Comentario al Evangelio del

José Maria Vegas, cmf

Setenta veces siete

La corrección fraterna es una consecuencia necesaria de nuestra condición imperfecta y pecadora. Pero, a veces, el pecado se convierte en una realidad que nos ofende o nos hace daño sin remedio. No se trata ya, sólo, de corregir (o dejarse corregir) para mejorar una conducta imperfecta o nociva (en primer lugar, para el mismo que así actúa), pero que no es todavía irreparable (de ahí la obligación de la “reparación”, de la corrección). Ahora se trata de algo más: por activa o por pasiva (hemos hecho o nos han hecho) un daño que ya no tiene vuelta atrás. No tiene que ser algo enorme o monstruoso, los pecados que hacemos y padecemos suelen ser menudos, ligados a las situaciones pedestres de nuestra vida, pero no por eso nos resultan menos dañinos, ofensivos, dolorosos. Hacemos daño sobre todo a los más cercanos, a los que más queremos, y son ellos los que más nos hacen sufrir. Nuestra vida va acumulando pequeñas heridas, conflictos enquistados, agravios, desengaños, injusticias (no lo olvidemos, que hacemos y que nos hacen). Con frecuencia, unas cosas llevan a otras: revanchas, pequeñas venganzas, en forma de palabras, alusiones, omisiones… Es sobre ese cúmulo de “pecados veniales” sobre el que crecen después los grandes conflictos, las traiciones, los expolios a gran escala, los abismos duraderos, los odios irreconciliables, los enfrentamientos entre grupos, pueblos y naciones, las guerras… La dinámica de acción y reacción suele ser la que se impone en una espiral que acaba por hacer imposible la convivencia e irrespirable la vida. A pequeña y gran escala no es necesario aducir ejemplos: la vida, la nuestra personal y la de nuestro mundo, está demasiado llena de ellos. Que cada cual elija a placer.

Sólo el perdón rompe el círculo vicioso de esta dinámica diabólica. El perdón inaugura posibilidades nuevas e inéditas y permite comenzar de cero. Jesús, Maestro de la misericordia y del perdón, nos enseña hoy sobre ello aprovechando una pregunta de Pedro. Es una pregunta que, ya en sí misma, encierra un extraordinario interés. En primer lugar, denota que en el grupo de los discípulos los conflictos y las ofensas debían ser frecuentes. El modo de preguntar de Pedro nos deja adivinar un cierto hartazgo: conocemos muy ese “cuántas veces…”: “cuántas veces tengo que decirte…”; “cuántas veces voy a tener que aguantar…”; “cuántas veces me has hecho la misma faena…”; etc. Además, habla de perdonar “a mi hermano”, lo que confirma que se trata de relaciones conflictivas con los cercanos. Pero esto mismo denota que Pedro ya había entendido mucho del mensaje de Jesús: el condiscípulo, pese a todo, es un hermano, lo que habla de las relaciones familiares que se habían establecido en el círculo de los discípulos; y la medida del perdón propuesta por Pedro es en extremo generosa: siete veces no son pocas. Ya sabemos que el “siete” bíblico representa la perfección. Bastaría que nos examináramos a nosotros mismos sobre la medida de nuestra capacidad de perdón. Perdonar siete veces al mismo hermano, tal vez por la misma ofensa, posiblemente esté muy lejos de nuestra capacidad de padecer (que es lo que significa paciencia). Pedro está volviendo por activa la medida terrible que usaba Lamec para vengar las ofensas: exactamente siete veces (cf. Gn 4, 23-24).
Pero, he aquí que Pedro, que tal vez se ufanaba de su generosidad, se encuentra con una chocante respuesta de Jesús: no siete veces, sino setenta veces siete. Fácil es entender que si el siete tiene un sentido simbólico, aquí Jesús no nos está diciendo que perdonemos 490 veces, sino que nuestra capacidad de perdón no debe tener límites, tenemos que estar dispuestos a perdonar siempre, cada vez que nuestro hermano nos pida perdón (cf. Lc 17, 4). Ahora bien, una vez más, ante las exigencias desmedidas que nos propone Jesús, tenemos que preguntarnos si es esto posible, si está a nuestro alcance, si realmente se puede exigir tanto de nosotros, que somos tan limitados en tantos sentidos.

