Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

El perdón y la deuda del amor

Solemos considerar el perdón como un deber cristiano, basado en el perdón que recibimos de Dios. Pensamos también que, mientras que al Dios todopoderoso el perdón debe resultarle fácil, a nosotros, al menos a veces, nos resulta extraordinariamente difícil, si no imposible. En este modo de pensar el perdón (fácil) de Dios se da casi por descontado, con sólo cumplir ciertas condiciones; mientras que el perdonar nosotros se nos antoja un deber cuesta arriba, de difícl cumplimiento. El hecho de que los sentimientos negativos que acompañan a la ofensa recibida no desaparezcan enseguida, sino que tengan una cierta inercia temporal, aunque exista la voluntad de perdón, hace que muchos digan: “yo quisiera perdonar, pero no puedo”.

La Palabra hoy pone de relieve el perdón, pero no desde nuestra perspectiva (el perdón “a los que nos ofenden”, como decimos en el Padrenuestro), sino desde la perspectiva de Dios. Y es que, realmente, sin tener en cuenta ese perdón de Dios hacia nosotros, considerado detenidamente, es imposible entender el perdón a los que nos han ofendido. Y la consideración de este perdón de Dios, a la luz de la Palabra que nos ilumina hoy, nos ayuda a deshacer algún equívoco en la comprensión y en la experiencia de este don extraordinario.

El perdón es una posibilidad nueva, pues no se cuenta entre las variables normalmente consideradas en situación de conflicto. La ofensa, el daño, la injusticia “claman al cielo” pidiendo reparación y venganza. Existe una dinámica perversa que multiplica los efectos de esa negatividad, hasta hacer de ella una fuerza destructiva no sólo del ofensor, sino también del ofendido, pues en esta dinámica se alcanza con facilidad un punto álgido en el que ya no es posible discernir al ofensor del ofendido. El mal llama al mal, la violencia a la violencia, la ofensa a la respuesta adecuada, y, de este modo, todos acaban resultando ofensores y ofendidos. Sólo el perdón es capaz de romper esta dinámica diabólica y destructiva. Pero, ¿de dónde recabar la fuerza para detener esa tempestad de malos sentimientos?

En el Antiguo Testamento el perdón de Dios como reacción a los pecados del pueblo aparece siempre como por sorpresa, como una decisión casi ilógica ante una situación que pide castigo y destrucción. El perdón resulta ser una posibilidad “nueva”, inesperada, con la novedad del que “en el principio creó los cielos y la tierra” (Gen 1,1), del que hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21, 5). El perdón es una manifestación del poder creador de Dios, capaz de sacar toda la riqueza del ser de la nada, y de recrear la bondad de lo creado, cuando en ella comparece el misterio del mal que es el pecado. Si el perdón es un poder creador y recreador, sólo se puede entender de verdad como algo en último término procedente de Dios.

El primer rasgo que descubrimos en este poder divino es su carácter gratuito y sin condiciones, en paralelo a la gratuidad de la creación de la nada. No es cierto que el perdón sea algo que Dios concede “a condición” de que se cumplan ciertos requisitos. En el texto del libro de Samuel, el profeta Natán acusa abiertamente a David de su terrible pecado, y éste reacciona reconociéndolo. Pero no es el reconocimiento la causa del perdón. El profeta no le dice al arrepentido David, “ya que has reconocido tu pecado, el Señor te perdona”, sino “el Señor ya ha perdonado tu pecado”. El “he pecado contra el Señor” no es condición del perdón sino sólo la expresión de su acogida. Así como el pecado sólo es posible donde hay libertad, el perdón incondicional de Dios puede ser libremente acogido o rechazado por el hombre.

Al reconocer el propio pecado nos abrimos al poder del perdón ya otorgado, que nos sana y recrea. No es ése un reconocimiento fácil. Mirarse con realismo, y nombrar las propias sombras, los defectos, las malas ideas, intenciones y acciones requiere mucho valor. Y más aún si alguien, ejerciendo de profeta, nos denuncia. Ahí lo fácil es mirar para otro lado, o responder buscando excusas, o acusando a otros, a la sociedad, al inconsciente o al mismo profeta (“¿quién se habrá creído éste?”, solemos decir). De todos es sabido que el alcohólico y el drogadicto no ingresan en el camino de la rehabilitación hasta que no se dicen a sí mismos “soy un alcohólico, un drogadicto”. Lo mismo ocurre con los demás pecados. Y el pecado existe. Es inútil que pretendamos escabullirnos, declarando su inexistencia, como si fuera verdad ese subjetivismo barato que pretende que “cada uno hace lo que a él le parece bien”. Cuando la verdad es que a diario hacemos con los ojos abiertos lo que a nosotros mismos nos parece mal. Para comprobar la estafa de ese burdo subjetivismo (que nos predican machaconamente algunos periodistas, políticos y hasta pedagogos) basta con ver cómo esos mismos predicadores y todos nosotros estamos prontos a acusar a los demás de los más variados pecados (aunque evitando cuidadosamente esa molesta palabra) personales, sociales o económicos. Tal vez nunca antes en la historia se hizo una profesión tan amplia de tolerancia moral, al tiempo que se van multiplicando las actitudes de “tolerancia cero” hacia ciertos comportamientos, tratando de corregir los efectos perversos de esta cultura sin pecado.

