Comentario al Evangelio del

Pablo Largo, cmf

Queridos amigos:

La presencia de Juan Bautista en el desierto de Judea y en las márgenes del Jordán no fue un azar; ni una vulgar ocurrencia. Tenía un sentido muy hondo: el pueblo de Dios necesitaba rehacer la experiencia fundante del primer Israel, por lo que debía volver al desierto y atravesar el Jordán como en tiempo de Josué. Eran los nuevos comienzos para la constitución del Israel definitivo de Dios.

A Jesús lo vemos en la Galilea de los gentiles. También tiene su hondo sentido: mostrar el esplendor de una luz grande al pueblo sumido en densas tinieblas. De ahí que Jesús, en lugar de establecerse en un lugar resguardado, se haga presente donde impera la muerte. Va a la periferia, se instala en la frontera y allí lanza su anuncio.

Estos comienzos galileos no pueden ser una lejana y extremosa aventura que cabe relegar tranquilamente al olvido. Piden ser prolongados. Y, en efecto, en una especie de "inclusión", Mateo dirá que el Resucitado convocó a los suyos a Galilea y allí les confirió solemnemente la misión pascual (Mt 28,16-20). Al peregrino de hoy se lo recuerda el monolito Euntes docete situado en las inmediaciones del Monte de las Bienaventuranzas, cerca de la iglesia de la multiplicación de los panes y no lejos de las ruinas de Cafarnaún.

Sin duda hay una variada presencia eclesial en lugares de tinieblas y muerte: el 25 % de las instituciones dedicadas a los enfermos de SIDA son eclesiales; misioneras y misioneros están diariamente en el filo entre la vida y la muerte, y rondan la treintena los que mueren al año de forma violenta; sacerdotes, instituciones eclsiales como Caritas que están siendo para muchas familias el unico soporte en medio de esta crisis económica en la que estamos inmersos. El sacerdote francés Léon Burdin acaba de publicar un libro titulado "Decir la muerte" (Ed. Claret, Barcelona), en el que narra su modo de acompañar a quienes mueren en un gran hospital de París. El filósofo B.-H. Lévy escribe en el prólogo: "He aquí el libro más conmovedor que pueda hoy leerse sobre nuestro común destino: el de 'seres mortales'. El autor es sacerdote. O mejor diríamos, 'barquero' del más allá... ayuda a los moribundos a 'pasar' a la otra orilla, recoge su último aliento o su última palabra, les prodiga los últimos consuelos, los acompaña en su postrer viaje... con el hombre que ha escrito este libro no podemos menos de... sentirnos inmensamente solidarios".

La Iglesia deberá hacer más intensa y más extensa esa presencia. Pero nosotros damos gracias a Dios de que la comunidad de Jesús siga anunciado el reino de la vida en una cultura que lleva, no sin culpa, profundos estigmas de la muerte.

Vuestro amigo:

Pablo

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