Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

Los bienes de abajo y los bienes de arriba

El evangelio de hoy contiene una enseñanza sobre los verdaderos bienes que enriquecen nuestra vida, en perfecta sintonía con la primera lectura y la carta de Pablo. Pero arranca con un diálogo que ilustra y completa la catequesis sobre la oración de los domingos anteriores. Si el domingo pasado meditábamos sobre la oración de petición, sobre qué y cómo pedir, hoy Jesús nos avisa claramente acerca de lo que no hemos de pedir. No podemos pretender que Dios nos resuelva los problemas que son objeto de nuestra exclusiva competencia. Dios respeta nuestra autonomía, y quiere que la ejerzamos. No podemos ni debemos pedirle a Dios lo que Él nos pide a nosotros, convirtiéndolo en el remedio mágico de aquellos asuntos, para cuya resolución nos ha dado los recursos necesarios. Se suele decir que al necesitado no hay que darle un pez (salvo en situaciones de extrema necesidad), sino una caña de pescar. Con ello se indica que es necesario promover la autonomía de cada uno, porque en ella estriba la propia dignidad. Pues bien, Dios, que es el autor de nuestra dignidad y el fundamento de nuestra autonomía, no nos ha dado ni siquiera la caña, sino mucho más: la capacidad de idearla, nos ha dado la razón y la libertad y además la conciencia moral iluminada por la Revelación, que vienen a ser el manual de instrucción para hacer un recto uso de esas capacidades, de modo que podamos ser nosotros mismos y vivir por nosotros mismos. Esto no quita el que nos dirijamos a Él expresándole nuestras necesidades, pidiéndole, también, el pan nuestro de cada día, pues todo lo que tenemos es, al fin y al cabo, don de Dios. Pero, precisamente al pedir el pan, estamos ya aludiendo a “los frutos de la tierra y al trabajo del hombre”, esto es, la misma petición lleva aparejado el reconocimiento de nuestra responsabilidad, de lo que nos corresponde hacer a nosotros.

En el diálogo con el hombre descontento con su hermano Jesús parece responder con demasiada brusquedad, pero en la concisión de sus palabras nos está invitando a establecer relaciones maduras con Dios. Ya el modo que tiene Jesús de dirigirse a su interlocutor, “hombre”, puede entenderse como una apelación a tomar responsablemente las riendas de la propia vida. Dios es nuestro Padre, pero los hijos se encuentran respecto de sus padres en situación de dependencia sólo temporal, hasta que alcanzan la edad adulta. Entonces la piedad filial se conserva, pero ya desde la autonomía conquistada gracias a aquella inicial y pasajera dependencia, de modo que la primera se convierte en preocupación y cuidado de los propios padres cuando estos son ya ancianos. Dios Padre quiere que crezcamos, que vivamos como adultos y que, alcanzada la madurez en la fe, establezcamos relaciones maduras con Él, y no de pura dependencia infantil.

Los bienes materiales que necesitamos para vivir están en este mundo a nuestra disposición, y nosotros mismos debemos procurárnoslos. Ese “manual de instrucciones” que, hemos dicho, es la conciencia moral, el sentido de la justicia y el mandamiento del amor, nos dice que debemos hacer un uso responsable de esos bienes, de modo que nos sirvan, evitando absolutizarlos y convirtiéndonos en sus esclavos. Cuando sucede esto último surgen los conflictos, la codicia, la avaricia, la guerra por la posesión, la tendencia a acaparar, a poseer en exceso, con perjuicio de los derechos y las necesidades de otros.