La parábola que Jesús les cuenta a continuación fue probablemente la respuesta a la cara de asombro que debieron poner los discípulos al escuchar su respuesta. Es una parábola que nos explica hasta qué punto la medida del perdón que nos propone es realista, ya que no se nos exige nada que no hayamos recibido en sobreabundancia. Los 10.000 talentos de la deuda del siervo son una exageración intencionada. Es una cifra exorbitante, que seguramente excedía la fortuna que pudiera tener nadie en aquel tiempo. Y, sin embargo, pese a lo extraordinario de la suma (que el siervo moroso había recibido en préstamo) el rey cede a las súplicas de aquel y se la perdona del todo, no sin perjuicio de sus intereses. Sin embargo, el siervo, recién aligerado de un peso insoportable y que amenazaba su vida y la de toda su familia, no fue capaz de aplicar la misma medida ante una deuda mucho más menuda. Frente a los irreales 10.000 talentos, 100 denarios es una cifra muy realista, a la medida de las necesidades humanas: un denario podía equivaler al salario diario de un trabajador no cualificado (cf. Mt 20, 2); con doscientos denarios se podía comprar pan para mucha gente (cf. Mc 6, 37), y con trescientos, un perfume de primera calidad (cf. Jn 12, 5).

La enorme desproporción entre los 10.000 talentos y los 100 denarios nos habla de la desproporción infinita entre lo que hemos recibido de Dios y la parte que a nosotros nos toca, también en lo referente al perdón. Nuestra deuda con Dios es la de aquellos que han recibido de Él dones sin medida, que no se pueden comprar con nada: la misma vida, la libertad, la salvación en Jesucristo, todo aquello que nos vincula con Él, la Iglesia, los sacramentos, la comunidad cristiana o la familia, naturalmente, también el perdón y la vida eterna. Todo ello es literalmente impagable, y todo ello lo recibimos gratis, como don. ¿Podemos comparar estos regalos que recibimos de Dios por puro amor suyo, con lo que nos corresponde hacer a nosotros? A veces pequeñas molestias, alguna injusticia menor, real o imaginada, los defectos de aquellos con los que convivimos producen en nosotros reacciones iracundas e inmisericordes, como la del siervo que agarraba por el cuello a su compañero, y que nos hacen olvidar lo mucho que estamos en deuda. La ligereza que le produjo al hombre aquel el perdón del rey no le sirvió para inclinarse a su vez con misericordia y magnanimidad, a su medida, hacia el que le suplicaba. Es verdad que existen situaciones muy graves y dramáticas, en las que el perdón resulta más difícil. Pero, precisamente por ello indica Jesús la enorme desproporción entre lo que Dios nos da y lo que nos pide. Somos ricos en misericordia, porque Dios la ha derramado sobre nosotros con sobreabundancia. No podemos ser rácanos en darla a los demás, aunque en ocasiones el “desembolso” sea notable.

La dificultad del perdón en los casos más extremos nos debe hacer caer en la cuenta de dos cosas muy importantes: primero, que tampoco a Dios le ha salido gratis el perdón (que nosotros sí que recibimos gratuitamente), sino que ha pagado un altísimo precio por él. Los 10.000 talentos no son otra cosa que la sangre de Jesucristo derramada en la cruz. El perdón es gratuito, es gracia, pero debemos considerarla una “gracia barata”, que podemos tomar a destajo, sin consideración ni gratitud, sino con veneración y gratitud. En segundo lugar, que esa dificultad del perdón habla precisamente de la seriedad del mal en todos sus niveles. Si necesitamos del perdón, es porque hay ofensas, en ocasiones muy graves. Tan graves que han exigido la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios.

