Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

No está muerta, está dormida

He aquí una situación típica en la que cualquiera de nosotros podría reconocerse con facilidad: un familiar cercano enfermo y en grave peligro de muerte, y encima joven, un niño o una niña, con toda esa vida que debería tener por delante, amenazada de un prematuro final. La impotencia ante la muerte es una situación típica para acudir a Dios, pedirle la curación; y, en un caso como el del evangelio, casi exigírsela; porque, si para nosotros, los seres humanos, la muerte es siempre percibida como una injusticia que no debería suceder, tanto más si se trata de alguien que apenas ha podido estrenar su propia vida.

En el texto de Marcos que hemos escuchado Jesús acoge y responde a la angustiada petición de Jairo, el hombre importante que, ante la enfermedad de su hija, nada puede hacer, más que suplicar. Sin embargo, este fragmento parece que está más hecho para suscitar interrogantes que para suspirar aliviados por su final feliz. En primer lugar, Jesús responde, pero no inmediatamente. Entre la petición de Jairo y la llegada a la casa se interpone el encuentro con la mujer hemorroísa (cf. Mc 5, 25-34), que le hace “perder un tiempo precioso” en un asunto que, al fin y al cabo, no parecía tan urgente, hasta el punto de que, entretanto, la niña enferma muere. Algo que también descubrimos, y muy enfáticamente, en el caso de la muerte de su amigo Lázaro (cf. Jn 11, 6) ¿No podía haber acudido Jesús inmediatamente y ahorrar así, en los dos casos, el amargo trance de la muerte? Pero no es este el único interrogante. Si Jesús tiene la capacidad de apiadarse y de salvarnos de la enfermedad y la muerte, ¿por qué lo hace sólo en unos pocos casos, mientras que parece ignorar olímpicamente muchísimos otros? En tiempos de Jesús las gentes enfermaban y morían, como sucedía antes y ha sucedido después, y no parece que la actividad principal de Jesús haya sido dedicarse a salvar de los lazos de la muerte. Es muy posible que todos nosotros hayamos rezado en alguna ocasión con angustia, pidiendo por la vida de un ser querido o cercano, sin que, aparentemente, hayamos obtenido respuesta. La oración de petición por la vida amenazada de nuestros seres queridos es su forma más dramática, precisamente porque percibimos la muerte como el “mal irremediable”. Por fin, un último interrogante que suscita este milagro de Jesús es el de su carácter provisional: la hija de Jairo, igual que el hijo de la viuda de Naín (cf. Lc 7, 11-17) y su amigo Lázaro no fueron, estrictamente hablando, “resucitados”, sino vueltos a esta vida mortal, por lo que después de un tiempo, volvieron a morir.

Si queremos entender el sentido de este milagro de Jesús, tenemos que tratar de descubrir su significado profundo, el que trasciende el favor personal que recibió Jairo, su hija y su familia, y que adquiere significado para todos nosotros, para nuestra comprensión en fe de la persona de Jesucristo y del modo de actuar de Dios en nuestro favor. Porque los milagros de Jesús hay que entenderlos, no, sobre todo, como favores personales que hace a unos, mientras se los deniega a otros (¿por qué a él sí y a mí no?, cabría siempre protestar), sino como signos salvíficos que nos ayudan a comprender quién es Jesús como Mesías y Salvador de todos. Si en el texto inmediatamente anterior, al calmar la tempestad, Jesús se ha mostrado como Señor sobre las fuerzas de la naturaleza (cf. Mc 4, 35-40); y en el del encuentro con la hemorroísa, muestra su poder sobre la enfermedad, ahora se manifiesta como Señor de la vida y de la muerte, que tiene poder precisamente sobre lo que para nosotros se presenta, hemos dicho, con el cariz de lo irremediable.

Jesús manifiesta este poder en el caso de la hija de Jairo, que acaba de morir; en el del hijo de la viuda de Naín, que ya se dirige la tumba; y en de su amigo Lázaro, del que, tras varios días en el sepulcro, la muerte ya se ha enseñoreado, pues “ya huele”. Jesús se muestra en todos estos casos como el Dios amigo y creador de la vida, que ni ha hecho la muerte, ni goza destruyendo a los vivientes, como hermosamente nos recuerda el libro de la Sabiduría.

