Comentario al Evangelio del domingo, 7 de abril de 2013

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José María Vegas, cmf

El primer día de la semana

El segundo domingo de Pascua es, en realidad, el término de un largo día pascual que se ha prolongado durante toda la semana; la liturgia la presenta como un solo día en el que se concentran las experiencias de encuentro con el Resucitado que hacen los discípulos, duramente golpeados en sus esperanzas por la muerte ignominiosa de su Maestro. En estos textos evangélicos se subrayan las dificultades que aquellos primeros discípulos tuvieron para aceptar la noticia de la Resurrección y para reconocer la presencia del Señor entre ellos. Esas dificultades son, en verdad, las nuestras, que tampoco acabamos de creernos del todo que Jesús ha resucitado, es decir, que la muerte ya ha sido vencida, que es posible vivir “de otra manera”, pues estamos viviendo realmente un nuevo periodo de la historia, el tiempo de la nueva creación. Esto último es lo que significa la expresión, repetida en los relatos de apariciones del Resucitado y también hoy: “el primer día de la semana”. Esta indicación no tiene sólo un sentido cronológico, no es una datación neutra, sino que se trata de una revelación.

Si una semana es el tiempo en el que alegóricamente se despliega el poder creador de Dios, “el primer día de la semana” es aquí el comienzo de la nueva creación que tiene lugar en la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, cuando de manera definitiva y para siempre Dios ha separado la luz de las tinieblas, el bien del mal, la vida de la muerte (cf Gn 1, 4).

Estamos viviendo ya en el tiempo de la nueva creación, pero, como no nos lo creemos, dominan en nosotros, creyentes abatidos, la cerrazón (“estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas”) y el miedo (“por miedo a los judíos”). Sólo la presencia viva de Cristo en medio de esta comunidad escondida y en retirada puede vencer estas resistencias. Caemos en la cuenta de que la comunidad es el lugar privilegiado en el que es posible ver al Señor y hacer la experiencia pascual. Es verdad que se trata de una comunidad de hombres débiles, cerrados sobre sí y atemorizados. No son sus cualidades ni sus méritos (tampoco, desde luego, su imaginación) los que pueden revertir de manera sorprendente (literalmente, milagrosa) esta situación: del tenso temor, la cerrazón y la tristeza, a la pacificación (“paz a vosotros”), la apertura valerosa (“os envío”) y la alegría (“se llenaron de alegría”) en el Espíritu Santo (“recibid el Espíritu Santo”).

Las dificultades para creer en la Resurrección del Señor y reconocer su presencia, comunes a todos los discípulos (a todos nosotros: cf. Mc 16, 9-15), se concentran hoy en la figura de Tomás, apodado el mellizo. Por eso, la Iglesia lee este pasaje del Evangelio de Juan este segundo Domingo de Pascua en los tres ciclos litúrgicos.
Tomás expresa, en primer lugar, la dispersión a que se ve sometida la comunidad de Jesús tras su muerte. Algunos siguen ligados entre sí, pero en un grupo cerrado, como vemos hoy; o que, abandonados los ideales destruidos por la muerte del Maestro, vuelve a viejas y estériles ocupaciones (cf. Jn 21, 1-3); otros, sencillamente, se vuelven a casa, completamente desilusionados, como los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13). Tomás, al parecer, también había tomado el camino de la dispersión y el abandono de la comunidad. Este abandono es comprensible. Si Jesús ha muerto, ¿qué puede unirles ya? Los defectos de todos estos discípulos (ambiciosos, a veces violentos, cobardes, etc.) son demasiado patentes, no hay en ellos virtud suficiente para mantenerlos unidos. De no haber sucedido algo extraordinario y humanamente inexplicable la dispersión hubiera sido total y definitiva. Los defectos y pecados de la Iglesia son con frecuencia la excusa para abandonarla y distanciarse de ella. Esta excusa estaría justificada si la Iglesia fuera sólo un grupo humano unido por ciertas ideas, convicciones o valores (que los mismos miembros de este grupo contravienen con frecuencia). Pero si, pese a tantos defectos y pecados, se mantienen unidos, es porque hay algo más grande que ellos mismos que los convoca y vincula: la presencia en medio de ellos del Señor Resucitado.

