Comentario al Evangelio del

Jose María Vegas, cmf

La palabra, lluvia y semilla

La revelación que Dios realiza a los sencillos por medio de Jesucristo no discurre por medios llamativos y extraordinarios: no consiste en tremendos acontecimientos cósmicos, ni se transmite mediante visiones y apariciones reservadas a unos pocos. Al contrario, son también vías sencillas y accesibles a todos las que nos comunican la sabiduría de Dios. El medio más común y habitual de comunicación entre los hombres es la palabra, y Dios se nos manifiesta como Palabra, y una palabra encarnada, es decir, “traducida” al lenguaje humano, de manera que la podamos entender y acoger. Esa Palabra es palabra de Dios, pero al mismo tiempo es palabra humana, encarnada, cercana y accesible: el mismo Jesús. Suele decirse que el cristianismo es una de las religiones del libro, pero es más exacto afirmar que la fe cristiana es la religión de la Palabra: una Palabra viva y eficaz (cf. Hb 4, 12), que, como la lluvia que empapa la tierra, la fecunda y produce vida, actúa y da frutos en quien la escucha y acepta.

Pero la fuerza y eficacia de la Palabra depende también de aquellos a los que se dirige. No es una palabra de ordeno y mando, ni se impone por la fuerza o las amenazas, sino que apela con respeto a nuestra libertad, invita y llama a establecer un diálogo. Así como la lluvia da frutos si encuentra una tierra bien dispuesta, la Palabra que Dios nos dirige necesita de una respuesta adecuada por parte del hombre.

Jesús compara a la Palabra (que es su propia persona y su misión, realizada en palabras y obras) con una semilla que se arroja a la tierra y encuentra distintas respuestas. Por ello, el objeto principal de la parábola son las distintas actitudes con las que se puede recibir esta semilla llamada a fructificar. Jesús divide a los hombres en cuatro grupos, dependiendo de su actitud ante la Palabra: el rechazo frontal, la acogida superficial que impide que la semilla de la Palabra eche raíces, la acogida sincera, pero que tiene que rivalizar con otras preocupaciones que acaban teniendo toda la prioridad, y, finalmente, la buena tierra, en la que la Palabra muestra toda su fecundidad. Si se tiene en cuenta que en aquel tiempo se consideraba el siete por ciento una buena cosecha, se entiende hasta qué punto Jesús, al hablar del treinta, el sesenta y el cien por ciento, subraya la extraordinaria eficacia de esta semilla lanzada por Dios al mundo cuando encuentra aceptación sincera. Con esta parábola Jesucristo responde al desánimo de los discípulos, que tienen la sensación de que el anuncio del Reino de Dios no acaba de prender y avanza con demasiada lentitud. La parábola del sembrador, como otras parábolas agrícolas de Jesús, es una llamada a la esperanza y a la confianza. Pero también a la responsabilidad. Dios hace su parte sin escatimar nada, pero si el Reino de Dios parece no hacerse presente, al menos suficientemente, tenemos que examinarnos a nosotros mismos para ver si estamos haciendo la parte que nos corresponde, si no será que con nuestras actitudes personales estamos haciendo estéril la rica semilla de la Palabra.

Es importante atender al escenario en el que Mateo sitúa esta y otras parábolas sobre el Reino de Dios. Jesús habla a la multitud que está de pie en la orilla, mientras él está sentado en la barca a una pequeña distancia; se dirige a todos sin distinción, sabiendo que posiblemente muchos de los que le oyen no están en disposición de acoger hasta el final sus palabras: oyen sin entender, miran si ver, porque no están dispuestos a la conversión. De hecho, esta falta de comprensión de las parábolas y, en consecuencia, de la cercanía del Reino de Dios, nos afecta a todos de un modo u otro. Es necesario que, acuciados por esa falta de comprensión, nos lancemos al agua, nos mojemos y nos acerquemos a Jesús para preguntarle por el sentido de sus palabras.
El evangelio de hoy puede leerse en su versión breve, que reproduce escuetamente la parábola del sembrador, o en su versión larga, que incluye la pregunta de los discípulos y la explicación detallada por parte de Jesús. De hecho, las dos versiones son procedentes. La más breve puede suscitar en nosotros el deseo de una comprensión en profundidad, y provocar el que salgamos de la multitud que se mantiene de pie a una cierta distancia, que nos pongamos en movimiento, nos acerquemos a Jesús y, entrando en la barca en la que se sienta, le expongamos nuestras dudas. Es ese movimiento de acercarnos y preguntar lo que nos convierte en discípulos. Y la explicación de Jesús nos puede ayudar a comprender que no sólo existen cuatro grupos de personas que reaccionan de manera distinta ante la predicación de Jesús, sino que esas cuatro actitudes posiblemente son como territorios que conviven de un modo u otro en cada uno de nosotros.

