Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

La puerta estrecha y los horizontes amplios

Jesús iba camino de Jerusalén, es decir, camino de su entrega por amor en la Cruz, y esa suprema lección venía precedida de una enseñanza itinerante por ciudades y aldeas, que, a tenor de lo que leemos hoy, estaba abierta a la participación de la gente. Jesús habla, pero también escucha, enseña, pero también se deja abordar por sus oyentes. La que centra hoy nuestra atención es una pregunta clásica, una de esas que nunca quedan contestadas del todo, y que, por eso, reaparece siempre, en cada época y cultura. Hay una fuerte tendencia a proyectar sobre la pregunta las convicciones y los prejuicios de cada momento histórico (anticipando así la respuesta). Por ejemplo, hubo tiempos, no tan lejanos (algunos hasta tal vez los recuerden) en que se aseguraba que serán pocos los que se salven. Una aguda conciencia del pecado, que se extiende por doquier, más un cierto rigorismo moral, llevan a la convicción de que la salvación es un asunto demasiado caro, accesible a pocos: “Es tan caro el rescate de la vida, que nunca les bastará para vivir perpetuamente sin bajar a la fosa” (Sal 48, 9-10). Sin embargo, aunque se esté de acuerdo en que la salvación es algo que el hombre no puede alcanzar por sus solas fuerzas (“para los hombres es imposible”), sabemos que es un don de Dios, que Él ofrece sin condiciones: “para Dios todo es posible” (Mt 19, 26). Cuando se subraya la misericordia de Dios, dejando en penumbra la responsabilidad humana, se invierte el platillo de la balanza, y se tiende a afirmar que la salvación es accesible al margen de lo que hagamos o dejemos de hacer, hasta el extremo de defender la “apocatástasis” (doctrina que enseña que llegará un tiempo en que todas las criaturas libres compartirán la gracia de la salvación, incluidos los demonios y las almas de los réprobos). Tal sucede en nuestros tiempos, en los que, pese a que muchos han dejado de creer en la salvación, al perderse también la noción de pecado, existe una fuerte inclinación a desechar cualquier idea de castigo a causa de una culpa responsable. Entre estas opiniones extremas, pueden encontrarse posiciones intermedias para todos los gustos.

¿En cuál de ellas se sitúa Jesús? Llama la atención la respuesta aparentemente evasiva que da. ¿Es que acaso Jesús no quiere “mojarse”? En realidad su respuesta es la única realista y posible. No nos habla de cantidades, sino que nos ofrece una enseñanza sobre el camino de salvación. No puede decir si son muchos o pocos, porque la salvación es una realidad abierta, no un destino inexorable prefijado desde la eternidad. Es, ciertamente, un don de Dios, pero también es algo que, en parte, depende de nosotros. Pues Dios ofrece la salvación, y la ofrece sin condiciones, pero nosotros podemos aceptarla o rechazarla, dependiendo de cómo respondamos a esa oferta gratuita. Dios no impone la salvación, sin que interpela a nuestra libertad, que puede responsablemente tomar partido. Aquí se pone de relieve el sentido más profundo y último de la responsabilidad: la capacidad de responder en un sentido u otro a la llamada de Dios. Y, como Dios nos llama directamente, por medio de su Palabra, pero también indirectamente, por medio de los valores y las exigencias de nuestra conciencia, el hombre puede también aceptar o rechazar la oferta de Dios, directamente por medio de la fe (y el modo de vida que se deriva de ella), o por medio de una vida acorde con  la conciencia, por ejemplo en el servicio a los pequeños hermanos en los que vive y sufre Jesús (cf. Mt 25, 31-46).

Es notable, a este respecto, que podemos saber con cierta precisión cuándo se da la aceptación (directa o indirecta) de la oferta de salvación, pero, en cambio, no podemos saber nunca del todo cuándo tiene lugar el rechazo: sólo Dios lo sabe, sólo Él ve hasta el fondo el corazón del hombre. Por eso, la Iglesia, que afirma de algunos que están ya en la gloria, junto a Dios (cuando los beatifica y canoniza), nunca afirma de nadie que se haya condenado, ni aún de Judas. Sin embargo, la Iglesia sí defiende la libertad del hombre y afirma su capacidad de tomar partido a favor y en contra de Dios, por eso mantiene la posibilidad de la condenación y, en consecuencia, rechaza la tesis de la apocatástasis.

Jesús nos dice en su respuesta que no es cuestión de muchos o pocos, sino de cada uno, y que se trata de una cuestión muy seria, que no debemos tomarnos a la ligera. La alusión a la puerta estrecha hay que entenderla así. La salvación no es un “estado final” que poco o mucho tiene que ver con nuestra vida cotidiana, sino que está en relación directa con la autenticidad de nuestra vida; y la vida, debemos reconocerlo, es un asunto serio y con el que no hay que jugar. Tomarse en serio la vida, vivirla con autenticidad, significa estar abierto a la Palabra de Dios, que consuela, pero también exige (“¡levántate!”, “¡sígueme!”, “¡camina!”), y tratar de vivir de acuerdo a esa Palabra, siendo fiel, justo, veraz, solidario, dispuesto al perdón, respondiendo, en suma, con amor al amor de Dios (que eso es la salvación). Todo esto es algo que comporta ciertas renuncias y dificultades, y por eso se puede hablar de puerta estrecha. Como dice un autor contemporáneo (Manfred Lütz, en su estupendo libro Dios. Una breve historia del eterno), “es cierto que ser moralmente íntegro también representa de vez en cuando una alegría; pero suele resultar más bien laborioso e ir acompañado de considerables desventajas para el bienestar personal”. No olvidemos lo que decíamos al principio: Jesús iba camino de Jerusalén, allí donde él personalmente iba a pagar el alto precio de la salvación que Dios ofrece a la humanidad entera.

