Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos amigos:      

Hoy nos encontramos con una auténtica apoteosis de Jesús, apoteosis que el evangelista subraya con una selección geográfica muy calculada. A Jesús le sigue un pequeño grupo de discípulos estables, que llevan vida itinerante con él en las cercanías del lago de Galilea; pero, además, al menos eventualmente, se acercan a oírle y a disfrutar de sus poderes curativos gentes de todas las regiones judías: Galilea, Judea y Perea (ésta es la zona situada “al otro lado del Jordán”), e incluso del corazón del judaísmo: Jerusalén. Más aún, ecos del actuar de Jesús han llegado hasta las regiones paganas de Idumea (al sur de Palestina) y de Tiro y Sidón (el actual Líbano), de donde las multitudes parten hacia Él. En tal “aprieto”, no le queda otro recurso que sentarse en una barca, protegido por el agua del lago que le circundan.

Conviene que penetremos en la intención del evangelista al elaborar este amplio sumario de lo que sucede en torno a Jesús. La comunidad cristiana destinataria inicial de este evangelio, probablemente situada en la zona de Tiro y Sidón, debe organizarse en torno a Jesús, escucharle como Maestro y dejarse curar por él como Médico; está llamada a “tocarle” y dejarse tocar por él. Además le debe confesar como el Señor del mundo, de judíos y paganos, sanos y enfermos… “No busquéis a nadie, a nadie más que a Él”.

Si Jesús es el Señor universal, los ya creyentes tienen ante sí una ingente tarea misionera: quienes en otra época oyeron o vieron a Jesús (y también quienes no tuvieron tanta suerte) deben oír ahora la palabra apostólica e incorporarse a la comunidad de los salvados, para continuar siendo curados y orientados por el Señor.

Los versículos conclusivos, aparentemente anecdóticos, tienen gran importancia dentro de este evangelio: Jesús es más fuerte que el mal, de modo que los “espíritus inmundos” (los demonios, según el lenguaje de la época) no tienen más remedio que postrarse ante él y reconocerle como “el Hijo de Dios”. Aquí se generaliza lo que, como caso individual, ya se narró dos capítulos antes; en la sinagoga de Cafarnaúm un poseso  le gritó: “sé quién eres, el Santo de Dios” (Mc 1,24). ¡Confesión de fe que contrasta con la incomprensión por parte de fariseos y herodianos que veíamos ayer!

Ante esta panorámica de éxito en su tarea mesiánica, con un baño de multitudes y reconocimiento incluso por los demonios, desconcierta la prohibición que Jesús les impone de que le confiesen públicamente como lo que es. Y ésta va a ser una constante en toda la primera mitad del evangelio de Marcos. Jesús prohíbe que se divulguen sus curaciones y resurrecciones (Mc 1,44; 5,43), y, cuando uno de los discípulos le diga “Tú eres el Mesías”, les prohibirá abruptamente “que hablen a nadie acerca de él” (Mc 8,30).

No parece que se trate de una ingenua actitud de humildad, sino de una de las claves teológicas para comprender este evangelio:  en lo que de él hemos leído hasta ahora, no se ha dicho nada acerca de la Pasión de Jesús, de su destino como Siervo de Yahvé sufriente. Y el evangelista considera una “herejía” proclamar a Jesús triunfante antes de que haya entregado su vida en la máxima humillación. Pedro, que le confiesa Mesías pero se opone a que vaya a Jerusalén a sufrir, se parece a los demonios de que habla nuestro texto; por eso también a él Jesús le llama “satanás” (Mc 8,33). La gloria de Jesús sigue a su Pasión, no la precede… Igualmente la de los seguidores de Jesús.
             
Vuestro hermano en la fe
Severiano Blanco cmf

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