Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

¿Quién soy yo?

Al contemplar el espectáculo de nuestro mundo hay motivos para pensar que los telares en los que se hilan las grandes tramas de la historia están muy lejos de nuestra vida cotidiana. Personajes poderosos se encuentran para tomar decisiones que, después, habrán de afectar a nuestra vida de múltiples formas; decisiones en las que nosotros no tenemos arte ni parte. Grandes centros de poder (político, económico, social…) son testigos de los movimientos que deciden el curso de la historia. Es así, para bien y para mal, y tal vez no pueda ser de otra manera. Pero se entiende que se susciten protestas que piden otra forma de decidir las cuestiones que nos afectan a todos. ¿Es ello posible?

Al menos parece que a Dios sí se le ha ocurrido un camino alternativo. El gran acontecimiento del encuentro pleno y definitivo entre Dios y los hombres discurre por derroteros completamente distintos. Los personajes y los lugares que forman parte de esta otra trama son insignificantes si los juzgamos con los criterios de los grandes sucesos históricos. “¿Quién soy yo?” pregunta Isabel, expresando la conciencia de su propia pequeñez. La pregunta suena a unos pocos kilómetros de una aldea, Belén, la más pequeña entre las aldeas de Judá. Al venir a la humanidad para encontrarse con ella en su propio territorio (en la carne, en el tiempo, en el espacio), Dios no se dirige a los grandes de este mundo, ni busca la puerta de entrada en los centros de poder de las principales urbes (Roma, Atenas, Jerusalén) desde las que, al parecer, puede tener una influencia mayor y más eficaz. Al elegir gentes insignificantes, lugares desprovistos de poder, Dios expresa que no quiere realizar una visita protocolaria, “oficial”, una “cumbre” de esas en las que se habla mucho y se buscan compromisos de papel que suelen acabar siendo papel mojado. Para Dios cada ser humano es un “gran personaje”, el más importante del mundo, así como cada pequeño rincón perdido de la tierra es para Él el centro del mundo. Dios quiere realizar con cada uno de nosotros un encuentro verdadero, en profundidad, y quiere llegar hasta el último lugar en el que  habita el ser humano.

Por todo esto, los encuentros preparatorios, que preceden siempre a las cumbres, tienen también lugar ahora, pero suceden de otra manera, con otro tono, en otra atmósfera. Dios no viene a nosotros a entablar conversaciones mediante un tira y afloja de intereses contrapuestos. Quiere, eso sí, establecer una relación verdaderamente humana, y por eso ha de someterse a las condiciones de nuestra humanidad de carne, que habita en el espacio y el tiempo. Todo el Antiguo Testamento habla prácticamente sólo de estos encuentros preparatorios, no siempre culminados con éxito. Pero ahora, ante la inminencia de la venida, éstos alcanzan el máximo de intensidad. El que nos narra hoy el Evangelio de Lucas nos da algunas claves fundamentales. Se trata, en primer lugar, de un encuentro entre dos mujeres embarazadas, en las que, de modo diverso, está sucediendo el milagro de la vida que florece. María e Isabel no se dedican a quejarse por lo mal que están las cosas, a criticar a los invasores romanos o a las corruptas autoridades políticas y religiosas judías. No, estas mujeres realizan un encuentro de bendición. Y es que Dios no viene en tono amenazante, ni quiere echarnos en cara nuestros pecados. Es decir, no viene en plan reivindicativo. Su visita es salvífica, recreadora, positiva. El diálogo de Isabel con María, carente de toda queja, crítica o amargura, refleja toda esta positividad, expresada en bendiciones mutuas: la de Isabel a María, llena de entusiasmo y alegría; y la que la misma Isabel recibe de María, sin palabras, por la mera presencia del Verbo de Dios en su seno.

Si Isabel y María se encuentran en Aim Karem, en la montaña de Judá, es porque María ha ido al encuentro, ha salido de sí, sin ahorrar esfuerzos, para compartir con Isabel los dones de Dios que ambas han recibido. El protagonismo no lo tienen los intereses contrapuestos, con los correspondientes regateos para llegar a algún acuerdo de mínimos, sino la generosidad pura del que se sabe rico en medio de su pobreza y decide compartir lo que tiene. Y éste es también el espíritu con el que Dios viene a plantar su tienda entre nosotros: para hacernos partícipes de su propia vida, sin ahorrar esfuerzos y sacrificios. Esa es la voluntad de Dios, que Jesús ha venido a realizar a un alto precio, como expresa con fuerza la carta a los Hebreos.

