Comentario al Evangelio del

Jose María Vegas, cmf

Para adquirir sabiduría

El esfuerzo por alcanzar la verdad es, sin duda, uno de los más nobles de los que habitan el corazón del hombre. También es de los más arduos, porque la realidad en todas sus dimensiones se resiste a revelar sus secretos, y grandes dosis de observación, investigación y reflexión apenas sirven para arrancar unas pocas esquirlas de la verdad buscada. Pero el esfuerzo constante acaba por obtener su premio, y al cabo de muchos siglos de civilización se han ido acumulando conocimientos que han pasado a formar parte del acervo espiritual humano. Hoy en día tenemos por evidentes cosas que, sin que ya nos percatemos de ello, son el producto de largos siglos de esfuerzos de muchos. Especialmente los conocimientos técnicos y científicos son objeto de un proceso acumulativo gracias al cual el saber adquirido difícilmente puede llegar a olvidarse; y en este terreno ni siquiera hace falta que todos lo sepamos todo, es posible dividir socialmente el conocimiento para que, sabiendo, eso sí, a quién dirigirse, todos puedan disfrutar de sus ventajas.

Pero la aventura del saber requiere de condiciones definidas por parte quien busca. Son distintos los pensadores que han puesto de relieve las condiciones morales de la indagación de la verdad. Ya Sócrates avisaba al respecto. Y en los últimos tiempos se ha vuelto a insistir en ello. Un filósofo cristiano del siglo XX, von Hildebrand, recuerda que “para cualquier evidencia adecuada son ya necesarios en diverso grado reverencia, sed auténtica de verdad, un paciente esfuerzo cognoscitivo y flexibilidad de espíritu”. Aquí, como en todo lo que afecta al ser humano, existen obstáculos que no sólo dependen de las limitaciones intrínsecas de nuestro intelecto, sino también de la ausencia de esas disposiciones morales: el orgullo, la cerrazón de espíritu, la voluntad de poder, la vanidad, etc., nos ciegan para la aprehensión de verdades elementales. Todos sabemos que no hay peor ciego que el que no quiere ver; y tenemos la experiencia de que las conquistas del saber (por ejemplo, científico y técnico) no siempre redundan como es debido en beneficio de todos, sino que se convierten con facilidad en instrumentos de dominación, en motivos para la injusticia.

Pero todo esto se acentúa cuando se trata de aquellas verdades en las que el hombre decide la autenticidad de su propia existencia, las relacionadas con el bien y la justicia, y con la fuente de todo bien y toda verdad, es decir, con Dios. Y esto es así porque, en primer lugar, esas verdades, a diferencia de las meramente teóricas y técnicas, no son “acumulativas”: no basta que se hayan descubierto en cierto momento para que se incorporen definitivamente al caudal de la cultura común; además, no basta “conocerlas” sólo teóricamente, es preciso asimilarlas, apropiárselas sometiendo a las exigencias que presentan no sólo la razón, sino también la voluntad y el corazón. Por eso, cada generación, cada cultura y cada persona individual debe descubrirlas y asumirlas. Aquí no cabe la “división social” del conocimiento.

Posiblemente es de estas cosas de las que habla hoy el Evangelio, en este breve y denso texto, que algunos han llamado “el Magníficat de Jesús”. Estas son las cosas que Dios ha querido revelar a la gente sencilla, mientras que se las ha ocultado a los sabios y entendidos. Y es que, efectivamente, las cosas de las que habla Jesús, no son una mera instrucción moral o una nueva cosmovisión filosófica, sino una verdadera revelación, un don que Dios nos hace por medio de Jesucristo: las Bienaventuranzas, el amor universal, que incluye a los enemigos, y llega hasta el don de la propia vida, el perdón sin límites, la fidelidad, la confianza en Dios nuestro Padre, incluso en los momentos de adversidad, la difícil comprensión del mesianismo de Cristo, que lo llevó a la cruz. Todas estas son cosas que Dios ha revelado por medio de Cristo, y que requieren un corazón bien dispuesto, abierto, sencillo, como dice Jesús, esto es, curado de la hinchazón de la soberbia y la seguridad exclusiva en las propias fuerzas.

