Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

El fin de los tiempos y los límites del mundo

Como siempre al declinar del año litúrgico los textos nos ponen ante la espinosa cuestión del fin del mundo. Estos deberían venir acompañados de ciertos signos apocalípticos, que Marcos identifica en fenómenos cósmicos (eclipses y terremotos), y como estos signos pueden encontrarse de un modo u otro en toda época histórica, siempre hay quien está dispuesto a señalar el fin del mundo en una próxima fecha. Pero ya nos dice Cristo que el día y la hora nadie la sabe, ni los ángeles del cielo, ni siquiera el Hijo, sino sólo el Padre, dándonos a entender que no debemos ocuparnos demasiado por fijar la fecha.

Una forma atenuada de aquellas tendencias apocalípticas es la que, sin aludir al fin temporal de nuestro mundo, se caracteriza por el pesimismo histórico sobre el presente: cualquier tiempo pasado fue mejor, que diría Jorge Manrique. Es interesante lo que a este respecto escribe San Agustín en uno de sus sermones, y que no ha perdido nada de actualidad:

“Todas las aflicciones y tribulaciones que nos sobrevienen pueden servirnos de advertencia y corrección a la vez. Pues nuestras mismas sagradas Escrituras no nos garantizan la paz, la seguridad y el descanso. Al contrario, el Evangelio nos habla de tribulaciones, apuros y escándalos; pero el que persevere hasta el final se salvará (Mc 13, 13). No protestéis, pues, queridos hermanos, como protestaron algunos de ellos –son palabras del Apóstol–, y perecieron víctimas de las serpientes (1 Cor 10, 9). ¿O es que ahora tenemos que sufrir desgracias tan extraordinarias que no las han sufrido, ni parecidas, nuestros antepasados? ¿O no nos damos cuenta, al sufrirlas, de que se diferencian muy poco de las suyas? Es verdad que encuentras hombres que protestan de los tiempos actuales y dicen que fueron mejores los de nuestros antepasados; pero esos mismos, si se les pudiera situar en los tiempos que añoran, también entonces protestarían. En realidad juzgas que esos tiempos pasados son buenos, porque no son los tuyos.”

La profunda verdad que enuncia San Agustín, con su característica frescura y agudeza, puede resumirse así: los males de nuestro tiempo nos parecen los peores de toda la historia, simplemente porque son los nuestros. Así podemos hacer verdad lo que dice el profeta Daniel: “serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora.” Pues las dificultades y los problemas con las que tenemos que enfrentarnos nosotros en nuestro tiempo, ya no son las dificultades y los problemas meramente sabidos sin dolor, y escritos en una página de la historia, sino que son los que nosotros tenemos realmente que padecer.

Pero Cristo sí que nos invita a discernir los signos de los tiempos para descubrir la cercanía de ese final. Así pues, atendiendo a los signos del “fin del mundo” que experimentamos en nuestro tiempo, podemos reinterpretarlos así: no son tanto los signos del fin (temporal) del mundo (que no sabemos cuándo será y, en consecuencia, no debemos preocuparnos de ello), sino los signos y la expresión de los límites del mundo. Nuestra generación, como dice Jesús, es aquella en la que “todo esto se cumple”: vivimos realmente “los últimos tiempos”, porque vivimos en contacto permanente con los límites del mundo, chocando de continuo con las fronteras de esta limitación: física –dolores y desgracias–, temporal –la muerte ajena y la certeza de la propia–, moral –los muchos rostros del mal responsable, producido por la voluntad humana. Estos límites, que nos aprietan y estrechan por doquier, hablan del carácter pasajero y efímero de numerosas dimensiones y aspectos del mundo y de la vida humana. Son dimensiones necesarias, pero no definitivas: la salud y la belleza física; el bienestar material; la fama; el placer… No podemos no prestarles atención (al menos a algunas de ellas) y, en una u otra medida, tenernos que dedicarles nuestros esfuerzos. Pero no podemos ni debemos entregarles nuestro corazón, ni consagrar a ellas en exclusiva nuestra vida, pues son parte de esos “cielo y tierra que pasarán”; y si son esos los únicos bienes a los que aspiramos, nos contagiamos inevitablemente de su carácter efímero y pasajero. Pero el ser humano, por su corazón y su espíritu, está abierto a otros bienes y otras dimensiones, a otros valores, llamados a perdurar para siempre. ¿Cómo, de otra manera, podría explicarse que, en ocasiones, el hombre esté dispuesto a entregar la vida antes que renunciar a su dignidad, o a renunciar a su felicidad material con tal de no traicionar las exigencias de la justicia, o de la verdad o a su propia conciencia? No somos saquitos genéticos de supervivencia biológica (individual o colectiva, poco importa), sino personas dotadas de dignidad, que es un destello de lo divino en nosotros. Por eso hemos de aspirar a los bienes que, como las palabras de Jesucristo, la Palabra encarnada, no pasarán y que son los que nos salvan.

Así que nuestros tiempos no son sólo “tiempos atroces” (como llamaba a los suyos Ortega y Gasset), sino también tiempo de salvación: “Entonces se salvará tu pueblo”, nos dice de nuevo el profeta.