El borde del camino, el rechazo frontal de la Palabra, indica que, aunque nos consideremos creyentes, pueden existir en nosotros “territorios paganos”, sin evangelizar, impermeables al evangelio. En esos aspectos de nuestra vida, sencillamente, no estamos en camino, sino al margen del mismo. Pueden ser actitudes antievangélicas de odio hacia ciertas personas o grupos, de rencor y resentimiento, de falta de perdón expresamente afirmada, o costumbres y formas de vida que contradicen abiertamente las exigencias de la fe y no se dejan interpelar por ella. Más frecuente puede ser el terreno pedregoso, la superficialidad que impide que la Palabra eche raíces en nuestra vida. No es raro que la aceptación de la fe se haga por motivos demasiado coyunturales: la nacionalidad, el contexto cultural, la presión social. Si no se llega a asumir personalmente y en profundidad, la semilla se encontrará en terreno pedregoso, sin posibilidad de dar frutos. En estos casos la fe depende demasiado del estado de ánimo o del entorno social favorable o contrario. Falta constancia, perseverancia y, en consecuencia, fidelidad. En muchas personas sinceramente creyentes, incluso consagradas a Dios, es fácil encontrar el terreno en el que crecen las zarzas. Aunque aquí hay una acogida consciente y personal de la Palabra, dominan en nuestra vida urgencias que impiden prestar atención a lo más importante.

Estas pueden ser preocupaciones mundanas, como el éxito o la riqueza, que nos roban el corazón para lo esencial; pero también podemos ocuparnos de cosas muy buenas y santas, como la atención a los demás, el trabajo apostólico, el servicio de la Iglesia, pero que no nos dejan tiempo para la oración y la escucha en profundidad de la Palabra. Uno de los peligros que acecha a los cristianos más comprometidos, sacerdotes y religiosos incluidos, es que hablen mucho de Dios, de Jesús, pero no tengan tiempo para hablar con él y escucharlo. La presencia de estos “territorios” más o menos cerrados a la Palabra no deben hacernos olvidar que Jesús afirma también la existencia en el mundo, en cada uno de nosotros, de tierra buena, en la que el sembrador siembra con la seguridad de una cosecha sobreabundante. Cuando contemplamos la obra que la Palabra de Dios en personas que han sabido ser buena tierra, como pueden ser los santos (y que cada cual elija los que sean de su devoción), no podemos dejar de admirar los frutos abundantes que han dado, y no sólo para sí, sino también para la vida del mundo. También hay en nosotros buena tierra. Por ello, Dios siembra esperanzado. La Palabra de Dios es eficaz y produce frutos. Una falsa humildad no debe descalificar o dejar de mirar esta realidad: Dios no siembra en balde. Él está en nuestra vida y nos urge, con suavidad, pero con insistencia.

El borde del camino, el pedregal, los abrojos, la buena tierra..., a través de nuestras actitudes, hábitos, aficiones, prejuicios, etc., en la complejidad de nuestra vida, somos un poco todo eso. No podemos, sin embargo, contentarnos con ello. No basta con cuidar con mimo la semilla que cae en buena tierra (aquello que ya hemos conseguido, donde podemos hacer algún progreso); hay que trabajar para que todo en nosotros se vaya transformando en buena tierra. Hay que desbrozar, roturar y abonar. Por medio de la oración, los sacramentos, el contacto vivo con Jesús, nuestro Maestro, que nos invita a acercarnos a él y subirnos a su barca, podemos ir convirtiendo en buena tierra los espacios de nuestra vida reacios a la Palabra. Los frutos que demos así no son un botín personal, “méritos” propios; los frutos evocan el don que se ofrece a los demás, que sirve para ayudar y alimentar a otros. Es verdad que ese trabajo puede comportar algunas renuncias y sufrimientos, pero, como dice San Pablo en su carta a los romanos, esos sufrimientos “no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá”. Pero no hay que pensar, como a veces hacemos, en una especie de “premio” que, en el fondo, sería externo a nosotros mismos. El fruto principal de la Palabra de Dios en nosotros es la plena manifestación los hijos de Dios, en la que cada uno será plenamente sí mismo. Al hacernos hijos de Dios en el Hijo Jesucristo, nuestra vida se convierte en semilla y en palabra, en don y testimonio.  Si, como hemos dicho, el cristianismo es la religión de la Palabra, nosotros estamos llamados a ser letras vivas de la misma.