La consecuencia de todo esto es que el verdadero perdón, contra lo que se suele pensar, no es cosa de débiles, sino, al contrario, de fuertes. Ante el mal y la ofensa recibida, lo fácil, lo espontáneo es responder con un mal equivalente o mayor. El perdón, que consiste en saldar la deuda y reconciliar y sanar la memoria (lo que a veces requiere un largo proceso), exige una gran fuerza moral, que recibimos precisamente cuando nos abrimos al perdón que recibimos de Dios. Y, puesto que el mal ya padecido se nos muestra con el sello de lo irremediable, el verdadero perdón, como única alternativa positiva y creativa, consiste en el fondo en participar de la misma fuerza creadora y recreadora de Dios. Ello explica que el primer beneficiario del perdón, además del perdonado, sea el mismo que perdona, que se reconcilia consigo mismo y se sana de un odio y un rencor que, de otro modo, podrían acabar destruyéndolo. Por eso dice Jesús que tenemos que “perdonar de corazón” al hermano: el que acoge de verdad el perdón de Dios, ese tiene un corazón nuevo; mientras el que se niega a perdonar, ni siquiera cuando se le suplica, ese no está abierto a acoger los dones de Dios. Y si, pese a todo, a veces el perdón se nos hace tan difícil que nos parece psicológicamente imposible, tenemos que recordar que la voluntad y el deseo de perdonar ya es una forma de ejercerlo (aunque luego haya que recorrer un cierto camino), y que ese esfuerzo difícil por el perdón, que a veces nos parece exigirnos la vida, es una forma de vivir y morir para el Señor, que murió y resucitó para que seamos suyos.
 

