Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

¡Salid a recibir al esposo!

La parábola de las diez vírgenes nos sorprende por su dureza. Primero, por la negativa de las vírgenes prudentes (es decir, de las “buenas”) a compartir su aceite con las pobres necias. En segundo lugar, por la total exclusión de estas últimas del banquete de bodas por un simple retraso. ¿Es que Jesús nos está llamando a la insolidaridad, dándonos a entender que la salvación, a fin de cuentas, es algo exclusivo de cada uno, de modo que cada uno debe preocuparse sólo de la suya? ¿Está tratando de meternos miedo, ya que un simple descuido, un pequeño retraso puede dejarnos fuera del Reino de Dios? ¿No supone esto un contraste demasiado fuerte con otras parábolas y dichos de Jesús, en los que subraya ante todo la misericordia y el perdón?

No debemos leer las parábolas de un modo demasiado directo, al pie de la letra. Para entenderlas es preciso atender al contexto en que Jesús las pronuncia y, por tanto, a la intención con que las cuenta. La parábola de las diez vírgenes está dentro del discurso escatológico del Evangelio de Mateo. No conviene que olvidemos que estamos enfilando el fin del año litúrgico y que en estas últimas semanas la liturgia y la Palabra de Dios nos invitan a reflexionar sobre la dimensión de ultimidad. Jesús mismo, que está a punto de enfrentarse con su pasión y muerte, vive en carne propia lo que de definitivo y último hay en la vida humana. No se trata, pues, ni de invitar al individualismo espiritual, ni de fomentar una religión del temor. Jesús nos llama a tomarnos en serio la vida, la fe, nuestra relación con Dios y, en consecuencia, el sentido último de nuestra vida. Nos está llamando a vigilar, a vivir en vela o, dicho con otras palabras, a vivir de manera consciente. Es también una llamada a la sabiduría de la vida, que sabe calibrar y discernir adecuadamente los diversos géneros de bienes presentes en nuestra vida. Esta forma de vida consciente, vigilante, no niega las preocupaciones cotidianas. De hecho, también las vírgenes prudentes fueron vencidas por el cansancio y se quedaron dormidas. Esto es, también ellas sabían atender a las necesidades más perentorias e inmediatas. Pero lo hacían con su lámpara y su provisión de aceite preparadas. ¿De qué se trata aquí?


Jesús está hablando de la luz que ilumina en las tinieblas. Vivir de manera consciente y ser sabio y no necio significa vivir en la luz, incluso cuando es de noche. Y esa luz es, ante todo, la fe. En el rito del bautismo el neófito recibe la candela que representa la luz de Cristo. Es un don, pero también es responsabilidad de cada uno mantener viva esa llama para que siga brillando. De poco sirve tener la lámpara, si no la alimentamos con la oración, con la escucha de la Palabra, con la participación en los sacramentos. En este caso nuestra fe está muerta, como una lámpara sin aceite, que no ilumina la propia vida, que no es capaz de descubrir en ella la presencia del esposo, de Jesucristo, que viene a nosotros de muchas maneras.

Cuando sucede esto, cuando somos “necios”, es decir, inconscientes de la presencia de Dios en nuestras vidas, lo más frecuente es que nos entreguemos a los bienes pasajeros de este mundo como si fueran definitivos. Vivimos como narcotizados por las preocupaciones cotidianas, como si fuesen las únicas realmente importantes. Esta forma de vida puede consistir en una elección explícita y exclusiva de esos bienes reales y necesarios, pero efímeros. En su caso extremo es una vida “de pecado”, cuando por nuestros intereses más o menos inmediatos estamos dispuestos a sacrificarlo todo: la verdad, la justicia, la compasión, la propia conciencia, pues consideramos que aquellos intereses (el bienestar, la riqueza, el éxito social, el disfrute de la vida) son los únicos bienes reales y contables. Esa vida despreocupada de lo más importante nos abotaga y nos conduce a la ruina, como advierte el mismo Jesús en otro momento: “Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso como un lazo” (Lc 21, 34). En este caso, peor que las vírgenes necias, no sólo dormimos, sino que carecemos no sólo de aceite, sino incluso de lámpara: no esperamos nada ni a nadie, vivimos encerrados en nosotros mismos. Pero puede suceder que haya en nosotros una vaga conciencia de que “algo” debe haber, de que “alguien” ha de venir. Tenemos una fe mortecina, más o menos formal, tenemos, en una palabra, lámpara; pero no le prestamos la menor atención, nunca elevamos la mente y el corazón a Dios, ni abrimos nuestros oídos a su Palabra, para adquirir así esa sabiduría que se deja encontrar por quien la busca, y se da a conocer a quien la desea, porque se ha hecho cercana en la humanidad de Cristo; ni nos inclinamos nunca ante Él para pedir y obtener el perdón, ni acogemos su invitación para sentarnos a su mesa y comer su pan y beber su vino, y entrar así en comunión con los bienes definitivos de su cuerpo entregado y su sangre derramada. Nuestra lámpara no ilumina, porque no queremos hacernos con el aceite que alimenta su llama.

