Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

Más que Juan el Bautista

Jesús inaugura su ministerio público participando en un rito colectivo de purificación: el bautismo de Juan a las orillas del Jordán. Se presenta en sociedad en un contexto bien determinado: en el círculo del Bautista, en un ambiente de expectación profética, que percibe la inminencia del Mesías. En Juan el Bautista se da un inesperado renacimiento del profetismo de Israel, que contrasta con la religión dominante, concentrada en la ley y su observancia. Es lógico que muchos se preguntaran si no sería Juan el Mesías prometido. De hecho, para él hubiera sido relativamente fácil arrogarse tal título, tanto más si tenemos en cuenta que muchos estaban dispuestos a aceptarlo como tal.

¿Podemos imaginarnos qué hubiera sido el mesianismo de Juan?
Juan es ante todo un profeta que denuncia los pecados del pueblo, llama al arrepentimiento y exhorta a volverse de nuevo al Dios de Israel mediante el rito de purificación del bautismo y una vida basada en la exigencia moral, de la que él mismo es un ejemplo. Sin embargo, Juan no concentra la atención sobre su propia persona, no se hace a sí mismo centro de su mensaje. Al contrario, desvía la mirada hacia “otro” más grande, más poderoso, más digno. Su llamada a la conversión y a la purificación moral y religiosa no tiene el carácter de una meta final, sino de una preparación, de un tránsito hacia algo mayor, hacia el verdadero Mesías, a punto de llegar. La grandeza de Juan, que Jesús proclamará con énfasis, no está sólo en haberle señalado finalmente como el verdadero Mesías, sino también en no haberse “aprovechado” de la expectación despertada en torno a él para colocarse en el centro, ocupando el lugar de Cristo.

Es en esta capacidad de “descentrarse” en la que descubrimos la vocación del verdadero profeta y, en general, del verdadero maestro espiritual, de todo aquel que, de un modo u otro, ejerce un cierto liderazgo religioso. Juan el Bautista debe ser un espejo de todo el que se dedica, en el sentido que sea, a la actividad religiosa: el obispo y el sacerdote, el religioso, el profeta carismático, el catequista, el fundador, el iniciador de cualquier corriente de espiritualidad, todos ellos deben vencer la tentación de ponerse en el centro, de atraer la atención sobre sí, de ocupar el lugar que sólo le corresponde a Dios y a Aquel que Él ha enviado: Jesucristo. El verdadero profeta, el líder religioso (carismático o institucional), tiene que saber que su papel es sólo preparatorio: favorecer la venida del único Mesías, su acogida y el encuentro con Él. Y esto supone que el profeta auténtico tiene que saber menguar y dejar el protagonismo a Aquél que es y puede más que él. Y esta actitud es tanto más importante, cuanto que, con frecuencia, hay quienes están dispuestos a hacer de uno de estos líderes una especie de Mesías salvador.

Además de esa actitud personal que avala la autenticidad profética, hay otra dimensión que afecta al contenido del mensaje comunicado por el profeta y por el Mesías al que el primero sirve. El mensaje de Juan, preparatorio, denunciador de los pecados y purificador de los mismos, no es un mensaje que pueda salvar. Prepara para la recepción de la salvación, pero no salva. La denuncia del pecado y la injusticia, el reconocimiento de ese pecado en uno mismo y la voluntad de purificación, simbolizada en el rito bautismal del agua, y concretada en los buenos propósitos de un cambio de vida, son momentos imprescindibles en la vida del hombre, en sentido moral y religioso, pero son claramente insuficientes. El que denuncia el pecado ambiental y la injusticia social cae fácilmente en el pesimismo respecto del mundo y de la historia, y en la tentación de destruir lo que considera la raíz del mal, con lo que acaba provocando más mal del que pretende eliminar. La historia es prolija en ejemplos de este puritanismo destructor. Por otro lado, el que se purifica del pecado y alcanza un cierto grado de justicia, puede caer en el pecado de orgullo o de soberbia, al creer que se ha hecho justo por sus propios medios. Parece que el círculo del pecado nos rodea de tal manera que siempre acabamos cayendo en él, de un modo u otro. Y esta es la tercera tentación que nos habla de la insuficiencia de esta (con todo, necesaria) actitud: el pesimismo respecto de sí mismo, la sensación de que somos impotentes ante el mal, de que, por más que lo intentemos, no podemos alcanzar la plenitud de la justicia. Y es que, realmente, por muy buenos que creamos ser, no podemos salvarnos a nosotros mismos. 