Ahora bien, si, por un lado, creemos y sentimos que hemos sido creados para la vida y no para la muerte, y que la muerte es fruto del mal y del pecado, una especie de “no deber ser” contra el que nos rebelamos y protestamos con razón; no podemos evitar, por otro lado, la sensación de que la muerte es una parte natural de la vida, de que es, como solemos decir, “ley de vida”. Nos sentimos hechos para la vida, nos las ingeniamos de mil modos para vencerle la partida a la muerte, siquiera temporalmente, prolongando el tiempo de nuestra existencia, o procurando dejar de nosotros alguna “memoria” en forma de obras o descendencia… Pero, al mismo tiempo, comprendemos que una vida sin fin en las condiciones de este mundo en el que vivimos sería una carga insoportable, difícil de aceptar, además de que haría inviable la supervivencia de todos sobre la tierra. Por eso, a veces percibimos la muerte como una liberación y un alivio de las penas de este mundo: una forma de “descansar en paz”.

En este relato de la vuelta a la vida de la hija de Jairo (y en los otros que hemos señalado) debemos entender la acción de Jesús como un anticipo de su propia muerte y resurrección. Al haber asumido la vida humana, su condición carnal, vulnerable y limitada, Jesús ha asumido su mortalidad. La asume en su condición natural (biológica, inevitable); pero también en lo que tiene de consecuencia del pecado: su carácter injusto, como fruto de la violencia, la mentira, los intereses bastardos, dispuestos a pasar incluso por encima de la vida inocente. En el primer sentido, Jesús ni se ahorra a sí mismo, ni nos ahorra a nosotros el tránsito necesario de la muerte. Ya vimos que, incluso a los que Jesús devolvió a la vida, tuvieron que volver a pasar por ella. Pero es en el segundo sentido: la muerte como negación radical de la vida, del Dios creador de la misma, del bien y la posibilidad de una vida plena (la “vida eterna”), es en este segundo sentido en el que Jesús actúa a favor de todos. Por su muerte y resurrección le ha arrebatado a esa muerte, que entró en el mundo por la envidia del diablo, su poder sobre nosotros. Es aquí donde hemos de escuchar las palabras de Jesús en todo su significado: “no está muerta, está dormida”. La muerte no es para el cristiano una destrucción, ni una disolución en la nada, sino un tránsito, una dormición: cerrar los ojos a este mundo para pasar por el fuego y el crisol de Cristo, en el que se consume todo lo inauténtico y efímero (la paja), y queda lo verdadero, auténtico y permanente (el oro) (cf. 1 Cor 3, 12-15). Nuestros seres queridos, los que murieron antes de tiempo y los que vivieron una larga vida, todos los que han muerto, no están muertos para Dios, sólo están dormidos. A algunos esto les da risa, como expresión de una ingenua esperanza. Pero la fe en Cristo significa la fe en un Dios que ama la vida, que no ha hecho la muerte (más que, en todo caso, como final biológico en esta vida y como tránsito a la vida plena), porque en este vida hay dimensiones que traspasan las condiciones efímeras del espacio y el tiempo: la justicia es inmortal, nos recuerda la primera lectura, y también lo son la verdad, la honestidad, la generosidad, el amor…

La vida eterna no es una mera vida sin fin, sino una vida plena, liberada de la amenaza del mal y de la muerte, una vida en comunión con Dios en Cristo (cf. Jn 17, 3). Y, puesto que Cristo se ha hecho hombre y vive con nosotros, podemos empezar ya en este mundo caduco a gozar de la vida eterna: una vida como la de Cristo basada en el amor, abierta a todos, a favor de todos, en la que, como el Dios Creador, no destruimos, ni gozamos destruyendo, sino que estamos al servicio de la vida, de la justicia, viviendo con la generosidad a la que nos exhorta hoy Pablo.

Ante la muerte humana, ante nuestros muertos, ante nuestra propia muerte Jesús afirma: no están muertos, están dormidos. Y luego añade “contigo hablo, levántate”; o, con otras palabras: “Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz” (Ef 5, 14). Así es si participamos ya, por la Palabra y los Sacramentos, en la muerte y resurrección de Jesucristo, si tratamos de seguirlo en esta vida, si procuramos vivir como Él nos ha enseñando. Está claro que para que la muerte sea sólo eso, una dormición que nos abre a la vida plena, en esta vida caduca tenemos que vivir en vela, tenemos que estar despiertos.