Naturalmente, a todos nos gustaría una salvación más barata, a ser posible sin cruz. Pero Jesús nos enseña, no sólo con palabras, sino con el ejemplo de su propia vida, que esto no es posible, sino que “el Mesías tiene que padecer, para entrar así en su gloria” (Lc 24, 26). Sin el supremo sacrificio de la cruz, sin llegar hasta el extremo de la muerte, esa salvación no tocaría las fibras más profundas de la existencia humana, y no sería una salvación verdadera y definitiva, del mal, del pecado y de la muerte. Por eso, no valen aquí las quejas que emitimos con tanta frecuencia sobre nuestros males, físicos, psicológicos o morales. El autor de la carta a los Hebreos nos recuerda con otras palabras la exhortación de Jesús a tomar sobre sí la propia cruz (cf. Mt 16, 24): entender las dificultades y contrariedades de la vida como formas de corrección, ocasiones de purificación y fortalecimiento interior. En realidad no es que Dios nos castigue, pero Él, que puede sacar bien del mal (resurrección de la muerte), nos enseña el bien que podemos extraer de las inevitables dificultades y contrariedades de la vida: son ocasiones para descubrir en ellas el rostro sufriente de su Hijo, y unirnos a él (cf. Col. 1, 24). Aunque nadie puede querer el dolor, pasando por su crisol con este sentido redentor, nos fortalecemos y curamos.

La Cruz es la puerta estrecha que Jesús ha elegido para entrar en la nueva Creación. Y el camino que lleva a Jerusalén es el camino angosto (en el texto paralelo de Mateo 7, 13-14) que lleva a la vida. Pero, precisamente hablando de esa puerta estrecha, Jesús dice que muchos querrán entrar por ella y no podrán, y de esa senda empinada afirma que son pocos los que dan con ella. ¿No avalan estas afirmaciones la tesis de que son pocos los que se salvan?

La primera lectura, leída a la luz del evangelio, puede darnos la clave de interpretación de esta espinosa cuestión y de la exigente respuesta de Cristo. Que hemos de tomarnos esta cuestión en serio (pues nos va en ella la vida), significa que no hemos de pensar que nos podemos asegurar la salvación gracias a ciertos signos externos, como la pertenencia a un pueblo o nación (el pueblo elegido) o a determinada institución. La salvación, que afecta a la profundidad y autenticidad de la vida de cada uno, no puede resolverse por la vía étnica, nacional, sociológica o jurídica. Tenemos que evitar caer en la trampa de pensar que la salvación es cosa de grupos determinados (como decía aquel chiste de Mingote, “al final, al cielo iremos los de siempre”), como creían muchos judíos de tiempos de Jesús y como, tal vez, seguimos pensando algunos cristianos. Podemos conocer “oficialmente” a Jesús como el Cristo por motivos puramente geográficos o culturales, pero que, al tiempo, no permitirle entrar en nuestra vida y que la conforme por dentro.

Entendemos ahora que la puerta estrecha no nos abre a un horizonte igualmente estrecho y de cortos vuelos. Lo que cuesta, a veces lágrimas, a veces sangre, tiene un valor superior. Y la senda empinada nos conduce a cimas, en las que disfrutamos de perspectivas amplias y paisajes impensables desde la placidez del valle. Así, la puerta estrecha se abre a horizontes que superan toda frontera, y en los que la salvación está abierta y ofrecida a todos los hombres y mujeres de todos los pueblos y naciones sin excepción. Pero esto significa que por esa puerta nuestro mismo corazón se abre y ensancha a la medida de toda la humanidad, a la medida del corazón del mismo Dios, que ha tomado carne en Jesucristo, y que no conoce fronteras. Dios quiere realmente que todos los hombres se salven y alcancen el conocimiento de la verdad (1 Tim 2, 4). Y nosotros, esforzándonos por entrar por la puerta estrecha, estamos contribuyendo a propagar esa apertura de espíritu, ese horizonte amplio en que, superando tal vez con dificultad nuestras propias cerrazones, descubrimos que todas las gentes de todos los países son nuestros hermanos, todos llamados a participar en esa salvación que consiste en la filiación divina que Cristo ha venido a traernos y nos ha regalado por su muerte y resurrección.

