Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos amigos:

Se cuenta que el estrafalario Papa Luna (Benedicto XIII), al final de su vida, oraba así: “Señor, he luchado tanto por tu causa que no me ha quedado tiempo para relacionarme contigo”. Alguien ha dicho –quizá caricaturizando- que los escribas de la época de Jesús estaban tan preocupados por la exactitud en la interpretación y el cumplimiento de la ley que no les quedaba tiempo ni energías para pensar en Dios.

El evangelio de hoy es un ejemplo de culto a la ley, e incluso de sentirse a gusto oprimidos por esa misma ley. Es la descripción del conservadurismo literalista, que olvida lo fundamental del plan de Dios para disfrutar de lo secundario, y esto incluso deformado. Y es un ejemplo de cerrazón frente a quien quiere abrir los ojos de sus contemporáneos para que la verdad los haga libres.

Aquí conviene recordar algo que decíamos ayer: “la gloria de Dios es que el hombre viva”. El manco de la sinagoga es un ejemplo de vida limitada, incluso un buen símbolo de ausencia de “libertad de movimientos”. Su curación será una muestra palpable de aquello por lo que Dios suspira: la vida íntegra del hombre, sin limitaciones ni podas. Éste es un valor de tal categoría que Jesús no puede aplazar su presencia, su realización. Podría parecer muy “razonable” posponer la curación siquiera un día, y así no “escandalizar” a nadie trasgrediendo el sábado.  Peo el estilo de Jesús es otro.

Con motivo de otra curación realizada por Jesús en día festivo, comentaba un jefe de sinagoga con aparente “sensatez”: “hay seis días laborables; venid en ellos a curaros, pero no en sábado” (Lc 13,14). La “sensatez” mal entendida puede convertirse en fuerza paralizante. Jesús podría también –en el caso que meditamos hoy- haberse retirado “sensatamente” a un rincón de la sinagoga y haber curado allí, sin hacerse notar, sin “escandalizar”. Pero prefirió hacerlo “en medio”, despertando previamente la atención de todos, y en clima de una no disimulada irritación: les dirigió una “mirada airada”.

El Jesús “manso y humilde de corazón” es simultáneamente el Jesús profeta, lleno de celo por la causa de Dios, como lo fue Elías y tantos otros; por eso, en varios lugares evangélicos, le encontramos con sentimientos de ira o indignación. No todo es tolerable; no a todo se pueden aplicar “paños calientes”. Ciertamente Jesús es siempre dueño de sí, y nunca víctima de estados de cólera, ansiedad u otras sensaciones enfermizas, pero no disimula sus desacuerdos, y, llegado el caso, pronuncia sus “ayes” con toda energía.  

El testimonio evangélico exige hoy en ciertos ambientes una notable dosis de audacia, de “agresividad”. Es un ir contra corriente, llevando como oferta la “desmesura”. Ello puede poner en peligro nuestras propias seguridades, y atraernos el rechazo y las iras de los “fariseos y herodianos” de nuestro tiempo, muy interesados en que “no se mueva nada”. Pero los verdaderos testigos “no amaron tanto su vida que temieran la muerte” (Ap 12,11); Jesús fue el primero de ellos, el que siguió adelante a pesar de riesgos bien conocidos por él.   
           
Vuestro hermano en la fe
Severiano Blanco cmf

Comentarios

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Tauler
Tauler

el 23/1/13
Audacia y agresividad sin violencia. ¡De acuerdo! Ponerse uno a si mismo en juego, poner en duda las propias convicciones con actitud de búsqueda sincera, con deseo de ir mas allá, de entregar mas talentos que los sencillamente recibidos. Abandonar la seguridad de la norma establecida. Abrirse al autodescubrimiento a partir de la Verdad contenida en la Palabra. Imitar en suma a éste de quien os declaramos seguidores. Cristo.
El comentario Severiano, me parece cargado de autenticidad y de valentía. Una verdadera invitación a la reflexión. Ojalá cunda el ejemplo (en muchos púlpitos).
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Augusto
Augusto

el 23/1/13
Nada impide hablar en verdad a Jesús para cumplir su, su misterio de salvación y redención; en toda ocasión pública proclama la voluntad del Padre hasta la última gota de su sangre y agua (vida, humanidad) dando testimonio que Dios misericordioso nos vivificó en su hijo sentándonos junto a Él en su reino. Gracias Señor.
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