Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos amigos:

Ayer, por ser la fiesta de la conversión de San Pablo, interrumpimos la lectura continuada del evangelio de Marcos y perdimos un poco el hilo; en la lectura continua habríamos leído la narración de la elección de los Doce, que en adelante acompañarán a Jesús de forma estable y colaborarán en su anuncio de ala Buena Noticia (cf. Mc 3,14). A partir de ahí, el evangelista construye un pequeño tratado sobre la familia de Jesús; la verdadera familia la constituye el grupo de seguidores; la falsa familia son los parientes carnales (3,20-21; 3,31-35) y los escribas (3,22-30), que no le entienden.  

La impresión que nos deja lo leído hoy es que los parientes de Jesús se avergüenzan de él y quizá temen por las consecuencias de su forma de hablar y actuar. Su conducta les tuvo que resultar extraña y peligrosa. Su anuncio del Reino que viene podría suscitar suspicacias en la corte de Herodes Antipas, reyezuelo tolerado por Roma, a cuyos ojos Jesús quizá aparezca como un vulgar celota deseoso de sacudir el yugo extranjero que pesa sobre Israel; Lucas ha conservado un texto en que a Jesús se le avisa de que Herodes quiere matarle (13,31). Por otro lado, su vida providencialista e itinerante, rodeado de discípulos y discípulas que llevan ese mismo estilo, le convierte en un inadaptado, un marginal que no se acomoda a lo que se considera sensatez. A sus años, lo razonable sería haberse casado y tener una estabilidad de lugar y una profesión para mantener a la familia; como hacía todo el mundo. Es normal que no le entiendan.

Hace pocos días veíamos que Jesús pretendía un cambio radical de la sociedad; no se conformaba con parches o “remiendos” ni consideraba útiles los “odres viejos”. La causa del Padre, el anuncio y establecimiento del Reino eran para él algo tan seductor que posponía todo lo demás. Él habla de quien encuentra un tesoro escondido y, “lleno de alegría por el hallazgo” (Mt 13,44), vende todo para adquirir aquel tesoro; afirmaba también que la seducción del Reino dejaba a algunos como “incapacitados” para el matrimonio (Mt 19,12). Son afirmaciones de indudable carácter autobiográfico; Jesús pudo añadir: “eso es cabalmente lo que me ha sucedido a mí”.

San Pablo hablaba de “la necedad de Dios”, y del evangelio como “escándalo para los judíos y necedad para los griegos” (1Cor 1,23-25). En relación con ello, distinguía un antiguo conocimiento, “según la carne”, y uno nuevo, nueva forma de ver y valorar, resumiendo todo en la frase lapidaria: “el que está en Cristo es una criatura nueva” (2Cor 5,17). Y lo nuevo descoloca, desconcierta, nos tira los esquemas.

Lo de Jesús no fue un caso aislado. Su seguidor llevará una vida inconformista, frecuentemente inexplicable; muchos pensarán que se ha trastornado, que ha perdido el buen sentido. Ya en la época de cristiandad costaba entender una opción por la vida consagrada o sacerdotal, y mucho más por la monástica o eremítica. Hoy hemos llegado más lejos; en muchos casos el que frecuenta una iglesia tiene que dar explicaciones; y lo peor es que éstas suelen resultar ininteligibles, pues “el corazón tiene razones que la razón no conoce” (Pascal). El “conocimiento” que lleva a la “inadaptación” es en gran medida intransferible; sólo quien ha encontrado a Jesús y camina con Él entiende algo de su proyecto y deriva hacia un comportamiento “cuestionante”. Sucede como en el romance del conde Arnaldos: “yo no digo esa canción sino a quien migo va”.

Vuestro hermano en la fe
Severiano Blanco cmf

Comentarios
miriam miriam
el 26/1/13
Es el regalo mas hermoso que podemos descubrir vivir y creer que Jesus es la luz de nuestras vidas.
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Mónica Mónica
el 26/1/13
Cuando Jesús toca las fibras profundas del corazón lo cambia tan notablemente que todos los que lo conocen dirán que es un exaltado por el amor al Señor. ¡y que hermosa es la vida nueva en Dios!
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