Si, pues, reconocemos con más o menos eufemismos, la realidad del mal y del pecado, ¿no deberíamos estar dispuestos a reconocerlo en nosotros mismos, con el coraje de confesar que no somos perfectos ni del todo buenos? Porque cuando lo hacemos así, sobre todo cuando acudimos al sacramento de la reconciliación, estamos abriéndonos a esa posibilidad sorpresiva, gratuita, inmerecida, pero recreadora y nueva que es el perdón.

Posiblemente no haya peor pecado que el declararse libre de ellos, al tiempo que se acusa sin misericordia a los demás. Es el caso del anfitrión de Jesús, el fariseo Simón. El que incluso se indique su nombre habla de una cierta familiaridad con Jesús, del que se sentía discípulo ya que lo reconocía como Maestro. Pero Simón es de esos discípulos asentados en la seguridad de ser “buena persona”, gente de principios y, por tanto, muy dado a marcar distancias con los pecadores “oficiales”, como “esa” mujer. La cuestión es que, grandes o pequeños, socialmente visibles o celosamente encubiertos por nuestro estatus social, cada uno ha de reconocer ante Dios sus propios pecados, sus debilidades, su imperfección y, en el fondo, la necesidad que tiene de la misericordia y el amor del Dios, que nos ha creado sin nosotros, y el único que nos puede salvar, pero no sin nosotros, como recuerda san Agustín. Nuestro discipulado y nuestra amistad con Jesús pueden reducirse a un trato correcto y formal, pero en el que nuestro corazón permanece cerrado. Abrimos las puertas de nuestra casa a Jesús, pero no le permitimos que entre de verdad en nuestra vida, no nos consideramos necesitados de salvación, tal vez porque consideramos que la tenemos garantizada como un derecho, ya que somos tan buenas personas.

Todo lo contrario sucede con la pecadora pública de aquella ciudad. En sus muestras de arrepentimiento se expresan todos los gestos de bienvenida propios de la cultura oriental: el agua para lavar los pies del polvo del camino, el beso de acogida, el perfume en la cabeza. Jesús le recuerda al fariseo Simón quién lo ha acogido de corazón y no sólo de modo formal.

En el tenor del texto se puede dar el malentendido de pensar que la mujer obtiene el perdón porque muestra mucho amor. Esto estaría en contradicción con lo dicho sobre David, pero también en la pequeña parábola con la que Jesús corrige a Simón: muestra más amor el deudor al que más se le ha perdonado. No es que la mujer obtenga el perdón a causa del mucho amor que muestra, sino que, por el contrario, muestra mucho amor porque se le ha perdonado mucho. El perdón incondicional ya otorgado entra en nosotros sanándonos si lo aceptamos y nos abrimos a él; y la sanación se expresa en la gratitud y el amor. El perdón de los grandes pecados y de los aparentemente pequeños nos da un corazón nuevo. Sólo cuando hemos experimentado la gratuidad de un amor que nos perdona y regenera podemos estar en disposición de perdonar nosotros: “perdona nuestras ofensas para que podamos perdonar a los que nos han ofendido”, así se puede entender la petición del Padrenuestro.

¿Es verdad que, mientras que a nosotros el perdón nos cuesta lágrimas y sangre, a Dios le resulta muy fácil? Podemos tratar de entenderlo atendiendo a lo que Él nos ha revelado de sí mismo. Y, según esa revelación, sabemos que el perdón de Dios es un don gratuito, pero no “barato”. Como dijo el teólogo luterano Bonhoeffer, existe un “precio de la gracia”. La gracia (que incluye el perdón) es eso, gracia, don; pero no banal ni barata: “habéis sido adquiridos a gran pre­cio” (1 Cor 6, 20), y lo que le ha costado caro a Dios no debe resultarnos barato a nosotros.