La luz de la fe ilumina la oscuridad. Y la oscuridad suprema, la oscuridad de la muerte, iluminada por la fe en Cristo, muerto y resucitado, enciende en nosotros la luz de la esperanza. La esperanza es otra dimensión esencial de esa sabiduría superior que Cristo ha hecho cercana y accesible. Es sabio el que sabiendo que ha de morir se esfuerza por los bienes que perduran, por los tesoros que ni la polilla ni la herrumbre corroen, ni los ladrones pueden robar (cf. Mt 6, 19). El aceite que alimenta la luz de esta lámpara es la perseverancia, la constancia, la fidelidad. El Señor viene de muchas maneras, pero la definitiva, la que representa el “fin del mundo” para cada uno de nosotros, es la propia muerte. Es de sabios ser conscientes de esto, sabiendo que el presente no está cerrado sobre sí mismo, sino abierto a un futuro que trasciende el tiempo, porque en la muerte humana, que ha sido visitada y asumida por el Hijo de Dios, vamos al encuentro de Cristo. El llanto inevitable que produce la muerte no ha de ser un llanto de desesperación, sino que encuentra su consuelo en la victoria de Cristo.

Por fin, la luz de la fe y de la esperanza, adecuadamente alimentada, no puede no encender el fuego del amor. Vivir en vela y de manera consciente significa abrir los ojos y descubrir de una manera nueva a los demás y sus necesidades. Los bienes relativos y efímeros de este mundo adquieren un sentido definitivo y transcendente cuando hacemos de ellos medios y expresión de nuestra apertura y preocupación por las necesidades de aquellos en los que, en fe, descubrimos a nuestros hermanos. Si lo que distingue una forma de vida “necia”, sin aceite, es el “comamos y bebamos que mañana moriremos” (cf. 1 Cor, 15, 32), la vida sabia es la que da de comer al hambriento y de beber al sediento (cf. Mt 25, 31-46). Una vez más, tener lámpara y carecer de aceite significa ser un creyente desvaído, que deja la fe en el desván de una mera referencia mental, y vive una vida egoísta, preocupada sólo de sí, de los propios intereses. En este mundo, en el que nos hartamos de escuchar que “todo es relativo”, descubrimos que hay dimensiones definitivas y eternas, que no dependen del carácter efímero del espacio y el tiempo, sino que tienen vocación de eternidad. La fe y la esperanza las iluminan, y su mejor expresión es el amor que Cristo nos ha enseñado. Jesús, pues, no sólo no nos llama a no compartir, sino al contrario: la luz de la fe no puede no compartirse si realmente ilumina (no puede ocultarse ni ponerla bajo el celemín –cf. Mt 5, 15), pero tiene que alimentarse adecuadamente, y eso sí que es responsabilidad de cada uno. Y el compartir se realiza por antonomasia en la caridad, pero ¿cómo podremos hacerlo si vivimos neciamente, descuidados de Dios y de nuestros prójimos?

Jesús nos narra esta parábola sobre los últimos tiempos en el contexto de sus últimos días, en Jerusalén, en vísperas de su pasión. Se trata para él de una experiencia bien concreta: él es el esposo, que ha llegado, y los suyos duermen, no lo reconocen, lo rechazan… Viven en la oscuridad y, aunque tienen lámparas, pues son formalmente religiosos, incluso hiperreligiosos, sus lámparas están apagadas, no están preparados para la venida del maestro, carecen del aceite necesario para encenderlas, de la sabiduría que es capaz de discernir los signos de la presencia entre ellos del Hijo de Dios.

A nosotros puede sucedernos lo mismo. Hemos recibido el don de la fe, pero hemos de preocuparnos de que ésta se convierta en una verdadera sabiduría de la vida, en una esperanza activa, en una ardiente caridad. Eso significa vivir en vela, conscientemente, preparados para la venida del Señor que, aun sin saber ni el día ni la hora, ha de suceder sin duda, tal vez del modo más imprevisto. ¿Tengo la lámpara preparada? ¿Me estoy haciendo con la provisión de aceite que la hará arder?

