Comentario al Evangelio del

Enrique Martinez cmf

 

MORIRÉIS POR VUESTROS PECADOS

 


 

 

             El estandarte del desierto que hay que mirar para curarse del veneno mortal de la serpiente, y la alusión de Jesús a que el Hijo del hombre será levantado nos sitúan en las claves del Viernes Santo: cuando «miremos» el árbol de la cruz donde Cristo fue elevado para la salvación del mundo. Por tres veces en el Evangelio advierte Jesús que «moriréis por vuestros pecados». Se alude a la «muerte» de Jesús y a la «muerte» de los fariseos. La causa está en que ellos son de este mundo, a diferencia de Jesús. Ambos morirán. Pero con distinto significado.

            Una mala interpretación o traducción de estas palabras hace que algunos entiendan que Jesús es «de otro mundo» (del cielo) y los hombres (los fariseos) son de éste.  El Evangelio de Juan está lleno de referencias a esto del «mundo»: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único»; «Mi reino no es de este mundo». Pero a la vez «soy rey, para eso vine al mundo». «Vosotros (los discípulos) no pertenecéis al mundo porque yo os elegí y os saqué de él».

           La palabra «mundo» que se encuentra detrás de estas expresiones no se refiere a la creación, al universo, a la tierra.... sino al «orden» , las estructuras sociales políticas y religiosas, las leyes, los ritos, etc que los hombres hemos «inventado» para organizarnos en él.

                Ese «mundo» al que pertenecen los fariseos y no Jesús tiene que ver con los que quieren apedrear a la mujer adúltera en el nombre de la Ley de Moisés (=Dios), los que se escandalizan porque un hombre que lleva 38 años paralítico es curado junto a la piscina de Betesda un sábado. Son los que «ven» el milagro de la curación de un ciego de nacimiento (por cierto también un sábado) y se niegan a creer y reconocer la presencia de Dios en quien le ha curado. Son los que buscan la gloria unos de otros, la gloria de este mundo (la fama, el prestigio, la influencia, las riquezas, el poder, incluso se pretenden representantes oficiales de Dios...) y así se incapacitan para creer (Jn 5, 31-47). Son los que pretenden ganarse a Dios y estar en «orden» con él a base de ritos, sacrificios, rezos y leyes humanas, templos... pero no saben dar culto a Dios «en espíritu y verdad». 

En definitiva: los que se han dejado morder por la viejísima tentación de «ser como dioses» a costa de prescindir en la práctica de Dios y su voluntad (o reinventárselo a su conveniencia), de la misericordia, del amor al prójimo... Un «orden» que es destructivo en sí mismo («moriréis por vuestros pecados») porque reduce a la persona a intereses egoístas, baja el listón de lo que uno puede llegar a ser, y además hace mucho daño a otros (podéis preguntar a la adúltera, al ciego de nacimiento, y a tantos otros). Habría que nacer de nuevo, como bien sabe Nicodemo. O mejor dicho: ser como Jesús, que no es de este mundo (como tampoco sus auténticos discípulos).

           Esto quiere decir que su apoyo, su referencia, sus criterios, su proyecto vital, sus obras... son las del Padre. Que su manera de entender la relación con Dios (el Padre y yo somos uno), entre sus seguidores (que seamos uno, que nos amemos) y con el «mundo» es bien diferente de lo que tantos enseñan y se empeñan. Y al plantar cara a todos estos manipuladores y creídos será rechazado, levantado en la cruz.

Será entonces cuando Dios quiera que miremos de frente, contemplemos, y nos identifiquemos con todas las víctimas del «orden» de este mundo. Nos advierte que también seremos perseguidos al enfrentarnos (como Jesús) a este «mundo» y sus estructuras injustas, que no aceptan que el débil (el Hijo del hombre y los que son como él) es el preferido de Dios, que el condenado injustamente es el «lugar» donde se revela la gloria, el poder de Dios que toma partido por él, que hace justicia, y que descalifica a los que le han condenado (con la Ley de Dios en la mano) resucitando al Hijo del Hombre. La Vida está en él. Ha venido para que tengamos Vida. Y no habremos de perder de vista al que ha sido levantado en lo alto (y a tantos otros crucificados de hoy), para que no caigamos «prisioneros» de este mundo, y para vencerlo cada día en su nombre y con su ayuda.

           Menos mal que el que nos envía está con nosotros y no nos deja solos. Este ha de ser el punto de partida y el medio y la motivación para que podamos ir donde está él (y no los «fariseos») y donde nos espera con un lugar bien preparado: la casa del Padre. 

Enrique Martínez, cmf

Comentarios

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Luis Alberto
Luis Alberto

el 12/4/11
Muy bueno tu comentario Enrique, Gracias. "Este mundo" es el de siempre, aunque el germen de Jesús y el de tantos como él, sigue vigente en la humanidad que se enfrenta al mundo. Cuánta sabiduría la de los místicos de todos los tiempos y de tantas tradiciones religiosas, al afirmar que la gran búsqueda del hombre por la iluminación va de la mano con una vida sobria y desprendida de aptencias "del mundo".
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