Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

El discurso del pan de vida: la multiplicación de los panes

La liturgia dominical interrumpe la lectura continua del Evangelio de Marcos (ciclo B) y durante cinco semanas nos propone considerar el capítulo sexto del Evangelio de Juan, el discurso del pan de vida. Contra lo que podría parecer, el cambio no resulta demasiado brusco, porque el domingo pasado contemplamos a Jesús como un buen pastor que siente lástima de la multitud que andaba como ovejas sin pastor. Terminaba entonces el Evangelio diciendo que Jesús “se puso a enseñarles con calma”. Hoy, en el Evangelio de Juan, vemos que, en una situación similar, Jesús no sólo enseña, sino que se preocupa de alimentar a esa multitud, que le había seguido “porque había visto los signos que hacía con los enfermos”. La capacidad de compasión de Cristo no se concentra sólo en los problemas del espíritu, sino que mira también las necesidades del cuerpo: la enfermedad y el hambre. No puede ser de otro modo en quien es la Palabra hecha carne, por el que la carne, la corporalidad humana se convierte en sacramento de la presencia de Dios en nuestro mundo.

Una multitud en un lugar apartado crea realmente un problema logístico. ¿Cómo alimentar a tanta gente? Jesús implica a sus discípulos más cercanos en el problema, e interroga a Felipe. La respuesta del apóstol es razonable, pero no exenta de generosidad: ni siquiera gastando todo lo que tenían a disposición en la bolsa común, unos doscientos denarios, podrían alimentar a tantos. El problema excedía las fuerzas humanas de los apóstoles, por más buena voluntad que quisieran ponerle.

La solución va a venir por medio de la escasa provisión de “un muchacho”, que, por lo que se deduce del texto, está dispuesto a compartir lo poco que tiene. Nos viene a la memoria que precisamente de los que son como niños es el Reino de los Cielos (cf. Mc 10, 14); pero podemos también recordar al “muchacho” de los poemas del siervo de Yahvé (cf. Is 42, 1; 52,13), que representa a Jesús mismo, que se ha hecho pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor, 8, 9). Jesús nos enseña que poniendo a su disposición la propia pobreza con generosidad y confianza los bienes se multiplican y alcanzan para muchos. El milagro consiste en compartir para repartir.

La multiplicación de los panes trasciende, como es fácil de entender, la dimensión meramente material o logística. No se trata sólo de un milagro que sacia el hambre de la multitud, sino, sobre todo, de un “signo” que significa la presencia actual del Reino de Dios, que nos enriquece de otros bienes que los puramente materiales (la salud del cuerpo y el pan que sacia su hambre). La cercanía de la pascua, indicada al principio del Evangelio, y el gesto de acción de gracias, antes de repartir el pan, aluden al sacrificio de Cristo en la cruz y al pan eucarístico, memorial de su Pasión: no sólo la solución del problema puntual (que también requiere respuesta), sino la salvación radical y definitiva que Jesús ha venido a traernos: la comunión con Dios Padre y entre nosotros, la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz de que habla Pablo en la segunda lectura. No es posible formar un solo cuerpo en un solo Espíritu si no somos capaces de compartir la fe en el único Señor, pero también nuestro pan.

Las obras de misericordia y las acciones de solidaridad realizadas por la Iglesia y los cristianos, como remediar el hambre de los pobres o el dolor de los enfermos, se han de hacer precisamente porque hay personas que sufren hambre y enfermedad y que, como en el caso de Jesús, deben despertar nuestra compasión y movernos a la acción. Pero esas acciones tienen que ser además “signos” que hablan de la presencia en el mundo del Reino de Dios, de Jesucristo que nos lo ha traído, de un corazón nuevo en aquellos que han aceptado la Palabra y a la persona de Jesús, de nuevas relaciones entre los seres humanos.

De hecho, en el Evangelio de hoy, las gentes que comen hasta saciarse algo perciben de esa presencia que va más allá de la materialidad del pan multiplicado. Conocían sin duda el episodio del profeta que dio de comer a cien con veinte panes, y vieron que lo realizado por Jesús, que excedía con mucho el milagro de Eliseo (cinco mil alimentados con cinco panes, y todavía sobraron doce canastas), era signo del “Profeta que tenía que venir al mundo”. Pero, al parecer, en ellos pudo más el interés inmediato; de ahí que, más que escuchar al profeta, quisieran hacerlo a la fuerza rey, esto es, investirlo de poder político y militar, pues un líder dotado de tales poderes había de ser invencible. El mesianismo político-militar tenía para ellos más atractivo que la palabra profética desprovista de poder. En la voluntad de hacer de Cristo un rey al uso de los reyes de este mundo se esconde la otra voluntad, que al parecer acompaña permanentemente a los hombres en sus relaciones con Dios: la de manipularlo y ponerlo al servicio de los propios intereses particulares (que, por cierto, son opuestos a otros grupos humanos, a los que “nuestro” Dios habría de combatir y derrotar).