Comentarios
Aranchi Feliú Aranchi Feliú
el 4/11/11
Hola. Soy Aranchi, de Las Palmas, integrada en una comunidad de nuestra parroquia claretiana.
Me gustaría invitarles, en esta campaña electoral en las que estamos ya inmersos, a visitar la página web del partido www.porunmundomasjusto.com.
No es un partido cristiano propiamente dicho, pero muchos de los que lo formamos lo somos. Su objetivo principal es luchar contra la pobreza a través de la política, porque creemos que es en el ámbito político donde se toman las decisiones que afectan a los más desfavorecidos. Queremos ser la voz de los que no tienen voz. De esta manera estamos intentando mantener las lámparas encendidas.
Un abrazo en Cristo Jesús.
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Blanca. Blanca.
el 5/11/11
Qué manera tan comprometida de reavivar el pabilo.
Me gusta la actitud de mirar hacia adelante, porque muchos cristianos estamos anclados en la nostalgia de tiempos mejores, que ya son pasado y de nada nos sirven ahora.
Yo, desde aquí protesto: por los centros de drogodependientes que se están quedando sin subvenciones, por las parroquias pobres que no pueden ayudar a sus feligreses, por los parados, por los profesionales que recibían un sueldo mínimo por ayudar en las O. N. G. y por todo lo que se podría hacer solo con mirar un poco a nuestros hermanos.
¡Somos hermanos e hijos de Dios!
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rodrigo rodrigo
el 5/11/11
k bonito evangelio
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Marga Pulido Marga Pulido
el 6/11/11
El amor entre nosotros es la clave; la Fe mueve montañas, necesitamos sabiduria para entender el mensaje y mucha gente carece de informacion porque no lee, se requiere de lamparas encendidas que compartan su sabiduria y la palabra de Dios se transforme en practica viva. Yo entendi, comprendi y me convenci hasta que tome el curso de Oracion y vida. El Jesus vivo que conoci y esta en mi corazon me ha cambiado la vida y ahora me surge la necesidad de compartirlo.
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JUANN CARLOS JUANN CARLOS
el 5/11/11
GRACIAS A DIOS POSEEMO LA LAMPARA DE LA FE, LA CUAL NOS IMPULSA A REALIZAR LAS BUENAS OBRAS QUE TODO HIJO DE DIOS DEBE REALIZAR MIENTRAS DUREMOS EN ESTE PEREGRINAR POR EL MUNDO, APROVECHEMOS CADA OPORTUNIDAD QUE EL MISMO DIOS PONE EN NUESTRO CAMINO PARA HACER EL BIEN Y ASI CONVERTIRLO EN ACEITE QUE LLENARA Y MANTENDRA ENCENDIDAS NUESTRAS LAMPARAS, RECORDANDO QUE LO QUE DEJEMOS DE HACER NADIE LO HARA POR NOSOTROS, SEAMOS SAGACES Y PRUDENTES.

BENDICIONES
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jose ramos jose ramos
el 5/11/11
Me gusta como explican la palabra, me siento lleno y motivado para seguir adelante luchando pora llegar a la vida.
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frnkgnlz frnkgnlz
el 6/11/11
Gracias Jesus .... por tu infinita misericordia.......
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victoria victoria
el 6/11/11
El evangelio de hoy,nos muestra,el que tenemos que estar preparados para la venida del Señor,ya que no
sabemos ni el día ni la hora.Tal vez, ocurra, de una
manera imprevista.
Jesús,nos invita a vivir en la Luz.Aún siendo de noche.
A ser sabios,y no necios.Por ello,alimentemos nuestra
lámpara con el aceite de la oración,con la escucha de
la palabra de Dios y la participación en los sacramentos.Que nuestra fe,sea un a fe viva y no
muerta.
Que este don de la fe,que hemos recibido,se convierta en sabiduria de vida,esperanza activa,y en
ardiente caridad. Y así, de esta manera, estemos
preparados para la venida del Señor.
Que sea prudente,previsora y sabia para no perder lo
esencial en el camino de mi vida...Señor.
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cARMEN S cARMEN S
el 6/11/11
Que la luz de la fe en JESUS me ayude encender con el testimonio de cada dia la lanpara de los hermanos que no tienen fe
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manuel manuel
el 7/11/11
como se me parece este vangelio a uno de hace poco.
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roque julio roque julio
el 7/11/11
el vanquete de bodas es el reino de Dios;el esposo, cuya venida se espera, es cristo; las diez doncellas del cortejo, son la comunidad que aguarda; la llegada repentina a media noche, es la hora impredisible de nuestro encuentro con dios; la admision o rechaso de la muchacha, es la sentencia favorable o desfavorable en el juicio es catologico. el tema de la vigilancia flota en el ambiente liturgico del fin de año preanuncia el adviento, el comienzo del nuevo ciclon.
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