De hecho, “estas cosas”, aunque suenen tan bien, no son tan fáciles de entender. Muy posiblemente, eran muchos en tiempos de Jesús los que torcían el gesto cuando oían por primera vez hablar de ellas. También es muy posible que nosotros mismos lo torzamos cuando nos encontramos en situaciones que nos exigen llevar a la práctica estas verdades evangélicas, es decir, aceptar vitalmente “estas cosas”. Examinando nuestra actitud real, concreta y práctica respecto de ellas, podemos intuir si nos encontramos en el grupo de los sabios y entendidos, o en el de la gente sencilla.

Posiblemente oscilemos entre los dos grupos. Por un lado, todos tendemos a adquirir seguridad por la vía de la fuerza y el poder: los carros de Efram, que serían los modernos carros de combate, los caballos y los arcos de los guerreros, son cosas que parecen ofrecernos más seguridad y mayor garantía de dominio que la humildad del rey humilde que afirma su triunfo cabalgando en un modesto asno, y se encamina al trono de la cruz. ¿Será capaz un rey así de romper los arcos, dictar la paz y dominar el mundo entero? Estas cosas son las que permanecen escondidas a los sabios y entendidos. Pero ello quiere decir que tenemos que seguir trabajando para abandonar la autosuficiencia que nos dificulta aceptar esta revelación, y adoptar en todo momento la actitud de confianza de los sencillos, abiertos sin condiciones a la enseñanza de Cristo, y que reciben la revelación de que precisamente es este extraño y modesto rey el que nos descubre la verdad que salva: la que nos da alivio y descanso, la que nos consuela y libera, la que nos da el descanso del alma, porque es sólo esta verdad la que nos rescata de la culpa, del pecado y de la muerte. El poder de carros, arcos y caballos estriba en su capacidad de provocar la muerte. El de las cosas de las que habla Jesús, por el contrario, está en su capacidad de vencer sobre la violencia y la muerte y dar vida. Y como los agobios y fatigas, procedentes de aquellos males fundamentales, nos afectan a todos, por eso mismo, por mucho que sean sólo los sencillos los capaces de entender estas verdades, Jesús dirige su llamada a todos, para ofrecerles su alivio: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados”; y ¿quién no lo está de un modo u otro?

Es verdad que Jesús, al llamarnos así, no nos engaña y nos avisa de que esta verdad es exigente: es también carga y yugo. Ya lo decía bellamente San Agustín: “amor meus, pondus meum”, mi amor y mi peso. Esto se ve ya en el amor humano: es lo más necesario para nuestra vida, sin él ésta se convierte en un peso insoportable, en un infierno; pero el amor tiene también su propio peso, su parte de yugo: en el matrimonio, en las relaciones de los hijos con los padres y de los padres con los hijos, en la verdadera amistad… existen momentos en los que hay que saber renunciar, asumir algún sacrificio, estar dispuesto a sufrir por la persona amada. Sin esto, el amor no persevera. También en el amor que Jesús nos ofrece y regala con su persona y que es, además, el acceso a la fuente de todo verdadero amor, hay un elemento de peso y de yugo, de cruz. Pero es un yugo llevadero, una carga ligera, porque es la que Jesús mismo ha cargado sobre sí para aliviar la nuestra, y porque es el peso y el yugo del amor, de nuestra salvación.

Aunque con otras palabras, San Pablo nos habla de lo mismo en su carta a los Romanos. Los sencillos a los que se les han revelado estas cosas son los que viven (tratan de vivir) en el Espíritu de Jesús, en la dinámica de su muerte y resurrección: los que mueren en su vida cotidiana a la carne (el poder y la violencia, el egoísmo, la injusticia, con tal de adquirir seguridad) para ser vivificados por el Espíritu del amor, la generosidad, el perdón, la fe. El Espíritu de Dios es un Espíritu de vida y libertad, pero no para “hacer lo que me da la gana”; las “ganas” son con mucha frecuencia distintivo de la carne. El Espíritu del que nos habla Pablo, el que da el verdadero entendimiento de “estas cosas” que Jesús nos revela, es el Espíritu que nos inspira para el bien, el Espíritu del amor. De nuevo fue San Agustín el que supo resumirlo admirablemente: “dilige et quod vis fac”, ama y haz lo que quieras.

