Comentario al Evangelio del domingo, 10 de marzo de 2013

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José María Vegas, cmf

Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido

En este 4.º Domingo de cuaresma la Palabra de Dios nos invita con insistencia a la reconciliación: “¡os suplicamos que os dejéis reconciliar por Dios!” Necesitamos la reconciliación porque andamos divididos: escindidos interiormente, separados de nuestros semejantes, alejados de Dios. En ese triple exilio consiste la esencia del pecado, y es en esas tres relaciones donde decide el ser humano su verdad, el logro o el malogro de su vida, en una palabra, su salvación. A esto responde la tríada del ayuno, la limosna y la oración. El ayuno, la ascética, la capacidad de renuncia voluntaria a bienes legítimos, habla de la necesaria reconciliación con la propia realidad, con la verdad profunda de nuestra vida, demasiadas veces distraída y hasta esclava de bienes, algunos superfluos, otros necesarios, pero que nos absorben hasta hacernos olvidarnos de lo más esencial de nuestra vida. La limosna no debemos entenderla como la ocasional moneda dada para quitarnos de en medio la molesta presencia del inoportuno mendigo, sino como la capacidad de renunciar a algo propio a favor de los que están en mayor necesidad. Se habla aquí de compasión, solidaridad y justicia. Los Padres de la Iglesia y los doctores medievales consideraban la limosna una obligación moral por la que los pudientes literalmente devolvían a los pobres lo que a lo pobres pertenecía. Es claro que la limosna, bien entendida, más allá de su dimensión económica, es una forma de tender puentes con los demás y, por tanto, expresión de nuestra voluntad de reconciliación con ellos. Por fin, la oración, “tratar de amistad con quien sabemos nos ama” (Sta Teresa de Jesús), es la voluntad de reconocer, aceptar y acoger al Dios fuente del bien y de la vida, que viene a nuestro encuentro exclusivamente por nuestro propio bien.

Jesús nos habla de la reconciliación en la parábola del hijo pródigo, llena de detalles y colorido, frente a la lacónica austeridad de otras parábolas. Jesús despliega aquí su imaginación y su creatividad, pues se ve que sentía con especial fuerza aquello que quería transmitir. Esta parábola de la misericordia, como las dos que la preceden, estaba motivada por las palabras llenas de desprecio y reproche de los fariseos hacia él mismo y hacia aquellos con los que se trataba: “Ese anda con pecadores y come con ellos”. El mismo tono que percibimos en el reproche del hijo mayor: “Ese hijo tuyo…”

Jesús responde contándonos quiénes son esos, los pecadores, quiénes son los que se tienen por justos, y, sobre todo, quién es Dios o, mejor, qué hace Dios ante el pecado humano.

El hijo menor es el prototipo del pecador, y el estereotipo del pecado: la ruptura con el padre, la renuncia a la propia identidad de hijo, pero, eso sí, aprovechándose de la herencia, de los dones recibidos del padre. Exigiendo lo “suyo” (que es don, herencia), rompe vínculos, para vivir el sueño de una libertad sin límites; pero, alejado de la casa del Padre, que le asegura su identidad y su dignidad de hijo, el ser humano se pierde, dilapida su fortuna y daña su libertad, se rebaja al nivel de los cerdos, animales impuros para los que oían a Jesús, se hace esclavo y siente en su interior el hambre de sentido que sólo el pan del padre y su Palabra pueden saciar.

Al describir este cuadro tan trágico, Jesús, sin embargo, está diciendo que nadie está definitivamente perdido, que nadie es “pecador por definición”, que incluso los más alejados conservan en su interior la nostalgia que les permite escuchar la llamada a volver a casa. El hijo menor, “entrando dentro de sí” reconoce su pecado, redescubre su dignidad (mi Padre, la casa de mi Padre), decide cambiar de vida (seré un servidor) y se pone en camino. “Entrar dentro de sí” es el punto de inflexión. Es fundamental saber romper con la superficialidad cotidiana a la que muchas voces nos llaman continuamente, es importante estar atentos a las dimensiones más profundas de nuestra vida, aquellas en que habita nuestra verdadera identidad, nuestra dignidad, por las caemos en la cuenta de nuestro extravío. Es importante tratar de “vivir conscientemente”, de no descuidar el propio interior. Y el mejor modo de hacerlo es tomar conciencia de sí en la relación con Dios, en la oración, pues sólo así descubrimos hasta el final la verdad definitiva de nuestra vida: la de ser hijos.

