Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco cmf

Queridos hermanos:

Durante estos días, la lectura evangélica se toma del llamado “discurso escatológico”. El género utilizado es el apocalíptico, totalmente ausente de nuestras modas literarias, pero muy corriente en la cultura de Jesús y de la primitiva iglesia. La soberanía de Dios sobre la historia se describe simbólicamente en forma de un juicio, precedido de grandes horrores, tribulaciones y hasta cataclismos cósmicos. El triunfo de Dios y de sus elegidos es el desenlace de todo el drama. Por ello, a pesar de servirse de una imaginería truculenta, el contenido de la apocalíptica es una invitación a la esperanza; se trata de un género consolador.

El fragmento de hoy, sin embargo, no es una concesión a la imaginación, sino que está estrechamente relacionado con la historia vivida por la comunidad cristiana. Nada hay en él que roce lo inverosímil: persecuciones, cárceles, excomunión de las sinagogas, procesos ante gobernantes,… nada de esto era desconocido a la comunidad lucana; ni lo es a las nuestras. Todos conocemos historias escalofriantes, casi inverosímiles, de persecución religiosa acontecidas tras el ya felizmente derruido telón de acero, o en países del este asiático, o en lugares geográficos menos remotos. La historia de la iglesia es una ininterrumpida historia de martirio; el apocalipsis sabe que la bestia que sale del abismo hace la guerra a los que van tatuados con el sello del Cordero; y esa guerra no se circunscribe a una época o lugar demasiado concretos.

Sin duda, ya en le época de Jesús la opción por él dividió a algunas familias. Posteriormente quizá hubo denuncias sinagogales de hijos contra padres o viceversa, cuando el cristianismo comenzó a considerarse judaísmo herético. Pero las denuncias intrafamiliares se han dado en los regímenes totalitarios del siglo XX y quizá se den aún; las posibilitó un previo, indispensable, lavado de cerebro. Muchos creyentes padecieron esas delaciones por familiares y antiguos amigos.

Quizá los creyentes debamos reconocer que no siempre hemos sabido hacer la oferta; aún hoy no faltan quienes ven en el evangelio un obstáculo para el progreso humano.... Pero es también innegable que el evangelio, por sí mismo, choca con intereses opuestos, de poder y de destrucción; resulta en muchos casos inevitablemente incómodo; salvo que lo “descafeinemos”…

A veces podrán cuestionarse, tal vez “comprenderse”, las razones del perseguidor; lo que siempre ha quedado claro es la razón por la que los perseguidos han padecido, aquello que los ha hecho mártires, no meros sufrientes. San Agustín decía que al mártir no le hace el sufrimiento, sino el motivo. Dos veces encontramos en el evangelio de hoy la expresión “a causa de mi nombre”.

Pero no nos interesa divagar con el recuento de situaciones, causas, agravios. El amor “no lleva cuenta del mal” (1Cor 13,5). Recojamos ante todo la llamada a la confianza en un Dios que pone bajo su cuidado hasta nuestros cabellos, y pensemos en la “nube de testigos” (Hb 12,1) que nos ha precedido y nos contempla.
 
Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf
Comentarios
Juan Carlos Juan Carlos
el 24/11/10
Hermoso comentario, sobre todo que ayuda a descifrar, en nuestro tiempo, el lenguaje apocalíptico que muchos usan para distorsionar las verdades de nuestra fe
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CARLOS CARLOS
el 24/11/10
ESTE EVANGELIO ME RECUERDA MUCHO LA HISTORIA DEL ARZOBISPO DE SAIGON NGUYEN VAN THUAN, QUE EL AÑO 1975 PASO 13 AÑOS PRESO POR CREER EN UN CRISTO VIVO.
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Irendegut Irendegut
el 24/11/10
Muy bueno todo el comentario, especialmente el final.
Queremos vivir por el Reino y si en ello hay que morir -también a las moléculas descafeinantes- nos confiamos en el cuidado de Dios.
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maria ines maria ines
el 25/11/10
nuevamente se nos invita a la perseverancia no decaigamos en la fe mas bien hagamonos fuertes en la fe entendiendo lo que dios quiere para cada uno de nsootros y aceptando siempre su voluntad bendito y alabado sea dios en cada instante y momento pongamos siempre nuestra confianza en dios que es lleo de amor y misericordia para todos sus hijos
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