De este alto precio nos habla hoy Pablo, con un exquisito sentido personal que cada uno puede aplicarse a sí mismo: “me amó hasta entregarse por mí”. La muerte de Cristo es el precio que Dios ha pagado por nuestra reconciliación. Si en ocasiones perdonar nos cuesta lágrimas y hasta sangre, pensemos que el perdón que recibimos de Dios gratuitamente no es una mercancía barata, que se puede dar por descontada. Es gratis, sí, pero es cara. “Caro” es lo que cuesta mucho, pero también lo que es muy querido, lo que más valor tiene. Si Dios ha entregado por nosotros lo más querido (a su propio Hijo), podemos entender hasta qué punto le somos caros, hasta qué punto nos ama. El amor que Dios nos tiene, que se traduce en su voluntad de perdón, es lo más valioso que hay en nuestra vida, nuestra posibilidad más alta, lo que nos ayuda a ser nosotros mismos, rehabilitando nuestra dignidad dañada por el pecado. Dios ha pagado un alto precio para hacernos este regalo. ¿No habremos nosotros de responderle abriéndole de par en par las puertas de nuestra casa, con un corazón agradecido, que muestra mucho amor y derrama gratuitamente sobre los demás, como un perfume de suave olor, lo que ha recibido gratis?

Comentarios
eleazar eleazar
el 14/6/13
Me encanta este mensaje, me hace pensar que Dios nos crea libres, su amor es incondicional (“gratis” para nosotros), y aunque lo despreciemos nos ama. Si nos apartamos de El podemos aceptar nuevamente su amor (renacer al sentir su perdón ya dado)
Este amor incondicional por nosotros le cuesta a Dios morir en la cruz, y aunque se nos ofrece gratis, es exigente, porque al que mucho se le perdona mucho tiene que agradecer (¿deuda de amor?), mucho ama, y el amor es entrega, es darse, obliga, también a perdonar; “como yo os he amado”
Me gusta 0
victoriasnchez victoriasnchez
el 14/6/13
A la mujer,que hoy se nos presenta,en el evangelio de
(Lucas 7,36-8,3) "Le fueron perdonados sus muchos
pecados,porque amó mucho".
Esta mujer,nos representa a todos nosotros; cuando
después de haber pecado, intentamos,con el llanto de
la penitencia,y la contricción de corazón volver a Dios.
Mientras seamos humildes, y estemos arrepentidos,
nuestros pecados no deben desalentarnos.
No olvidemos nunca la realidad de nuestras faltas; tal
vez,en alguna ocasión, descargamos la culpa en el
ambiente,las circunstancias...eludiendo de esta forma
la responsabilidad, cerrando de esta manera,la puerta
al perdón y al encuentro con el Señor.
La mujer pecadora alcanzó la paz; su vida cambió, se
transformó.
Porque el verdadero encuentro con Jesús,nos lleva a
la esperanza,al sosi » ver comentario
Me gusta 0
Soledad Godoy Soledad Godoy
el 15/6/13
Gracias por su perdón y misericordia por mi y por toda la humanidad de nuestro Papito DIOS YAVE que gran y lindo AMOR,entregarnos a su amado hijo. Gracias por el mensaje recibido.
Me gusta 0
Manuel M. Manuel M.
el 15/6/13
excelente comentario.........Dios es amor misericordia y perdona nuestros pecados y debemos esforzarnos (que nos cuesta) hasta lo máximo para para no ofender a nuestro Padre celestial. No estamos solos en la "batalla" contra el mal, la gracia divina nos acompaña siempre, la que recibimos en los sacramentos, la que cuando reconocemos que somos débiles nos hace mas fuerte.
Me gusta 0
Diego Alvarez Diego Alvarez
el 16/6/13
El arrepentimiento conduce a la perfeccion;
Quien presume de no arrepentirse de nada de lo que ha hecho
persiste en el error y en la soberbia
Nos falta humildad
Me gusta 0
Luis Enrique. Luis Enrique.
el 16/6/13
El no perdonar pone de manifiesto que no hay olvido, y lo decimos sólo por dar una satisfacción al que lo pide, no hay perdón sin olvido, Dios siempre nos perdona por más grave que sea tú falta y también tu omisión.
Me gusta 0
Jacky. Jacky.
el 16/6/13
De la primera lectura, me pregunto que fue lo peor que hizo David: no tener compasión, quitarle la vida a Urias llevando a cabo un plan malebolo o quedarse con su mujer, aunque todo estuvo mal, Dios lo perdono al confesarse pero también le toco una sentencia.
Luego, en el nuevo testamento, Jesucristo paga la deuda, la sentencia en la cruz, por la Fe en El, alcanza la salvacion la mujer del frasco de perfume y Jesus le dijo: "tu Fe te ha salvado, vete en paz".

