Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

Aprender a pedir

La semana pasada entendimos que la acción cristiana tiene que ir precedida de la escucha de la Palabra. La oración es, ante todo, escucha. Pero, hoy, esa misma Palabra nos enseña que en la oración también tenemos derecho a hablar, expresando nuestros deseos, nuestras necesidades, nuestras peticiones.

Ya la primera lectura ilustra esto con gran viveza. El precioso diálogo de Abraham con Dios indica no sólo que podemos dirigirnos a Él con nuestros ruegos, sino que Dios se deja importunar por nosotros, escucha con paciencia, incluso cuando nuestras peticiones tiene el tono de una queja o de un reproche. Por otro lado, al hilo de la conversación entre el patriarca y el peregrino que ha venido a visitarle, se plantea una grave cuestión que afecta a la verdadera imagen de Dios y a nuestra relación con Él. En una primera lectura tenemos la impresión de que Dios se dirige a castigar a Sodoma y Gomorra por sus muchos pecados. Esto se corresponde con esa idea del Dios juez y castigador que todavía opera en muchos, que consideran que ciertos males, como terremotos o inundaciones u otras desgracias naturales o provocadas por el hombre, son acciones punitivas de Dios por los pecados de los hombres. Pero ante esa idea del Dios vengativo se levanta la voz de Abraham, que no puede soportar que caigan justos por pecadores. La protesta de Abraham la hacen propia muchos contemporáneos, y la usan a veces incluso para impugnar la existencia de Dios. Pero en estos textos hay que saber leer entre líneas. Si ante las insistentes protestas de Abraham, Dios escucha paciente y concede que perdonará a toda la ciudad en atención a los pocos justos que se encuentren en ella, podemos entender que Dios no se dirige a destruir, sino a salvar, y que la justicia de pocos es causa de salvación de muchos. Es el mal que hacemos voluntariamente el que nos destruye, es el hombre quien se castiga a sí mismo cuando se aparta de Dios, fuente del bien y de la vida. En Sodoma no se encontró a ningún justo y esa fue la causa de su destrucción. Pero en el diálogo de Abraham con Dios hemos de leer una profecía sobre Cristo. Nadie puede considerarse  totalmente justo delante de Dios, y, entonces, ¿cuál es la esperanza de salvación? Jesucristo, el único Justo, que se ha hecho causa de salvación para cuantos se acogen a él. Jesucristo es la excusa que ha encontrado Dios para ofrecer a todos la salvación.

Este es, en sustancia, el mensaje que nos transmite Pablo en la carta a los Colosenses que acabamos de leer: “Estabais muertos por vuestros pecados…; pero Dios os dio vida en él, perdonándoos todos los pecados.” Así pues, en la oración de intercesión de Abraham resuena no sólo la protesta humana ante la injusticia, sino también la voluntad salvífica de Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cf. Ez 18, 23; Lc 15, 7).

Esta voluntad salvífica de Dios se traduce también en una voluntad de comunicación: Dios quiere establecer con nosotros un diálogo, quiere hablarnos y que le hablemos. Jesucristo es un ejemplo vivo de comunicación orante con su Padre Dios. Es lógico que los discípulos, alentados por ese ejemplo, le pidieran que les enseñara a orar. Hoy, nosotros repetimos esa súplica y recibimos como respuesta la oración del Padrenuestro. Hemos dicho que la oración, además de la escucha, incluye la petición. ¿Qué podemos y debemos pedir? La primera petición que aparece en el Evangelio de hoy es precisamente la de que nos enseñe a orar. Tenemos que aprender a orar y tenemos que aprender, en consecuencia, a pedir, pues sigue siendo verdad que no sabemos pedir como conviene (cf. Rm 8, 26).

En el Padrenuestro Jesús nos introduce en su propia oración, nos pone en relación con su Padre, exhortándonos así a orar en plena confianza filial. La enseñanza de Jesús tras enseñarnos el Padrenuestro lo confirma: Dios escucha con solicitud nuestras oraciones, y está dispuesto a darnos cosas buenas, del mismo modo que los padres les dan a sus hijos aquello que les conviene de verdad. En sintonía con la oración de Jesús, aprendemos a pedir lo que realmente necesitamos, lo más importante: que resplandezca el nombre de Dios, es decir, que Dios, fuente de la vida y de todo bien sea conocido y amado por todos; que su Reino de amor y de justicia, el que Cristo ha venido a traernos, se haga presente entre nosotros porque lo acogemos y aceptamos; que su voluntad de bien y de salvación se vaya realizando por medio de nuestra propia voluntad. Jesús no se olvida de que tenemos necesidades materiales, por las que también tenemos que pedir, y no sólo para nosotros, sino para todos. En esta petición por el pan de cada día resuenan esas otras palabras: “dadles vosotros de comer” (cf. Lc 9, 13); esto es, Jesús nos invita a ensanchar el corazón, para que también en estas necesidades materiales más básicas se santifique su nombre, se haga presente su Reino, se realice su voluntad. Tampoco se olvida Cristo en su enseñanza de que este mundo en que vivimos no es ideal, sino que está afectado por muchos males, por muchos sufrimientos causados por nuestras propias injusticias. Él, el justo por el que Dios perdona a los pecadores, nos exhorta, pues, a superar el mal a base de bien, las ofensas mediante el perdón, que nosotros ya hemos recibido abundantemente. Y como el mal sigue acosándonos de muchas maneras (por medio de tantas tentaciones), nos exhorta a plantarle cara con la ayuda de su gracia.