Comentarios

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Padre Teo
Padre Teo

el 9/7/11
Excelente comentario, padre Vegas. Soy el Padre Teófilo Calvo, orionista. Tuve el privilegio de ser su alumno en Colmenar(Ética, Filosofía social.... Encantado de leerle y saludarle en esta ciudadredonda. Estoy por tierras venezolanas desde hace unos meses. Un saludo y mi gratitud por aquellos añorados años.
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karmenfl
karmenfl

el 9/7/11
Preciosa reflexión, y muy útil. No hay duda de que posees un don para expresarte por escrito, y es estupendo que lo utilices para difundir este tipo de enseñanzas.
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andres conil
andres conil

el 9/7/11
Si, me ha gustado y me anima a llevar la Palabra de Dios a los demás; de manera sencilla y de acorde a mi vida,para que Dios se note cercano, amigo y creible, es decir para que en las personas esté la lluvia (Dios Padre) la Palabra (Cristo Hijo) y la semilla (el amor Espíritu Santo) El que tenga oido para oir que oiga------------esa PALABRA y se alegrará su corazón,------- que busquemos esa conversación con nuestro Padre,con nuestro Hermano Jesús y con nuestro defensor Espíritu que oremos,; para que nuestra vida se haga letras y letras de sea historia que Dios nos cuenta con su PALABRA. un saludo a todos que Dios os bendigar
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katyuska
katyuska

el 9/7/11
SOMOS ,SEMILLAS DEL REINO, PLANTADAS EN LA HISTORIA,SON BUENAS YTIERNAS,LLENAS DE VIDA,OS TENGO EN MI MANO, OS ACUNO Y OS QUIERO.YPOE ESO OS MANDO AL MUNDONO TENGAIS MIEDO, A TORMENTAS NI A SEQUIAS, APISADAS O ESPINOS,BEBED DE LOS POBRES ,I EMPAPAPAOS DEL RICIO.FECUNDAOS REVENTAD,NO OS QUEDEIS ENTERRADAS, DAD FRUTOS FLORES DEJAOS NACER MECER POR EL VIENTO , QUE TODO VIAJERO QUE ANDE POR SENDAS OCAMINOS BUSCANDO O PERDIDO,ALVEROS SIENTA UN VUELCO Y PUEDA AMAROS.¡¡PORQUE SOIS SEMILLAS DE MI REINO ¡¡ SOMOS SEMILLAS DEL REINO.¡¡DAMESEÑOR UN CORAZON ABRAZADO POR AMOR PARA QUE YO PUEDA ESPARCIR LAS SEMILLAS DE TU REINO A LAS JENTES DE BUENA VOLUNTAD.
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Felix Barreto
Felix Barreto

el 9/7/11
COmo cada domingo, o como cada día si se puede y quiere, los consagrados debemos hacer que la palabra se encarne en nuestra vida, y luego sea el quien hable. Hay que callar, para que sea la Palabra la que se escuche.
Un afectuoso saludoa todos mis hermanos en la fe.
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Ignacio
Ignacio

el 10/7/11
El Dios de cada uno.-
Abrahám tuvo la revelación de Dios, denominada "EL".
Moisés tuvo la revelación de un Dios denominado " YA-
VHE", y así seguiríamos con profetas y visionarios. Ca-
da uno interpretaba conforme a su mentalidad, a los he
chos y situaciones históricas y sociales. Cristo tuvo su
interpretación. La Palabra de Dios es, por tanto, la des
codificación de lo divino a lo humano, resultando segu-
ramente algo distorsionada por la imperfección humana
y quedando modificada por lasubjetividad.
A pesar de lo que leo y escucho, tengo una visión per-
sonal, subjetiva y ecléctica de lo religioso, pero " algo"
me impide conocer los fallos que me pasan desaperci -
bidos. Ahora mismo, creo que soy semilla sembrada en
un campo de aceptable productividad. Pero pue » ver comentario
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Jorge M.
Jorge M.

el 10/7/11
Muy buena homilía, fecunda, nos hace pensar y nos invita a releerla.

Me permito observar: Jesús NO divide a los hombres en cuatro grupos, dependiendo de su actitud ante la Palabra,
Jesús no divide a los hombres. Los hombres ante la Palabra del Señor podemos adoptar cuatro actitudes ...

Gracias
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Padre José
Padre José

el 10/7/11
Excelente Comentario. Gracias, Dios le bendiga
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carlos
carlos

el 10/7/11
jesus es lo maximo
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carlitoschico
carlitoschico

el 10/7/11
dios nos expresa su amor mediante para bolas porque nosotros no somos dignos de su pala bra celestial
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MAYELA
MAYELA

el 11/7/11
En la raíz habita la esencia que dará buen fruto, Jesús es la raíz con presencia en el Amor, su palabra es fruto que busca el espacio fértil para multiplicarse. Hoy en un mundo tan frio de espíritu, la semilla irremediablemente esta destinada a morir o ser arrebatada. Porque cuando la palabra se usa para discursos que lucran y alimentan el ego ahí, también la palabra ha muerto, porque sus fines son otros distintos a los de Jesús...Señor que tu palabra encuentre en mi un corazón fértil para la buena siembra...Amén
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angie vanessa
angie vanessa

el 12/7/11
me parese muy bien por que nosotros somos semillas del reino de dios que cresen y cresen
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