Un detalle muy importante de la parábola es que el padre no espera sentado. No. El padre lo ve “cuando estaba todavía lejos”, sale al encuentro, busca al hijo como a la oveja perdida y, sin esperar las palabras de arrepentimiento, lo abraza y lo llena de besos. El que estaba muerto ha renacido, “es una criatura nueva, lo viejo ha pasado, ha aparecido algo nuevo” (2 Cor 5,17). El perdón del padre engendra de nuevo al hijo, restituye su dignidad y organiza para él un gran banquete. Es muy iluminador recordar aquí el célebre cuadro de Rembrandt, “El regreso del hijo pródigo”, expuesto a apenas dos kilómetros del lugar en el que escribo. Las manos del anciano padre que acoge al hijo arrepentido se distinguen claramente: una es masculina y la otra, femenina. Y es que el amor incondicional de Dios Padre es también materno, que hace posible el renacimiento del que, al alejarse, había muerto. En el cuadro de Rembrandt la cabeza del hijo pródigo es como la de un recién nacido en el seno de la madre. Y el color de los andrajos del hijo y la posición de las manos del padre sugieren también la obra del alfarero, que vuelve a trabajar la arcilla en una nueva creación.

Pero no todos son capaces de descubrir esta novedad y alegrarse con ella. El hijo mayor, justo, cumplidor, no participa de las entrañas de misericordia del padre. La suya es una justicia legalista, no filial, servil y que espera una recompensa, sin comprender que el premio mayor es estar en la casa del padre. También él, aun sin saberlo, está lejos, pero es un alejamiento interior, menos visible y, por eso, más difícil de descubrir. Su actitud justiciera y dura, que exige un castigo por el pecado cometido, procede de la incapacidad de creer en el arrepentimiento de los pecadores, y eso le impide reconciliarse con su hermano, reconocerlo como tal (ese hijo tuyo, que no reconozco como hermano mío) y alegrarse. Pero también a él lo busca el padre para invitarlo a la fiesta: “todo lo mío es tuyo”, y lo más propio del padre son los hijos, luego este hijo mío es tu hermano, que estaba muerto y ha vuelto a la vida. No sabemos si el hijo mayor acabó entrando en la fiesta, pero sí sabemos que el Padre no desespera de la conversión de nadie, ni siquiera de los “buenos”, de los que se tiene por tales.

La casa del Padre, la tierra prometida, a la que llega el pueblo de Israel, tiene sólo un acmino y una puerta de entrada: la reconciliación. Reconciliarse con Dios y reconocerlo como Padre es reconciliarse consigo mismo (recuperar la dignidad de hijo) y con los demás (reconocerlos como hermanos). Sólo por medio de esta triple reconciliación, que se nos ofrece como una gracia y un regalo en el sacramento de la reconciliación, es posible participar del banquete que el Padre ha preparado para nosotros: el banquete de la Eucaristía.
La pregunta que hemos de hacernos hoy es, pues, ésta: ¿con quién debo reconciliarme yo? ¿Qué aspecto de mi vida no está reconciliado interiormente y se encuentra todavía en “un país lejano”? ¿Con qué personas concretas, o grupos de personas, debo hacer el esfuerzo de la reconciliación? ¿Con quién no estoy todavía dispuesto a celebrar la fiesta que Dios nos ha preparado?

Porque si hay alguien con quien no estoy dispuesto a reconciliarme, si considero que su pecado es imperdonable y que esa persona está definitivamente perdida, debo saber que ese al que juzgo y condeno, puede ser que ya esté sintiendo el hambre de la vuelta a casa, o que esté entrando dentro de sí, o de camino a la casa del Padre… Y si nada de eso es así, en todo caso, debo saber que ese al que juzgo o condeno es alguien al que el Padre está esperando, al que está ya buscando, para abrazarle y besarle y organizar para él un banquete tan pronto como vuelva a casa.

