Comentario al Evangelio del

Pablo Largo, cmf

 

Queridos amigos:

Todo tiene su orden. Así sucede en el proyecto de Dios. Si lo propio del sabio es ordenar, con cuánta más razón cabe decirlo de Dios, infinitamente sabio y fuente de toda sabiduría. Todo tiene su orden: primero, la partida de Jesús; luego, el don del Espíritu. Jesús lo revela en este pasaje: «Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré».

Primero, la partida del Maestro, a cuya muerte va unido el don del Espíritu. Jesús, al morir, «inclinando la cabeza, entregó el espíritu/Espíritu» (Jn 19,30). San Hipólito lo expresa con una bella imagen: «Igual que cuando se rompe un frasco de perfume, su olor se difunde por todas partes, al romperse el Cuerpo de Cristo en la cruz, su Espíritu, que mientras estuvo vivo había poseído en exclusiva, se derramó en los corazones de todos».

Luego, la resurrección de Jesús, a la que de nuevo va unido el don del Espíritu. El mismo evangelista lo había indicado páginas atrás: «No había sido dado el Espíritu porque Jesús no había sido resucitado de entre los muertos» (Jn 7,39). El mismo día de su resurrección Jesús se aparece a los discípulos y, después de saludarlos, sopla sobre ellos y les dice: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados». Es la gran obra del Espíritu: difundir por el mundo el perdón que Dios nos otorga por el Cordero degollado. Sí, todo tiene su orden y todo tiene su tiempo.

Vuestro amigo

Pablo Largo

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