Ahora bien, al hablar de salvación, y tras leer la profecía del Daniel, un escalofrío puede recorrernos la espalda. Ese libro en el que están inscritos los que se han de salvar, ¿no habla, acaso, de predestinación, esto es, de una inescrutable voluntad de Dios (el único que sabe no sólo la hora, sino también el quién) que determina los nombres de los salvados y de los condenados? Si al hablar del Dios Padre de Jesucristo es posible mencionar en algún sentido la Predestinación, ha de hacerse en un sentido muy preciso: Dios nos ha predestinado a todos a ser hijos por medio de Jesucristo (Ef 1, 5), puesto que “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tit 2, 4). Pero Dios, que nos ha hecho libres y, por tanto, no puede querer por nosotros, necesita del concurso de nuestra libertad para darnos esa plena filiación. Es decir, que el libro de los inscritos no es un volumen arcano y escondido, inaccesible al ser humano; sino un libro abierto y a disposición de quien quiera, al que cada uno puede acercarse a poner su firma junto al nombre que Dios ha escrito en él. Ese libro abierto es Cristo, con los brazos abiertos en la cruz, que así “ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio, y que está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies” (Hb 10, 12-13). Pero ese tiempo de la espera (cuyo final desconocemos, pero cuyo límite temporal es para cada uno el momento de su propia muerte) no es un tiempo de acusación ni de ira, sino un tiempo en que nos llama a inscribirnos en el libro, un tiempo de misericordia y perdón, pues Jesús “con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a lo que van siendo consagrados. Donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados.”

Conocer a Cristo, por otra parte, significa no sólo saber que podemos libremente apuntarnos en el libro de la vida, sino hacernos además como esos sabios del libro de Daniel que brillan en medio de la oscuridad y que enseñan a muchos la justicia misericordiosa de Dios, manifestada en la Cruz de Jesucristo, avisando a todos que también para ellos está abierto y disponible el libro de la salvación.  

Comentarios

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victoriasnchez
victoriasnchez

el 16/11/12
En en el evangelio de hoy,se nos dice que nadie sabrá
cuando vendrá el Hijo del Hombre.Por ello,debemos estar preparados; para que cuando suceda,el Señor nos admita en su Reino.
Muchas veces,nos hacemos preguntas,sobre el misterio de nuestra vida,su sentido,y el vacio de la misma; sin un sentido de tascendencia.
Nuestra fe,debe responder a los interrogantes que la
vida nos presenta.Confiando,que el mensaje de Jesús,
es luz y fuerza para el cristiano de hoy,de ayer y de todos tiempos.
Todos deseamos una vida feliz,y que tenga un sentido
pleno.Y que a pesar de todas la miserias del mundo;la
vida,vale la pena vivirla.
Intentemos vivirla de acuerdo,con la vida y doctrina de
Jesús,para que podamos alegrarnos de su venida.
Confiandos en sus palabras:"El cielo y la tierra pasarán » ver comentario
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Edwincito
Edwincito

el 16/11/12
Muchas gracias por tan hermoso comentario del evangelio de este proximo domingo lleno de mucha sabiduria espiritual.Que viva Jesus de la divina misericordia.
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Blanca.
Blanca.

el 17/11/12
Reflexiono y concreto: ¿Me reciclo? ¿Desaprendo? Hoy día todo el saber acumulado me puede producir un caos mental que me descentre de mi yo original. El conocimiento sobre como soy, me ayuda a entender, como son los demás, pongo los pies en el suelo y desde la simplicidad de mi categoría de ser humano entiendo mejor lo que Dios espera de mi.
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Alejandra
Alejandra

el 17/11/12
Gracias por ese comentario Victoria
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Anyela
Anyela

el 17/11/12
gracias
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Oscarjuan
Oscarjuan

el 17/11/12
Interesante evangelio a meditar sobre el sentido de la vida. Gracias
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rosa pilar
rosa pilar

el 18/11/12
gracias por su homilia que me ha dado luz y esperanza con unas lecturas aparentemente apocalipticas ycondenatorias me ha consolado leer que Dios Padre esta siempre con los brazos abiertos esperandaonos a todos y que todos podemos elegir inscribirnos en el libro de la vida
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Jacqueline
Jacqueline

el 17/11/12
En este evangelio me despierta, a estar alerta: es decir estar preparada cuando vendrá el Hijo del hombre me encuentra en vigilia para estar con Él en el Reino de los cielos.
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Oxuan7
Oxuan7

el 18/11/12
Me parece un magnífico comentario; si pudiera me gustaría estrechar la mano que lo ha escrito. La idea de los "límites" para referirse al fin del mundo ha sido nueva para mí, no la había pensado ni escuchado antes. Y todo lo demás me ilumina mucho. Sigue siendo un acierto leer vuestros comentarios al Evangelio.
Muchas gracias, bendito sea Dios nuestro Señor y Él os siga bendiciendo para que sigáis haciendo este bien.
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Richard
Richard

el 19/11/12
Muy buen comentario el de victoria,
¿que probabilidad hay de que pueda tocarnos a nosotros vivir el fin del mundo despues de tantos miles de años que lleva la humanidad y otros miles quiza que podria seguir viviendo si nuestro ciclo de vida a lo mucho puede ser de 80 o 90 años?
es ilogico que nos preocupemos por el fin del mundo, debemos pues preocuparnos por el fin de nuestra vida terrenal para estar preparados y estar en gracia de Dios porque no sabemos el dia ni la hora, la eucaristia y cumplir su palabra son el camino para lograr la vida eterna que el nos ha prometido.
Somos Humanos y podemos pensar que es imposible porque somos debiles y caemos, pero creo que lo que dios valora no son las mil veces que caemos si si no las mil y una vez que nos levantamos y nos acercamos en com » ver comentario
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