesús. Los sencillos no tenían a qué aferrarse, no tenían motivos para temer a Jesús. Sólo veían en él a alguien que buscaba su bien, que quería ayudarles a superar las angustias de la vida. Sabían que lo necesitaban, y que en él podían encontrar la misericordia que no hallaban en los dirigentes del pueblo. Por eso se echaban encima de Jesús sin pudor ni temor, llenos de confianza.

El salmo que rezamos en este día pone en nuestros labios estas palabras: En Dios confío y no temo, ¿qué podrá hacerme un hombre?

Una vez pregunté a un amigo:
-¿Dónde y cuándo has encontrado a Dios en tu vida?
-En las manos de mi abuelo que me enseñó a rezar, me respondió.

Esa sí que es una herencia millonaria: feliz el que ha encontrado a Dios.

Vuestro hermano en la fe

Carlos Latorre
Misionero Claretiano
carloslatorre@claretianos.es

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