Jesús, que se niega a hacer de juez en este tipo de conflictos, nos da, sin embargo, otras indicaciones que pueden ser de gran ayuda, para solucionarlos, superándolos positivamente. Se trata de cambiar de actitud respecto de los bienes materiales, de no darles más importancia de la que tienen (y la tienen, pero en su justa medida). Para ello describe con gran agudeza y no poca ironía lo que sucede al que hace de la riqueza económica su único horizonte vital. El hombre de la parábola tuvo un golpe de suerte y se hizo inmensamente rico. Y pensó de forma insensata que su vida estaba salvada. Sin darse cuenta de que la vida en este mundo es pasajera, y que los bienes externos no pueden formar parte del equipaje que podemos llevarnos al otro mundo. Como dice el libro de Job, “desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá” (Job 1, 21). Si toda la riqueza que el hombre puede acumular es la que puede guardarse en el banco o en los graneros, todos estamos abocados a acabar en la misma pobreza: la desnudez de la muerte. Si todos nuestros afanes se concentran sólo en los valores externos y materiales, por muy bien que nos pueda ir (algo que no está en absoluto garantizado), habremos consagrado nuestra vida a bienes que no perduran, a la vanidad de que nos avisa el libro del Eclesiástico.

Existen otras riquezas, que el hombre puede acumular dentro de sí y que atraviesan incólumes el fuego purificador de la muerte. Jesús nos recuerda que tenemos que hacernos ricos ante Dios. Pablo nos exhorta a buscar los bienes de allá arriba, los que recibimos de Dios, por medio de Jesucristo, los bienes que perduran y son más fuertes que la muerte. Son los bienes que componen precisamente esa madurez humana y cristiana de que hablábamos antes: los bienes ligados al sentido de la justicia, a la generosidad y la entrega, al servicio y, en definitiva, a los que se sustancian en el mandamiento del amor. La muerte y resurrección de Jesucristo los han hecho plenamente patentes y accesibles: entregarse hasta dar la vida, como Cristo, tiene sentido (no es vanidad ni grave desgracia) porque así nos hacemos partícipes de la plenitud de vida de la resurrección.

Pero no hay que esperar a la muerte para empezar a vivir así. El mandamiento del amor, la vida al servicio de los demás, los sacrificios que a veces nos impone la generosidad y el elemental sentido de la justicia, todo esto implica, como dice Pablo, ir dando muerte en nosotros a todo lo terreno, a toda forma de vida basada en el egoísmo y en el mero disfrute (que, es una forma de vida idolátrica, desconocedora del verdadero Dios), para que crezca en nosotros la imagen de Dios que conocemos por Cristo.

Un primer fruto de esta forma de vida es la superación de las múltiples barreras que el egoísmo ha ido levantando entre los hombres (judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres, y, podríamos añadir, ricos y pobres), y la capacidad de reconocer en cada hombre o mujer un semejante, un hermano o hermana.
¿Significa esto que tenemos que renunciar por completo a toda forma de bienestar, descuidar del todo las preocupaciones por los bienes materiales? Ni mucho menos. Jesús, recordémoselo, ha incluido la petición del pan cotidiano en el Padrenuestro. Él mismo se ha preocupado de dar de comer a los hambrientos, y ha mandado a sus discípulos que hagan lo mismo (cf. Lc 9, 13). En realidad no hay que contraponer excesivamente las riquezas materiales y las que nos hacen ricos ante Dios. Ya decía el beato Juan XXIII que “no sólo de pan vive el hombre, pero también de pan”. Ser rico ante Dios significa, entre otras cosas, preocuparse del bienestar material de los que carecen de lo necesario. El hombre de la parábola que Jesús nos narra hoy tuvo un golpe de suerte y se hizo rico de repente. Podría haberse hecho también rico delante de Dios si, en vez de acumular vanamente esas riquezas sólo para sí, hubiera abierto sus graneros para compartir esa riqueza con los hambrientos. Esa misma noche hubiera tenido que entregar igualmente su vida, sin poderse llevar su fortuna, pero se habría presentado ante Dios adornado con la riqueza del deber cumplido de justicia, la libertad de la generosidad, la madurez del amor y, también, del agradecimiento y la bendición de los pobres saciados con esos bienes efímeros, pero que, transfigurados por los bienes de allá arriba, en modo alguno resultan vanos.