En lo que se refiere a Tomás, parece que el abandono no debió ser total, pues los discípulos que permanecieron unidos y, por eso, pudieron ver al Señor resucitado, se apresuraron a avisarle de lo acontecido. Todos los textos de este “primer día de la semana” insisten con especial vehemencia en la importancia del testimonio interno a la comunidad. Poner en común las distintas experiencias del Resucitado, y comunicárselas a los que todavía no las han tenido, es un rasgo clave de este periodo pascual. La comunidad se constituye y se recrea precisamente en este testimonio interno: los creyentes no deben dar por descontada la fe en el Señor Resucitado, sino que deben confirmarse unos a otros en esta fe. Y esto les lleva necesariamente a volver a encontrarse, a sentarse juntos y a compartir el pan. Y es en este contexto, claramente eucarístico, donde acontecen las apariciones de Jesús.

Tomás, incrédulo, en principio no da crédito al testimonio de los otros. Se aviene a volver a reunirse con ellos y participar en una de esas asambleas que tenían lugar “el primer día de la semana”, pero pone condiciones: no quiere alucinaciones ni misticismos, “ver” al Señor de verdad tiene que significar poder tocar sus heridas, metiendo el dedo en los agujeros de los clavos y la mano en el costado.

Tomás, que no era mellizo de nadie, sino que “le llamaban” el Mellizo, al parecer por su parecido físico con Jesús (y Jesús, verdadero hombre, se ha hecho mellizo de cada uno de nosotros), es también mellizo nuestro, pues experimentaba las dificultades de la fe que, de un modo u otro, experimentamos todos. Pero, como él, podemos superarlas. La gran condición para ver, tocar, creer y confesar es precisamente estar en la comunidad.

Se suele decir que la fe es una cosa personal, lo que es cierto, pero se suele dar a entender que es una cosa individual y subjetiva, lo que es falso. La fe verdadera es un don que recibe la persona, pero requiere de la comunidad creyente. Para “ver” al Señor y creer en Él hay que estar en la comunidad de esos tan imperfectos, violentos, ambiciosos, temerosos y cobardes, pero al fin discípulos, capaces de volver al Señor, pedir perdón, y dar la vida por Él.

Es digno de mención el hecho de que el evangelio de Juan nunca usa el sustantivo “fe”, sino sólo el verbo “creer”, precisamente para subrayar que se trata de un dinamismo vivo, con dudas y dificultades y, en todo caso, que nunca está concluido, siempre abierto, siempre por redescubrir, por rehacer.

Puesto que son los defectos y pecados de la Iglesia (que tanto y con tanta fuerza,  no siempre con justicia, se suelen subrayar) son para muchos el gran obstáculo para integrarse en ella, participar de sus asambleas y tratar de ver al Señor en ellas, es muy importante subrayar el papel de las heridas que Jesús muestra en su cuerpo y ofrece a Tomás para que las toque, incluso por dentro. Al hablar de la nueva creación, ya real por la Resurrección de Cristo, y de la nueva comunidad recreada por la presencia del Resucitado, no hay que caer en idealizaciones ingenuas, como si en el mundo ya todo estuviera bien y en la Iglesia no hubiera problemas, defectos y pecados reales. Igual que la humanidad resucitada de Cristo es una humanidad herida, en la que se pueden ver las huellas de la pasión, la comunidad que nace de ella no puede cerrar sus ojos a las otras heridas de Cristo. Por un lado, están las heridas propias del cuerpo de Cristo que es la Iglesia, la comunidad de los discípulos. No cabe aquí idealización alguna. La fuerza y el fundamento de esa comunidad es Cristo, muerto y resucitado y que se nos manifiesta vivo, pero herido. Para vivir la vida nueva de la Resurrección hay que volver continuamente a la memoria de la muerte, hay que tocar las heridas, y no superficialmente, sino entrando en ellas hasta el fondo. Esto significa que hay que mirar de cara a los problemas, reconocer y abordar los conflictos, admitir las debilidades, confesar los propios pecados, tomar las medidas pertinentes, perdonarnos mutuamente… Igual que el testimonio interno de la comunidad es el fundamento del testimonio que se ha de dar ante el mundo, también el perdón, que Jesús confía a la comunidad para que lo comunique al mundo, es una realidad que opera dentro de la comunidad, que confiesa sus pecados, ejerce el perdón entre sus miembros, y hace de él una dinámica real de ruptura con el pecado.