Comentarios
Blanca. Blanca.
el 1/7/11
¡Ay! Si no fuera porque el Señor me descarga en mis agobios, ¿Donde estaría yo?. El es mi fortaleza y lo necesito.
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Ignacio Ignacio
el 3/7/11
Un eminente teólogo ha afirmado que cuando muchos
sacerdotes predican la Palabra, suponen un gran cono -
cimiento por parte de los fieles. Pero muy a menudo ,
hay personas que desconocen totalmente la ciencia de
la teología. Son totalmente ignorantes de todo el siste-
ma de la gracia y la salvación
Por eso es muy conveniente que el predicador se dirija
algunas veces a su audiencia como si fueran desconoce
dores de su mensaje y más bien se predique como al -
go nuevo.
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Francisco Francisco
el 3/7/11
Muchas gracias por la lección... pero extraño la sencillez pastoral de anteriores comentaristas.
Gracias.
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Máximo Máximo
el 3/7/11
Estamos en verano.
El cura de mi pueblo dice: " En tiempo de melones, ni
responsos ni sermones " .
La homilia de hoy me parece un " buen sermón ". Dis -
culpe.
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Manolo Manolo
el 3/7/11
Gracias por su comentario, con Jesús todo tiene otro matíz.
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katyuska katyuska
el 3/7/11
VENID AMI TODOS LOS CANSADOS Y AGOBIADOS QUE YO OS ALIVIARE ,DICE EL SENOR. VENID AMI QUE MU YUGO ES SUABE Y MI CARGA LIGERA .si hicieramos caso se este mensaje que facil nos seria llebar ,nuestra vida por otros caminos , por el de el amor, la justicia, la soliradidad. .. tenemos que dar gracias a DIOS porque ,tenemos una suerte grande tener el don de la fe,porque sin ella seria imposible comprender ,muchas cosas , como dice JESUS, SI PADRE ,SI ASI LO AS QUERIDO REVELAR TODAS ESTAS COSAS ALOS SENCILLOS DE CORAZON, PORQUE PARA AMAR NO HACE FALTA TENER GRANDES CARRERAS O ESTUDIOS SOLAMENTE ESCUCHAR EL CORZON Y DEJARSE LLEVAR LO DEMAS VIENE SOLO PORQUE LE TENEMOS A EL QUE NOS AYUDARA A QUE NUESTRA CARGA SE MAS LLEVADERA,.¡GRACIAS SEÑOR POR REVELARTE Y DARTE ACONOCER ALOS SENCILLOS.
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mariela mariela
el 4/7/11
verdaderamente me ha tocado el corazón esta predicación, porque siempre confio en los carros, arcos y caballos de faraon y no en El que viene en un asno , y me recuerda en Isaias " no son mis pensamientos como los vuestros, ni mis caminos como los suyo" o algo asì yo pienso como el mundo por eso esta palabra es luz para mi vida, gracias
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MAYELA MAYELA
el 4/7/11
Doy Gracias al Padre por permitirme comprender desde mi corazón y no razón la verdad que hoy proclama, porque mi carga es ligera y liviana pues a ÉL la he confiado...Amén.
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roque melo roque melo
el 4/7/11
los grandes sabios son los inventores de la ciencia, estamos obtenidos las cosas como un segundo plano pero no notificamos el amor de dios.
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lupita lupita
el 4/7/11
Que si nos ha tocado el corazon, la confianza que debemos sentir en el señor y muchas veces se ve aplastada porque la sociedad nos ha enseñado que solo los carros de combate y los arcos nos daran verdadera seguridad. Tengo mucho que aprender
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milagros milagros
el 9/7/11
dios es muy bueno para mi
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camila camila
el 13/7/11
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lieydf lieydf
el 14/8/11
la reflexion es interesante.
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