Lo que hace justo al hombre es la Fe.

El hombre ve las apariencias, Dios conoce las intenciones del corazon.

Dios, Amor, Jesus, Perdón; palabras entrelazadas que llevan el mensaje de la Buena Nueva.

Cree y te salvarás tu y tu familia; Amen!
Me gusta 0
Joselito H. Joselito H.
el 16/6/13
En este domingo, el Senor nos presenta a David elegido Rey de Isrrael, que al tener tantos poderes se olvido del Senor y cometio muchos errors, los cuales fueron senalados por Natan, pero David, reconocio sus culpas y pidio perdon a Dios. Natan le le dijo de Nuevo: ya el Senor te has perdonado. Vemos, como el Senor no castiga a David, sino que al contrario, le perdona sus faltas, vemos que el Senor es compasivo y misericordioso con sus hijo.
En la segunda lectura, se nos muestra, que no somos cristianos por el cumplimiento de la ley, sino, porque el Senor nos ama.
El Santo Evangelio, vemos la invitacion que le hace el hombre a Jesus para que vaya a su casa y esa mujer pecadora que al enterarse de que Jesus, estaba alli, entro y poniendose de rodilla, empezo a llorar, cayendo las lagrima » ver comentario
Me gusta 0
Soraya Soraya
el 16/6/13
Perdonar es limpiar nuestra alma para ser bendecidos en el amor de Dios. Alabado seas mi Señor! Dios los bendiga hermanos.
Me gusta 0
Carlos Eduardo Carlos Eduardo
el 16/6/13
Ungir los pies de Jesús, en el cuerpo místico de la Iglesia, es ocuparnos de lo pobres, de los polvorientos y sucios del camino. Pero eso sólo puede hacerlo un corazón enamorado y que se ha reconocido purificado. Pablo es muy claro en decir hoy que esa purificación o perdón no se alcanza por el propio mérito de cumplir la ley, sino por la fe en "el que me amó y se entregó por mí", de manera que ya no soy yo, sino Cristo quien vive en mí. Necesitamos "Natanes" que nos hagan caer en la cuenta, no solo de los errores que nos hacen llorar a los pies de Jesús, sino también que nos hagan descubrir la misericordia y del perdón que estamos recibiendo y nos hace amar cada vez más, porque el que está absuelto de su culpa es dichoso (Sal.31)
Me gusta 0
Claudio Claudio
el 16/6/13
¡Nuestro Dios es un Dios de nuevas oportunidades! Que el Señor nos ayude a obrar misericordiosamente en nuestra vida, tal como Él, tantas veces ha tenido misericordia de nosotros.
Me gusta 0
U.SALDAÑA M. U.SALDAÑA M.
el 17/6/13
Apreciablell Hno. José Ma. Vegas cmf:
Lo felicito por la profundidad de su reflexión. Empero, me surgió duda sobre uno de sus pàrrafos.
La Oración del Señor NO dice "perdona nuestras ofensas para que podamos perdonar a los que nos han ofendido", SINO "perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden" (Mateo 6. 9-15). Ademàs, la institución del Sacramento de la Reconciliación contempla la Confesión de los pecados, la Absolución de los mismos así como el cumplimiento de la Penitencai que fuese impuesta por el ministro confesor para hacer efectivos los propósitos de dicho Sacramento. A continuación, algunas referencias bíblicas acerca de la duda que me ha surgido al respecto:
(1) Dios pide a Su pueblo la Confesión de sus pecados » ver comentario
Me gusta 0
delacruzguzman delacruzguzman
el 17/6/13
Cristo Jesus vino a salvar al mundo, no a condenarlo, y a quién más perdonó, recibió más amor; dichosa tu mujer que enjugaste los pies de el Divino salvador
Me gusta 0
fernando fernando
el 20/6/13
que bueno es dios
Me gusta 0
samirzito samirzito
el 20/6/13
que bueno y generoso es diosito
Me gusta 0
valerie valerie
el 20/6/13
me parece muy bonito por que dios deja el amor y deudo a todos sus hijos
Me gusta 0
kevinnn kevinnn
el 20/6/13
muy bueno el mensaje de hoy
Me gusta 0
escribir comentario
Por favor escriba las letras como se muestran.