Pero, además están las heridas del Cristo que sufre en la humanidad, en sus “pequeños hermanos”, de tantas formas, y que hay que saber también tocar, como hacía Jesús, que con frecuencia curaba “tocando”, en el contacto vivo. Esto tiene mucho que ver con el carácter abierto de la comunidad que ha visto al Señor y ha superado el temor y vive ya en el “primer día de la semana”, en el que rigen nuevas leyes, ante todo, la ley del amor. La primera y la segunda lectura nos ofrecen un cuadro luminoso de lo que debe ser esta comunidad que, en medio de las condiciones del viejo mundo, vive ya en el tiempo de la nueva creación. En la primera se dice cómo esa comunidad, con Pedro a la cabeza y a imitación del Maestro, “pasa haciendo el bien”, tocando y curando a los que sufren; y, además, permanece abierta a todos los que, voluntariamente y sin imposiciones, quieren agregarse a ella. Y en el texto del Apocalipsis se ofrece una interpretación de la historia en la clave del Resucitado: en ella son posibles las persecuciones, hasta el martirio, a causa del testimonio que tenemos que dar de Cristo Jesús, pero los discípulos saben que la muerte ya ha sido vencida (y lo que el mundo puede hacernos en último término es darnos muerte, esto es, partícipes de la victoria de Cristo), por lo que han perseverar, superado todo temor, en ese testimonio, al que el mismo Señor Resucitado nos ha enviado y nos sigue enviando cada día.

icono comentarios 9 comentarios

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Comentarios
Muy bonito...es lindo lo que dicen
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rubifernanda
el 5/4/13
En este 2º Domingo de Pascua, el evangelista Juán, nos presenta a Tomás en una situación, que tal vez, en alguna ocasión nos haya ocurrido a nosotros. Porque no hemos creido, en lo que no hayamos podido ver y tocar. Los discípulos,dicen a Tomás :"Hemos visto al Señor". El les responde:"Si no veo en sus manos las heridas de los clavos, y si no meto mi dedo en ellas y mi mano en su costado, no lo creeré".(Juán 20,25) Pasados unos días, los discípulos se hallaban de nuevo reunidos, y esta vez, también estaba Tomás con ellos. Y Jesús, entrando donde ellos estaban, los saludó diciendo: "Paz a vosotros". Y dijo a Tomàs: "Mete aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado. ¡No seas incrédulo, sino creyente!". Y Tomás exclamó: "¡Mi Señor y mi Di » ver comentario
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victoriasnchez victoriasnchez
el 5/4/13
Exelente comentario en el cual se nos conforta por las heridas de la iglesia imperfecta de Dios, pero santa y que nos llama dia con dia a esa santidad y a esa perfeccion de nuestro señor Jesucristo
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jurogo jurogo
el 7/4/13
Los discipulos estaban con las puertas cerradas"por miedo a los judios"pero jesus se presenta en medio de ellos.Su presencia es como una nueva creacion.Porque aquellos aterrorizados galileos habian visto su fe destrozada por la muerte de su lider en la cruz y ni si quiera se atrevian a salir de casa, y ahora se van aconvertir en autenticos creyentes y valerosos misioneros.Y todo eso por el soplo del espiritu que les infunde JESUS el resucitado.
En el mismo mensaje del apocalipsis ,nos dice :" No temas :Yo soy el primero y el ultimo,yo soy el que vive.Estaba muerto, y ya ves vivo por los siglos de los siglos".
Este tiempo de pascua es para disfrutar , para celebrar el triunfo del resucitado,para decirle de todo corazon , como TOMAS, "SEÑOR MIO Y DIOS MIO,"Y si podemos engancharnos a su » ver comentario
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katyuska katyuska
el 7/4/13
linda reflexión
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vicent vicent
el 6/4/13
lindo
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marta123 marta123
el 8/4/13
esta muy lindo
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bertha bertha
el 10/4/13
Que Jesús no es un micero recuerdo,es una experiencia de FE
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sandracasandra sandracasandra
el 10/4/13
la fe mueve montañas ....ojala tuviéramos fe y creyéramos en Dios ,pues el todo lo puede.
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sotiOCHOA sotiOCHOA
el 10/4/13
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