Cuando Juan, al rechazar el título de Mesías, señala al que “puede más que él”, está señalando, en efecto, una posibilidad mucho más radical que la mera purificación moral y que es la única que puede realmente salvar al hombre del todo. El reconocimiento y la purificación de los pecados, representados por Juan y su bautismo de agua, son sólo el preámbulo de una “nueva creación”, de un renacimiento de lo alto, de un bautismo con “Espíritu Santo y fuego”, son el preámbulo de la gracia. 

Juan, profeta auténtico, dirige nuestra mirada y nuestra atención a Jesús. Y nosotros, hoy, lo descubrimos participando del bautismo de Juan. ¿Es que Jesús necesitaba purificarse de los pecados? ¿Por qué participa de un rito que, según hemos dicho, es sólo una anticipación preparatoria del verdadero mesianismo, representado por Él mismo? Porque nos debe quedar claro que el bautismo que Jesús recibe de Juan no es todavía nuestro bautismo cristiano (aunque lo simbolice y lo anticipe).

Jesús, de hecho, se sabe puro y sin pecado (cf. 1 P. 2, 22), pero, al mismo tiempo, se siente solidario con su pueblo y partícipe de su destino, que es el destino de toda la humanidad. Jesús, igual en todo a nosotros excepto en el pecado (cf. Hb 4, 15), siente en sí las consecuencias del pecado, la debilidad y vulnerabilidad humana, como las tentaciones, y la misma muerte. Por eso, se somete junto con su pueblo a este rito de purificación, que es signo y anticipo del verdadero bautismo en el que, según sus mismas palabras, debe ser bautizado: su Pasión y muerte en cruz. Así pues, Jesús se somete al bautismo de Juan no porque sea pecador, sino porque ha cargado sobre sí con los pecados del mundo. (cf. Is 53, 4-6).

El hecho de someterse al bautismo de Juan expresa además cuál va a ser su forma de ministerio: Jesús no rehúye el encuentro con los pecadores, sino que busca su compañía, el contacto con los impuros para “encontrar al que está perdido” y “sanar a los que están enfermos”. Es decir, Jesús no es un puritano dispuesto a acabar con el pecado y la imperfección a cualquier precio, en un afán destructor, sino que, por el contrario, sus designios son de recreación y rehabilitación: “La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará”, ese será su peculiar estilo de implantar el derecho en la tierra.

Así, de una forma bien paradójica, abajándose y participando en el bautismo de Juan, Jesús muestra en qué sentido es “más fuerte y más grande”. Y aquí debemos vencer la tentación, equidistante a la de hacer del mero profeta un Mesías, la de hacer del Mesías sólo un profeta. Jesús es más que un profeta o un maestro espiritual. En el momento del abajamiento, uniéndose a su pueblo en el rito purificador, se abren los cielos y se revela quién es este hombre de Nazaret, este Mesías esperado: es el Hijo amado y predilecto de Dios. Ahora entendemos la radicalidad de la salvación, que el esfuerzo moral y la purificación del agua no pueden lograr; es un renacimiento, una recreación, la adquisición gratuita de una nueva identidad, la de los hijos de Dios. Porque cuando la voz del cielo (la voz del Padre) que declara que ese hombre que, unido a su pueblo, participa de la purificación de los pecados, es “mi hijo, el amado, el predilecto”, al tiempo que lo unge con el Espíritu, Dios nos está diciendo que, en Cristo, acoge y acepta a la humanidad en la que su Hijo se ha encarnado, y acepta sin condiciones y adopta, en consecuencia, a cada ser humano. Efectivamente, en la humanidad de Cristo, “Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea.” Si, pues, en Cristo Dios está con nosotros, y en Él somos hijos del Padre, ¿qué otra cosa hemos de hacer, sino pasar por la vida “haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo”?