Comentarios
lokote lokote
el 22/8/13
es bonita
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hortensia hortensia
el 23/8/13
es muy clara la reflexion de esta parte del evangelio me ha aclarado algunas dudas excelente gracias
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victoriasnchez victoriasnchez
el 23/8/13
En este Domingo21ºdel Tiempo Ordinario,el evangelio
nos lleva a preguntarnos sobre la salvación eterna.
Cuestión,que todos,antes o después, nos formulamos
Uno de los muchos que acompañaban a Jesús camino de Jerusalén,le preguntó: "Señor¿son pocos los que se salvan"? .Jesús, no responde al número.
Pone la atención,sobre el esfuerzo y la preparación.Lo
que supone,intentar establecer una concordancia,con
nuestra vida y la doctrina del evangelio.Amar a Dios y
al prójimo. Porque..... es cierto, todos queremos
salvarnos.San Juán de la Cruz decía:"Al final de la vida
nos examinarán del Amor.
La salvación,no se consigue sin esfuerzo.
El mismo Jesús,nos dice:"Esforzaos en entrar por la
puerta estrecha". Lo que supone,cambiar el corazón
y esforzarnos por vivir u » ver comentario
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Dr. CAPA Dr. CAPA
el 24/8/13
La salvación es un a esntrada a la cual todos podemos llegar y pasar segun nuestra libertad por ello no dejemos de esforzarnos por alcanzarla y padámosle siempre a Jesús que nos alimente y aumente nuestra fe, para ser parte algun dia de sus elegidos.
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lorenaaaaa lorenaaaaa
el 24/8/13
esta informasion me va a servir en mi trabajo !!!!! graciass!
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gloria gloria
el 25/8/13
definitivamente las cosas fáciles nos llevan al camino ancho y de perdición, prefiero aceptar mi camino de salvación estrecho con los sufrimientos de cada día, por que Dios me corrige por medio de mi historia.
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antonia ruiz antonia ruiz
el 25/8/13
Que facil es para el humilde de corazon salvarse y entrar al Reino de Dios y que difil para aquellos que ni siquiere un poco de amor tienen para con Dios.
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JAUME DÍAZ-67 JAUME DÍAZ-67
el 25/8/13
ME HA GUSTADO Y QUEDADO ENTENDIDO QUE SÓLO SEGUIR EL CAMINO ANGOSTO ME DARÁ LO MÁS VALIOSO QUE HAY DADO POR DIOS PADRE QUE ES LA SALVACIÓN ETERNA Y CONTINUAR JUNTO A EL DESPUÉS DE ESTE TIEMPO TERRENAL ES POR LO QUE VALE TODO Y CARGAR LA CRUZ QUE NOS TOQUE LLEVAR AMÉN GLOREA DIOS MIS HERMANOS CAMINEMOS POR DONDE EL NOS GUÍE .
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Liliana Cuenca Liliana Cuenca
el 25/8/13
Agradezco al Señor el haberme permitido encontrar un sitio donde, no solo éste, sino todos los evangelios son tan magníficamente explicados y donde se nos aclaran tantas dudas. Un sitio realmente magnífico.
Gracias
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Joselito H. Joselito H.
el 25/8/13
Pla entrada alara tener participacion, en el Reino de los Cielos, debemos siempre debemos estar en contactocon el senor, guardando los Mandamientos, y caminar siempre por el camino del sacrificio entrando por la puerta estrecha, esta es la puerta del martirio y del dolor, ya que el sufrimiento es la entrada a la Gloria.
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maria elena maria elena
el 25/8/13
Me gusta el evangelio de hoy todos queremos salvarnos y es muy facil hacerlo se debe caminar en manos del señor . Gracias por la wxplicacion y porque despierta en mi el interes de ser mejor creyente.
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lunatv lunatv
el 26/8/13
segùn lo que Jesùs nos dice, es como difìcil alcanzar la salvaciòn, porque la puerta es bastante estrecha, difìcil de pasar. cuando intentas seguirlo a El, te encuentras con muchos obstàculos, a veces retrocedes y otras veces sigues pero quedas como sin fuerzas, para vencer. pero aùn asi, sabemos que El es el camino verdadero y debemos seguirlo.
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ysaacf ysaacf
el 26/8/13
yo soy humilde de corazon
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Mariluz Mariluz
el 26/8/13
Muchas veces en mi vida había leído este texto pero siempre había vacíos ahora me queda claro. Muy enriquecedor. Gracias
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karla Ferhandez karla Ferhandez
el 26/8/13
El camino extrecho! Y alli darnos rn amor a lis hermanos, transmitir desde nuestro propio cuerpo, amor y transparencia w ue si se puede, llevar el msj. De amor, que ntro. SEÑOR nos dejo, el esfuerzo es el ver en el otro, el Rostro de Cristo, y alli iniciar el camino de la salvacion. Unidos por un mundo mejor. Muchas graxias x sus reflexión. Dios es amor y te ama y yo tambien.
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paulina perez  paulina perez
el 27/8/13
la reflexion nos enseña a que todos podemos entrar al reino de dios
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julio a duarez julio a duarez
el 27/8/13
si lo entendi
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harold harold
el 28/8/13
me sirve de mucho
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nayeli nayeli
el 15/9/13
viva dios
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