Comentarios
Yanet Ríos Yanet Ríos
el 2/8/13
Este comentario es muy edificante y siento que me llena expectativas, me parece que ha sido inspirado por el espíritu Santo.
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victoriasnchez victoriasnchez
el 2/8/13
En el evangelio de este Domingo XVIII del Tiempo
Ordinario, el evangelista (Lucas 12,13-21) narra la
parábola del rico insensato.
Quiere darnos a entender,la vanidad de los bienes de
este mundo.Son caducos y efímeros.
Por ello, nos invita a poner nuestra esperanza y
nuestros ojos en los bienes que nos ofrece el Señor.
Por lo tanto,lo más importante en la vida,no es tener,
sino hacer el bien.
Las cosas valen,en cuanto son medios,no fines.
Tal vez, en alguna ocasión, hayamos experimentado un vacío interior,cuando hemos tenido muchas cosas.
Porque las cosas no llenan,solo entretienen.
La riqueza en sí,no es buena ni es mala, porque está
en función del uso que hagamos de ella.
Si Jesús,llamó necio e insensato al rico ,no es porque
fuese rico, sino po » ver comentario
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jhonykilopez jhonykilopez
el 4/8/13
La felicidad no la encontramos en las riquezas materiales, lo material es una necesidad del ser humano para sobrevivir.la verdadera riqueza está en la paz interior, la verdadera riqueza es sentir la satisfacción d poder ayudar a los demás.hazlo y sentirás l García d Dios y su presencia en ti, ésta si es verdadera riqueza.
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Patricia Patricia
el 4/8/13
Me inpactaron mucho las palabras de San Pablo: "Nuestra vida está escondida en Dios". Y es ahí donde todos los días la buscaré.
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eleazar eleazar
el 3/8/13
Nos pasa a todos que perdemos la referencia a Dios con las cosas materiales, terrenas, como el dinero, el poder, el sexo, la avaricia . . . vaciedad sin sentido, o como dice San Pablo, Dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros, según dijo el Señor, Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Sin Dios en todas nuestras cosas, terrenas fundamentalmente, el hombre se desvanece, y queda el polvo con el que estamos hechos. Menos mal que su misericordia es infinita.
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César Robles César Robles
el 4/8/13
El ser humano por sí solo es codicioso ó con facilidad puede caer en eso; es necesario la relación con Dios como punto de partida a todo lo que vayamos hacer, si recordamos lo que Jesús nos dijo a través de los apóstoles que el espíritu es animoso y la carne es débil, en otra, Oren para que no caigan en tentación y Pablo en el libro a los Efesios les dice que nuestra lucha no es contra seres de carne y hueso sino contra seres espirituales malignos y por lo tanto es necesario cubrirse con la armadura del cristiano. La expresión de amor más grande que el señor Jesús nos mostró fue servir, y para servir hay que anonadarse a sí mismo con ésta actitud las cosas materiales no tienen ningún dominio y se pueden compartir con los demás con toda paz. Señor Jesús líbranos de todo » ver comentario
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antonia ruiz antonia ruiz
el 4/8/13
Pidamosle al Espiritu Santo nos enrriquezca de Fe, para poder alcanzar la Vida Eterna.
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gloria gloria
el 4/8/13
centrar nuestra vida en Dios, ayudar al projimo, tener un horizonte con fe y esperanza, es lo que nos hace ricos. todo lo demás es haber errado en nuestros deseos mas profundo, es haber malgastado la vida. cuando Dios nos llame a su presencia ¿ nuestras manos estaran llenas o vacias de obras de caridad? estamos a tiempo, recordemos la parabola del buen samaritano, el que esta a nuestro lado, es nuestro projimo ¿qué hacemos por él? la felicidad esta en el compartir. ¡Animo! estamos a tiempo, que no sea que hoy sea nuestro dia. Recordemos estamos en el año de la fe.

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mayra osorio mayra osorio
el 5/8/13
La ceguera espiritual en que el mundo nos tiene sumergidos, es la culpable de que le demos tanto valor a los bienes materiales en la tierra y nos olvidemos de los mas importantes que son el derecho de admisión en el cielo. Quie Dios me ayude a distinguir estos bienes para lograr la paz y la felicidad eterna. Así sea y así será.
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victor victor
el 5/8/13
esto nos enseña que la plata que nosotro no bala tanto como la riqueza de dios
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