Comentarios

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victoriasnchez
victoriasnchez

el 11/1/13
"El cielo se abrió,y el Espíritu Santo bajó sobre El".
El evangelista Lucas,nos dice hoy en su evangelio,que
la gente estaba expectante;y se preguntaba:Si Juán,
sería el Mesías.Pero,él les dijo:"Yo os bautizo con agua,
pero viene uno que os bautizará con el Espíritu Santo
y con fuego."Al que yo,ni siquiera merezco desatar la
correa de sus sandalías".Y sucedió,que mientras Juán
estaba bautizando;también Jesús fué bautizado.
El Bautismo de Jesús, debe llevarnos a una reflexión
sobre nuestro bautismo. Ya que, por la gracia del mismo,Dios nos ha elegido como "Hijos Amados".
Jesús,después de ser bautizado en agua,se bautizó en
el Espíritu Santo;llenándose de VIDA de DIOS.
VIDA que es AMOR.
Intentemos buscar el Reino de Cristo;que es Reino de JUSTICIA,PAZ y AM » ver comentario
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Martha
Martha

el 12/1/13
Muy lindo y explicativo este comentario que hace el
P.Jose M. sobre el Evangelio de manana, donde sena-
la el comienzo del Ministerio de Jesus, asi como su po-
derio y dignidad al rebajarse al bautismo de Juan sin
tener que arrepentirse de ningun pecado, solo por ser solidario con su pueblo y poder acercarse a los
pecadores y enfermos. Es maravillosa tambien la ac-
titud de Juan al decirle al pueblo que su bautismo no
era el verdadero, que habia otro mas grande que si
los bautizaria con Espiritu y Fuego. Saludos.......
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Ernesto
Ernesto

el 12/1/13
Que bueno sería, que nosotros al igual que Juan, sigamos a Jesús y a su Iglesia en donde está presente la misma Trinidad y nos demos cuenta que lo que quiere Jesús es salvarnos por puro amor.
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luisf721
luisf721

el 13/1/13
realmente nuestro señor es bondadozo y compasivo. Pone su morada en medio de nosotros y camina a nuestro lado. Es el hijo amado de dios,que viene darnos una buena noticia, y el que la escucha se llena de gracia,que alegria mas grande siente el cristiano al oir su voz,como juan esa es su unica alegria
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Demi32
Demi32

el 13/1/13
Lo importante de nuestra celebración eucarística de hoy consiste en reconocernos hijos en Hijo y hermanos todos. Si lo creemos por convicción, nuestro testimonio será veraz.
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Umberto
Umberto

el 13/1/13
¡Excelente! muy claro, muy profundo. Muchas gracias.
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Stendhal
Stendhal

el 13/1/13
El Programa de Naciones Unidas en alguno de sus documentos plantea como uno de los problemas para la real democracia en los paises es un asunto de PODER. El Poder desde la perspectiva espiritual es una de las grandes vulnerabilidades de la persona. El gran compromiso de l@s cristian@s vivir la propuesta sobre el poder de nuestro Señor Jesús.
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melissa
melissa

el 15/1/13
muy lindo y explicativo este eangelio
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melilsa
melilsa

el 15/1/13
hermoso estuvo la lectura porque se entendía muy bien y muy clara por como se expresaban todas mis amiguitas
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ODALIS
ODALIS

el 27/1/13
MUY BONITO
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