Se entiende que Jesús, “sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró a la montaña él solo”. Aunque las ausencias de Dios y de Jesucristo en la vida del creyente pueden tener diversos significados que es preciso discernir adecuadamente, hoy se nos avisa que una de sus posibles causas es precisamente la voluntad de hacer de Jesús y de Dios el talismán que resuelve de manera mágica nuestros problemas, y no la Palabra que hemos de escuchar, y que si realiza “signos” que escapan a nuestras capacidades (por ejemplo, a nuestro presupuesto), no por eso deja de contar con nosotros, de preguntarnos, de implicarnos en los problemas reales que se apresta a resolver, para que participemos activamente con nuestra generosidad (lo poco que podamos aportar) y nuestra confianza. Sólo así nuestra vida cristiana personal y comunitaria puede irse convirtiendo ella misma en un signo profético que multiplica el bien y habla con elocuencia de la presencia entre nosotros de Cristo, Profeta y Rey de un Reino que no es de este mundo.

Comentarios

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Michelle

Michelle


el 27/7/12
Muy buena reflexión, nos hace ver no sólo la urgencia de atender a las necesidades materiales, sino también la salvación que Jesucristo nos trae. Gracias!
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victoria

victoria


el 27/7/12
El milagro,de la multiplicación de los panes y de los peces;nos invita a compartir nuestros bienes; aunque estos sean escasos. Colaborando en campañas contra el hambre, siendo solidarios con otros pueblos, escuchando el grito de los pobres; de los que tal vez olvidamos con facilidad. La multiplicación de los panes,la debemos interpretar en clave social y eucarística. La "EUCARISTÍA"es la cena del Señor. Es signo de fraternidad y de impulso hacia la misma.
Cuando no nos preocupamos por el otro, la eucaristía queda vacia de contenido. No olvidemos que Jesús, antes de repartir los panes y los peces pronunció la acción de gracias. Solo cuando reconocemos que nuestros bienes son un regalo del Señor es cuando podemos ponerlos al sevicio de los demás. No es la cantidad lo que import » ver comentario
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Daniela

Daniela


el 28/7/12
Lo cierto es hermoso el comentario, y en lo que considero hay q hacer especial hincapié es en la ayuda al prójimo y en espacial al pobre, a aquel q lamentablemente no tiene las mismas oportunidades q los demás y necesita tanto de todos y muchas veces se lo ignora.
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carme s

carme s


el 29/7/12
SEÑOR en este evangelio me invitas a conpartir lo que tengo siendo generosa nos necesitas para tu poder segir tu obra en todos los que creemos en tu misericordia en tu amor .
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Gustavo

Gustavo


el 29/7/12
Cada uno desde su lugar, desde la realidad de su país, desde la idiosincrasia de su pueblo, de su familia.
Nos tenemos que concentrar en que el proyecto de bien que tenemos cada uno de nosotros, se proyecte a la mayor cantidad de gente posible.
No realicemos un proyecto para pocos.
Cristo era muy popular, era para todos.Así debemos ser nosotros también, no busquemos lo selecto, lo que es para pocos.
Seamos populares en nuestra evangelización, lo nuestro es para todos.
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hanna brick

hanna brick


el 29/7/12
buenooo....me encanto cristo cambio mi vida y me ayudo a ser una buena persona.
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brayan

brayan


el 31/7/12
que reflexiòn tan bonita Cristo es nuestra vida y lo seguirà siendo amen a Dios sobre todas las cosas
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marianarp

marianarp


el 31/7/12
muy linda reflexion ya que nos muestra la belleza de la misericodia de jesus DIOS es super grande ya que nos a enviado a su hijo a cambiar nuestra vida y librarnos del pecado =)
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Jessica Sorto

Jessica Sorto


el 16/10/15
Esta reflexion es hermosa soy una niña de 12 años y esta reflexión me ha gustado mucho aunque mi capasidad de comprender no se muy alta creo en Dios y la Virgen Maria Amen
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