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Comentarios
En este 4º domingo de Cuaresma,el evangelista Lucas
nos presenta la parábola del "Hijo Pródigo".Que es un
resumen del gran AMOR de Dios, y de su gran
MISERICORDÍA para con el pecador.
Un padre,tenía dos hijos.El más joven,sentía un gran deseo de independencia;y un día, dijo al padre:"Dame
la herencia que me corresponde". Y pocos días después,marchó lejos. Pasado un tiempo,gastó todo
lo que el padre le había entregado,y tuvo que ponerse
a trabajar.Pero,se sentía triste,despreciado,agotado..
Y pensó:¿Por qué estoy así? ¿Por qué me he ido de la casa de mi padre? Volveré,le pediré perdón,y le diré:
"No soy digno de ser tu hijo, pero trátame, como a
uno de tus trabajadores". Pero,el padre le perdonó, y
preparó una gran fiesta ,para celebrar su vuelta a » ver comentario
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victoriasnchez victoriasnchez
el 8/3/13
Al denominar la parábola como la del “hijo pródigo” se ha venido descentrando el mensaje de Jesús y dando lugar a reflexiones dispersas, confusas e irrelevantes. Mas acertado sería “El Padre misericordioso”
El arrepentimiento pasa a un segundo plano ante la magnanimidad del Padre.
El enfoque de la justicia humana, representado por la actitud del hijo mayor, queda ridiculizado cuando se pretende utilizarlo para valorar la actitud del Padre. Estamos quizás tan acostumbrados a un dios hecho a nuestra medida que nos resulta imposible concebir la infinitud del amor del Padre. La infinitud de Dios.
¿Estaremos empeñados en recrearnos inconscientemente en nuestra pequeñez sin permitir descubriros en toda nuestra grandeza de hijos?
Si fuera así, vana es nuestra Cuaresma porque » ver comentario
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Bartimeo Bartimeo
el 9/3/13
¿Qué es primero, la gallina o el huevo? Si existe un Padre es porque tiene hijos y si existen hijos es porque tienen un padre (y madre por supuesto). La historia del Hijo Prodigo, se le llama así, porque lo que anda mal en el mundo no es Dios, sino, nosotros los pecadores; Dios no necesita ser definido, pues él, es, ya sea que creamos o no en él, es mas, no lo podemos definir, somos infinitamente limitados. Dios es perfecto, pero, nosotros lo humanos necesitamos muchas enmiendas, debemos corregir muchos defectos, el mundo anda patas arriba porque nuestra actitud y conducta están lejos de Dios, entonces, ¿dónde buscamos la solución a nuestra situación? Pues en nuestro corazón, poniendo la vista en Cristo, tratamos de imitarlo y tratamos de obedecerle de lo mejor que podemos, no » ver comentario
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un discípulo un discípulo
el 9/3/13
Es un tremenda parabola donde JJesus nos inclina a que busquemos la misericordia de Dios, el alejarnos, nos hace indigno, y no porque Dios tenga la culpa de esto, porque si sabemos quien es el Padre, es evidemte que nuestra padre Dios no estara recibiendo con los brazos abiertos
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oscar matute oscar matute
el 10/3/13
interasante la misericridioa de Dios
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oscar matute oscar matute
el 10/3/13
En el Evangelio de hoy el Senor nos cuenta, la critica que le hacian los escribas y fariceos a Jesus, al verlo juntarse con los pecadores. Pero, el Senor, que se da cuenta le relata el pasaje del hijo prodigo, el se fue lejos a gastar su herencia con personas desconocidas y con mujeres del mundo y luego, al verse solo y sin dinero decide regresar y pedirle perdon a su padre, y asi lo hace, el padre no solo lo perdona, sino que sale al encuentro y lo abraza dandole gracias a Dios, porque su hijo que estaba perdido habia vuelto. Asi hace nuestro Padre Celestial con nosotros, cuando dejamos los caminos equivocados y volvemos a nustro creador. Senor, ayudame, a dejar las cosas pasajeras del mundo que me alejan de ti y permite que cono el hijo prodigo, yo me arrepienta y siga el camino de la r » ver comentario
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Joselito H Joselito H
el 10/3/13
me ayuda a entender mas la misericordia del padre y a revisarme yo como estoy.
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magdalena magdalena
el 10/3/13
que no es solo importante el dinero si no amor la sabiduria y el apoyo que nos dan
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es la verdad  es la verdad
el 10/3/13
• Uno debe aprender a valorar lo que nos da porque algún dia lo vamos a necesitar

• No solo es el dinero solo es el amor que nos dan y la ayuda para ser mejores
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soycristo soycristo
el 10/3/13
Hoy lucas nos presenta esta paravola del hijo prodigo , yo mas bien diria DEL PADRE MISERICORDIOSO que no se cansa de esperarnos a unque nos alegemos de EL, tiene una paciencia infinita, y una misericordia entrañable siempre que nosotros decidamos volver a EL, como hizo el menor de los hijos .Casi avanzada la cuaresma si, a un nuestro corazon sigue tan duro como siempre, tenemos la ocasion de volver a EL con el corazon arrepentido y , diciendo : SI me lavantare y ire hacia mi PADRE . Me pondre en camino, lo abrazare, le pedire perdon,y intentare olvidar el pasado y empezar de nuevo junto a el . Es como pasar del desierto a la tierra prometida como cuenta el libro de JOSUE en la 1º lectura,como nacer otra vez,como ser una criatura nueva,y que bien lo explica pablo en la 2º lectu » ver comentario
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katiuska katiuska
el 10/3/13
la gran misericordia de dios nunca se acaba aprovechenla sepan lo que es vivir la misericordia de diod y la fe que cambi acuando lo sientes pidan perdon por sus pecados no agan mal a las personas respeta al projimo como a ti mismo
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diana herrerra diana herrerra
el 13/3/13
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Miércoles, 30 de julio de 2014

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Mt 13,44-46. Vende todo lo que tiene y compra el campo.

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