Comentarios
Jose M. Vegas Jose M. Vegas
el 9/9/11
Una pequeña corrección: en el quinto párrafo, donde dice "El perdón es gratuito, es gracia, pero debemos considerarla una “gracia barata”...", debe decir: "El perdón es gratuito, es gracia, pero NO debemos considerarla una “gracia barata”
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daniel daniel
el 10/9/11
buenas la verdad me gustaria saber cual es el evangelio de mt, mc, lu, Jn?
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Julio Arbusto Julio Arbusto
el 10/9/11
Muy buena reflexión. Quizá pueda sugerir, a manera de insumo para la reflexión, un cortometraje que podría sintetizar lo planteado sobre el tema del perdón. En forma simbólica el abrazo se presenta como una forma de perdón anticipado. Solo como un aporte más. El enlace es : http://www.youtube.com/watch?v=V3K_ph2zTNk&feature=related
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katyuska katyuska
el 10/9/11
vivir perdonando es vivir amando en la cruz JESUS pago nuestra deuda,desde ahora, el amor ,el amor es un perdon como el de DIOS, perdonando tocamos el tu del otro y los corazones se unen preguntaba el impetuoso PEDRO SEÑOR ¿QUANTAS VECES TENGO QUE PERDONAR? ¿HASTA 7? en el perdon no hay limites JESUS CANTA EL PERDON sin limites y respondio aPEDRO no te digo 7 sino 70 veces 7 por que el perdon es la consecuencia del AMOR y el AMOR no tiene limites EN EL SALMO 102 NOS DICE QUE EL SEÑOR ES COMPASIVO Y MISERICORDIOSO QUE NOS AMA Y NO TIENE EN CUENTA NUESTROS DELITOS QUE SIENTE TERNURA PORTODOS SUS FIELES tenemos que ser conscientes del perdon que bondadosamente nos regalas cada dia para que nosotros ,sepamos perdonar como DIOS nos perdona ,perdonar como DIOS PERDONA nos une y nos hac » ver comentario
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Laureano HC Laureano HC
el 11/9/11
Gracias por tan acertados comentarios que nos ayudan en primer lugar a vivir personalmente la gracia del perdón como exigencia en el seguimiento de Jesús y en segundo lugar a hacerla realidad en la experiencia diaria de relación con los hermanos y hermanas de comunidad. Gran reto el que tenemos el de dar perdón ofreciendo a todos del mismo amor con que somos tratados por el Padre bueno y misericordioso. Dios siga bendiciendo tan bella labor por este medio.
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Omar Javier Omar Javier
el 11/9/11
Muy bonita la reflexión. Gracias.
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Jose del Carmen Jose del Carmen
el 12/9/11
Habría que mirarme como cambiar una corriente que casi, si notarse hacer que se mezcle lo más conveniente para cada uno de nosotros....
Que personalidad dirimamos!!!, además de su Santidad!!!!, ha tenido en aquel momento Jesús de Nazaret, donde esa palabra “perdona” rompía una estado natural limitado de amor… y que era un método político usual de vida… que maneras de hacer un giro!!!!… no dejaría de imaginarme estar oyendo esa palabras frente al Maestro de porte imponerte y mirada fija hijo de un carpintero…. Cuando en aquel momento aquellos que imaginaban una respuesta distinta a la de un Rey que no es de este mundo… pero que impera por la eternidad y a de conquistar todos los reinos y poderes por los siglos de los siglos. Hoy empezando por aceptar que ese per » ver comentario
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andrés conil andrés conil
el 11/9/11
Dios nos pone en los distintos caminos de la vida y nosotros tenemos que caminar; cada vez que perdonamos , cogemos aire fresco,aliento nuevo,se nos abre el alma,se nos ablanda el corazón,nos llenamos de alegria,sentimos amor y nos toca la paz. Perdonar para seguir caminando,esto nos lo dice el Señor y nos lo demuestra con su forma de actuar en su paso por la vida.El es maestro de vida porque nos abre a la verdad y nos aníma a caminar. gracias Jose Mª Vega por tu reflexión y tu comentario porque nos da muchas claves para vivir como cristianos,como tu dices , Jesús pagó muy caro y muy duro en la cruz ese gran regalo que nos dio llamado PERDÓN. gracias un saludo.Que nuestro perdón llegue a todos los que nos encontremos en nuestro caminar.La montaña se ve desde lejos en el horiz » ver comentario
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Blanca. Blanca.
el 11/9/11
Cuando tengo que perdonar no es difícil para mi. Pero la herida sigue haciendo daño y hay que sanarla para volver a encontrar la paz. Comunicar como me siento me ayuda a entablar un diálogo con la otra persona y he de dar el primer paso. Pedir perdón me cuesta menos. Pero se que también he dar el primer paso. Cuestión de generosidad y amor.
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valeria valeria
el 13/9/11
esta chebre pero tiene q hacderla mas corta
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MAYELA MAYELA
el 13/9/11
El perdón desde el corazón, también se convierte en camino de luz y salvación. Cuando perdono al que me ofende, reconozco que la falta cometida permite reconocerme como auténtico cristiano y en el perdón libero también al hermano...Señor, que en tu perdón reconozca mi libertad. Amén.
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mariafernanda mariafernanda
el 13/9/11
que nos hace reflecionar muchoo y no hayudaa un monton
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Tatiiana Tatiiana
el 13/9/11
nos ayuda a reflexionas como debemos perdonar nuestros hermanos :)
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Maria Elena Maria Elena
el 14/9/11
esto me hizo reflexionar mucho y me puse a pensar k debo perdonar a toos mis enemios de ?
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Cecilia Cecilia
el 14/9/11
Hago parte de una pequena comunidad, de la Nueva Evangelizacion, en mi pueblo, Armenia Mantequilla, Colombia; y es precisamente este Evangelio de la correccion fraterna que vamos a reflexionar en el momento de de la Edificacion Espiritual. Esta reflexion nos cae de perlas para profundizar en la correccion fraterna y en cuanto toca la vida de las personas y la vida de las comunidades eclesiales. Gracias por permitirnos crecer como Iglesia recibiendo y dando el perdon !
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j.r montoya j.r montoya
el 24/9/11
q bella reflexion
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