Jesús, maestro de oración, nos enseña qué debemos pedir, pero también cómo debemos hacerlo: además de con confianza, con insistencia y perseverancia, sin miedo de importunar a Dios, como hizo Abraham, y como el amigo pesado de la breve parábola que sigue a la enseñanza del Padrenuestro.

Aquí puede alzarse, sin embargo, una objeción contra esta oración confiada y perseverante. A veces tenemos la impresión de que Dios no nos escucha. Y no se trata de cuestiones de poca monta. La oración angustiada de muchos por la salud propia y de los suyos, por la vida, la paz, la justicia… parece no encontrar eco, sino, por el contrario, el silencio por respuesta. También aquí Jesús es nuestro Maestro, más con el ejemplo que con las palabras. El modelo de esa oración angustiada es la suya en el huerto de los Olivos, cuando pidió que pasara de él el cáliz de la Pasión, pero añadió, “si es posible; y que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22, 42). Aparentemente, Dios no respondió a la oración de Jesús, puesto que murió en la Cruz. Pero, en realidad, el Padre respondió con creces, muy por encima de lo que es posible pensar o imaginar (cf. Ef. 3, 20), resucitándolo de entre los muertos por la fuerza del Espíritu. Y, sea cual sea el resultado aparente de nuestra oración, podemos estar seguros de que, si aprendemos de Jesús a orar como conviene, ninguna oración cae en saco roto, el Padre celestial nos escucha siempre, y no dejará de dar el Espíritu Santo a los que se lo piden.

Comentarios

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victoriasnchez
victoriasnchez

el 26/7/13
En este Domingo XVII del Tiempo Ordinario,Lucas 11,1-13
nos presenta a Jesús orando.Cuando terminó, uno de sus
discípulos,en nombre de todos le dijo:"Señor, enséñanos a orar".
A esta petición,debemos la oración del Padrenuestro.
De la que se han hecho,los mayores elogios.
En la primera parte del Padrenuestro invocamos a Dios
llamándole Padre, que su nombre sea santificado,que su
Reino se implante y que se haga su voluntad.
En la segunda parte,rezamos por nosotros.Pedimos el pan
de cada día,el perdón de nuestros pecados,que nos libre
de toda tentación y de todo mal.
El Señor nos dice:Que nuestra oración debe ser humilde,
confiada y perseverante.
No tengamos miedo,confiemos en su palabra:"Pedid. Dios
os dará,buscad y encontraréis, llamad a la puerta y se os
ab » ver comentario
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eleazar
eleazar

el 26/7/13
Dios es nuestro Padre, y nos crea para que seamos felices, por eso es el Salvador. El viene a salvarnos, no tiene medida en su amor, por diez perdona la ciudad de Sodoma, por nosotros muere en la cruz. Hay que pedirle a nuestro Padre lo que necesitamos, confiadamente, como hijo salvado a muy alto precio; ¿nos dará una serpiente si se lo pedimos? Y no acabamos de creernos que lo tenemos todo, somos ricos herederos. Pedid y se os dará; la salvación, la felicidad, . . . cosas buenas.
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Henry
Henry

el 28/7/13
Esta oración nos los enseña Cristo al comunicarse con su Padre y que nos la déjalo a todos hijos . Hay que orar con humildad y con mucha constancia pa que lo que le pedamos nos los conceda ,como el hombre que le da los tres panes a su vecinos depuesto de tanta insistencia de este. Pero pidamosle mucha sabiduría para poder amar ,enseñar y corregir.
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antonia Ruiz
antonia Ruiz

el 28/7/13
Indudablemente Dios siempre nos escucha, solo que en muchas ocasiones queremos que todo se haga según nuestros deseos y no aceptamos la voluntad de nuestro Padre. Señor enseñanos ha aceptar tu voluntad.
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Santiago
Santiago

el 28/7/13
Dios es siempre el amigo que siempre escucha nuestras suplicas y legiones en una sintonía de dialogo
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Joselito H
Joselito H

el 28/7/13
Senor, ayudame siempre, a pedir las cosas que me convienen, y saber que Tu siempre, nos tiene presente para darnos lo major.
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jesus almeida
jesus almeida

el 28/7/13
Dios nos da la oportunidad de pedir.buscar.tocar se nos data.encontrar.y se nos abrira. Que dios bendiga a toda la humanidad.especialmente a ti!!!!!! Amen
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jujhggbggbgb
jujhggbggbgb

el 30/7/13
que lindo comentario
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raymundo
raymundo

el 10/8/13
lindo
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danyela ortiz
danyela ortiz

el 20/9/13
dios es el padre de todos y el nos vendice 100pre
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