Comentario al Evangelio del

Carlos Latorre,claretiano

Los fariseos consideraban pecadores y malas personas a quienes menospreciaban públicamente la ley de Dios y a los que ejercían profesiones despreciables. Este era el caso de los llamados “publicanos” , recaudadores de impuestos, a quienes consideraban tramposos además de traidores a la patria. Los impuestos que recaudaban se enviaban al emperador de Roma, que tenía dominada la tierra santa de Israel.

Pues bien, a esta clase de persona llama Jesús para que sea su discípulo. Con él y sus amigos se sienta a la mesa para celebrar una gran fiesta. Lo único que les pide es que se reconozcan enfermos y pecadores y se abran con humildad y fe a la acción salvífica de Dios: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»

Con la llamada de Leví, el de Alfeo, Jesús rompe las barreras de todo tipo de segregación y hace realidad la universalidad del evangelio para “buenos y malos”.

Levantarse después de estar sentado representa la ruptura de Leví con su pasado y el compromiso con una nueva vida. La casa es como el símbolo de la nueva familia que forman los llamados por Jesús a seguirle. Y juntos se sientan a la misma mesa para compartir la alegría de una nueva vida. Jesús es el centro de la comunidad y preside la mesa.

Los letrados y fariseos pensaban que los “publicanos” no podían salvarse, porque no sabían cuánto habían robado y, por tanto, tampoco sabían cuánto debían restituir. Para Jesús las cosas son muy diferentes: cuando hay un cambio profundo del corazón, todos sin distinción somos invitados al banquete, que el Padre ha preparado para sus hijos en su reino.

La primera lectura de hoy nos recuerda que “la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón”. Esa palabra es la que nos lleva a los pies de Jesús para descubrir su proyecto sobre nuestra vida. El mismo texto nos invita: “acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente”.

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