Comentarios

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victoria
victoria

el 29/6/12
En este evangelio,Jesús manifiesta,su poder sobre la
muerte en la resurrección de la hija de Jairo.
Y su dominio,sobre la enfermedad;en la curación de la hemorroisa.
El misterio del dolor,nos hace pensar;y relativizar
muchas cosas:Como;que el ser,es más importante que el tener.Cuando aceptamos,con serenidad nuestra enfermedad,se produce una unión con ella.Esta unión engendra solidaridad.
Esto,lo hemos podido constatar en contacto con los
enfermos,
Debemos escuchar al enfermo,y dedicarle tiempo.Es
un noble acto humano y cristiano.
La actitud de Jesús con la hemorroisa,y con todos los enfermos;era de una gran misericordia.A todos ellos,
consolaba y curaba,si tenían fe.
Prestemos ayuda a todos los que se encuentran en la
calle;pobres,marginados,jóvenes...
Pidamos a jes » ver comentario
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FRENANDO
FRENANDO

el 30/6/12
Hoy mas que nunca se ha necesario revalorar la vida en toda su dimension, especialmente en el ocaso de la misma para que veamos con esperanza el momento no de muerte sino de dormicion por la que pasamos graqn parte de la vida
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Senen Quesada
Senen Quesada

el 1/7/12
El evangelio de hoy nos muestra que hay que poner toda nuestra confianza en jesús, por que el es el camino la verdad y la vida.
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HUGO VELASQUEZ
HUGO VELASQUEZ

el 1/7/12
QUIEN NO DESEARIA TENER EL MANTO DE JESUCRISTO, PARA SANAR DE CUALQUIER ENFERMEDAD PARA PODER SER LIBERADO COMO LO DEMUESTRA LA HEMORROISA, PERO EN REALIDAD TENEMOS A CRISTO EN LA SANTA EUCARISTIA Y EN LOS MAS NECESITADOS JESUCRISTO DIJO QUE POBRES SIEMPRE HABRAN PERO LOS DEJO PARA NUESTRA PROPIA SALVACION
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Gustavo
Gustavo

el 1/7/12
Jesús sana a una mujer, quien como el capitán romano tuvo gran fe , "con solo tocar el manto , me curaré" eso es ser inteligente, ya que no le hizo perder tiempo a Jesús.
No hacen falta extensas oraciones, grandes actos humanitarios, si no simplemente llegar a Jesús, con el ingenio de un corazón que sabe sufrir.
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ana cristina
ana cristina

el 2/7/12
si ter fe por que dios esta con vosotros
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carme s
carme s

el 1/7/12
Como la mujer del evangelio deseo dejarme curar por ti jesus aumentame la fe para esperimentar la curacion de cuerpo yalma .
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lorena
lorena

el 1/7/12
debemos tener fe en dios porque cualquier cosa que la pidamos el nos lo dara!
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Elvia Rosa B
Elvia Rosa B

el 2/7/12
En las lecturas de hoy podemos descubrir la omnipotencia y la misericordia de Dios con el ser humano. "En la persona de Jesús;
pues él nos creo para ser inmortales y aunque muchos merecemos la muerte eterna “el por su compasión nos da oportunidades comprendiéndonos y perdonándonos para que tengamos vida eterna así pues hermanos con nuestras actitudes amemos y hagamos presencia viva de Jesús ante el prójimo ya que solo tendrá sentido la fe que profesamos
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tgwrtrt
tgwrtrt

el 2/7/12
fv
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grecia meyling
grecia meyling

el 3/7/12
este evangelio me gusta mucho porque jesus sana a una enferma y eso me encanta.
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johana
johana

el 9/7/12
me gusta mucho este evangelio
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natalia di
natalia di

el 15/7/12
hola pero yo quiero el avangelio non el comentario
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gael de
gael de

el 20/7/12
hola seria mejor que nos dieran el evangelio y el comentario
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