Comentario al Evangelio del

Fernando Torres cmf

 

      Estamos ya a punto de terminar el tiempo pascual. Tanto que ahora ya la mirada de la liturgia ya no se dirige hacia atrás (meditar e interiorizar la resurrección de Jesús) sino hacia delante: la gran fiesta de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, que llenará de gozo nuestras celebraciones del próximo domingo. El Espíritu Santo es el gran tema de la semana. 

      De eso va la primera lectura. Aquella primera iglesia iba creciendo poco a poco. No estaban las normas ni los caminos escritos. En aquel tiempo se hacía camino al andar, se aprendía sobre la marcha. La memoria de Jesús era el gran faro orientador de lo que iban haciendo los discípulos. A cada paso que daban se encontraban con nuevas situaciones, con personas diferentes. Y tenían que ir dando respuesta. Siempre desde la memoria del Señor Jesús. 

      En esta primera lectura, Pablo se encuentra en una ciudad nueva. Nuevas gentes a las que predicar el Evangelio. O no tan nuevas. Algunos ya habían oído algo. Con la distancia confundían a Jesús con Juan Bautista. Hay que hablarles de Jesús. Hay que explicarles que Jesús es aquél al que el mismo Bautista anunció, que hay un bautismo nuevo, ya no de conversión sino del Espíritu. 

      Lo más interesante de esta lectura es que se invierte el orden de los factores a que estamos acostumbrados. Nosotros ponemos primero la catequesis y luego el sacramento. Al menos, así lo hacemos con los adultos. Primero se les da una larga catequesis y luego, cuando se estima que están preparados, se les imparte el sacramento del bautismo, se les acoge en la comunidad cristiana. 

      Pablo hace exactamente lo contrario. Lo primero, es bautizarlos en el nombre de Jesús e imponerles las manos. Ahí ya se hizo presente la fuerza del Espíritu. Luego, Pablo se dedicó a la catequesis. A los que había bautizado y a los demás que querían escuchar. Tres meses dedicó a hablar con libertad del reino de Dios. 

      Nosotros ya estamos bautizados. Pero, casi seguro, todavía tenemos mucho que aprender –de ideas y de corazón– para asimilar de verdad lo que es acoger el reino de Dios en nuestras vidas. Tenemos que hacer mucho camino, aprender sobre la marcha. Hasta actuar en todo momento como lo haría el señor Jesús, hasta dar la vida por los demás, hasta ser faros de amor, de misericordia, de justicia, de perdón, de esperanza para todos aquellos con los que nos encontramos. Como lo fue Jesús. Como nos incita el Espíritu a ser. 

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