Las condiciones del encuentro de Dios con los hombres, que se van realizando en estos otros encuentros, insignificantes para la gran historia de la humanidad, pero fundamentales para una mirada de fe (que eso son, por cierto, la palabras de Isabel: una confesión de fe), nos abren también los ojos para comprender las consecuencias de aquel: Dios, al someterse a nuestra condición humana, se hace dependiente de nosotros, necesita de nuestra cooperación. Estamos a la espera del nacimiento de Jesús, el hijo de Dios, todavía no lo vemos, pero podemos ya percibir su presencia como hijo de María. Dios, en la humildad de la carne, se deja llevar de un lugar a otro. Llevado así, en el seno de la doncella de Nazaret, en dependencia de sus andanzas, empieza ya a derramar sus bendiciones.

Al contemplar esta escena luminosa del encuentro entre Isabel y María, podemos comprender el modo concreto en que podemos preparar nosotros el próximo nacimiento de Cristo. De nada sirve que nos quejemos de lo mal que está el mundo, y menos aún de que el espíritu comercial haya secuestrado el verdadero espíritu de la Navidad. Esta queja, que de tan repetida ya cansa, acaba sonando a mala excusa. Ninguna actividad comercial puede secuestrar el sentido profundo de la Navidad si nosotros los creyentes lo vivimos en la condiciones y con las consecuencias que hoy subraya para nosotros la Palabra de Dios. En primer lugar tenemos que propiciar encuentros positivos, encuentros en que dominen las bendiciones y evitemos las maldiciones; encuentros guiados no por intereses particulares (sean mezquinos o legítimos), sino por la generosidad, la capacidad de sacrificarnos por los demás, por la voluntad de compartir los dones que hemos recibido. Finalmente, la Navidad se hará real en nuestro tiempo, en cada rincón del mundo, si alguien, en apariencia insignificante, pero no para Dios, deja que la Palabra habite en él, y se hace portador de ella y, por medio de sus actos y de sus palabras, deja que esa Palabra sea fuente de bendición para otros. Esa Palabra será a veces sólo una semilla, un embrión, como Jesús en el seno de María, pero su acción será ya eficaz y fuente de bendición, suscitará el espíritu profético que anima a Isabel en su bendición y a María en su canto del Magníficat, y hará posible, en algún momento de futura madurez, un encuentro pleno con aquel que ha venido a hacer la voluntad del Altísimo, a cumplir las promesas de Dios y a ser nuestra paz.

Comentarios

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victoriasnchez
victoriasnchez

el 21/12/12
Falta poco para la Navidad.El envangelista Lucas,nos
presenta a María como la humilde joven de Nazaret que se pone en camino, para visitar a su prima Isabel.
Cuando Isabel ve a María;le dice:¿Quién soy yo para
que venga a visitarme la madre de mi Señor?"
"¡Dichosa tú por haber creído las cosas que el Señor
te ha dicho!". María,ha entrado en la historia de la
humanidad para hacer la voluntad de Dios.
En esta visita, María nos enseña, que debemos ser
sembradores de gestos de AMOR.Cuando el AMOR es
de verdad, nos acerca a los demás aunque estemos
lejos.El AMOR,no conoce barreras ni fronteras.El es el
motor de la existencia humana;y la causa y el efecto
de nuestro actuar en favor de los demás.Como lo hizo
María.Ofrezcamos nuestra amistad al vecino,que vive
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Mariadol
Mariadol

el 23/12/12
Bartimeo que equivocado estas, dios padre asocio a maria en la realización de su plan de reconciliación con la humanidad. Es asi como Maria esta asociada a la obra de su hijo jesus.Maria fue una mujer unica, con dones unicos fue escogida por Dios para una misión muy particular como lo fue ser la madre de su hijo Jesus.
Ella es llamada bienaventurada, no porque su naturaleza sea divina, sino por las maravillas que él poderoso realizo en ella. Maria no busco reducir la gloria de su propio hijo, sino todo lo contrario porque conociendo a Maria conocemos mejor a su hijo el cual debe ser amado y glorificado por encima de cualquier cosa.
Por lo tanto esperemos el nacimiento del hijo de Dios con amor,esperanza y con mucha fe y acompañado por supuesto de ese gran amor de Maria Santisima, la » ver comentario
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Bartimeo
Bartimeo

el 22/12/12
No me siento capaz de decir a los demas como "debemos" actuar. Me resultan retóricos, cansinos y gratuitos los consejos que escucho (leo) de los demás, incluso cuando me porponen a María como modelo. Menos moralinas y mas ayuda para interpretar la Palabra y ser capaces de interiorizar la voluntad de ese Dios que nos habita, porque de él vienen los consejos que calan hasta la médula del ser. Y nuestro Dios no necesita voceros que proclamen sus consejos como no los necesitó María para proclamar su ¡Fiat!. ¿Alguien recuerda a la madre de Cristo dando consejos sobre la caridad, la humildad o la fe?
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michel lupo
michel lupo

el 26/12/12
creo que quiensoyyo es donde isabel habla con Maria del hijo que lleba en el bientre y cuamdo regreso de bisitar isabel les conto asus padres de que estaba en sinta por obra del espiritu santo yque aparecio un angel quela eligio a ella por ser virge para que lo cuidase de el
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