Comentario al Evangelio del

Conrado Bueno, cmf

Bueno es el sembrador, buena la semilla

Parábola: voz, rostro, casa y camino

La parábola del sembrador es muy recurrente entre nosotros. A la vez, es de gran belleza literaria y lleva una carga profunda en su contenido. Hablar de la Palabra es hablar de los profetas y de Jesús, el Verbo, la gran Palabra de Dios.

Puede resultar sugerente, de entrada, lo que dibujó el mensaje del Sínodo sobre la Palabra. “La voz de la Palabra es la Revelación”: porque en el principio era la Palabra y la Palabra era Dios. “El rostro de la Palabra es Jesucristo”: Jesús es la Palabra en el tiempo y en el espacio. “La casa de la Palabra es la Iglesia”: en ella nos reunimos para escuchar, leer, meditar y orar la Palabra. “Los Caminos de la Palabra son la Misión”: sale del templo hacia los caminos del mundo, a las autopistas de la información.

Parábola del sembrador

Dios toma siempre la iniciativa. Dios habla, se revela, se comunica con el hombre, le descubre su misterio de amor. Es decir, lanza la semilla abundantemente. Lo hizo de mil maneras hasta que envió a su Hijo Jesucristo, constituido en epifanía, revelación y Palabra.  Y Dios habla para todos, a nadie le niega su voz, hace salir el sol sobre buenos y malos.

Al hombre le toca responder a tanta gracia. Dios habla pero no impone. Es el misterio grande de la libertad del hombre. Frente a la semilla de la Palabra, caben dos actitudes en el corazón humano: aceptar o cerrarse. Cerrarse es no producir fruto, olvidar, no hacer caso, vivir en la indiferencia, decir, en la práctica, “no me interesa”. Por el contrario, aceptar la Palabra significa abrirse desde la fe. Un fe amorosa en Dios que nos lleva, espontánea y alegremente, a que fructifique  tanto don sembrado en nosotros.

Ciertamente, pueden estar agazapados los obstáculos que impiden abrirse. En las imágenes de la parábola: los pájaros, las zarzas, el terreno pedregoso. Es decir: el maligno, nuestra vida frívola y superficial y los afanes y riquezas que nos ahogan. Cada uno ve, con sinceridad, donde tiene su costado vulnerable.

Si el corazón nos arde

Existe hoy una legítima preocupación por la Palabra de Dios, en su doble sentido. Preocupación que es interés por estudiar y conocer la palabra revelada por Dios que está escrita en la Biblia. Preocupación, en el sentido de cierta angustia por el escaso fruto que, con frecuencia, se recoge. Dios siembra buena semilla, tenemos constancia de la calidad del “producto” que la Iglesia ofrece a los hombres. Estamos seguros del sentido humanizador, de los valores del mensaje evangélico. Y, sin embargo, no llega, no cala, como quisiéramos. Es un motivo para estar vigilantes sobre los modos y estrategias de los que nos servimos para predicar el Evangelio.

Un signo de los tiempos es la vuelta de la Lectio Divina, también a los fieles seglares. Sólo escuchando y orando en el corazón esta palabra, podremos comunicarla con eficacia. No significa que dependa de nosotros. Nos basta con ser cauce fiel de la palabra que, a través de nosotros, Dios dirige a los hombres.

Ojalá que, cuando leamos la Escritura o participemos en la Misa del Domingo, sintamos la experiencia de los discípulos de Emaús. El Señor se sienta a nuestro lado, nos explica las Escrituras… y nuestro corazón arde.

Comentarios

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cecy rios
cecy rios

el 18/9/10
Es buenisimo compartir la palabra de Dios y sobres todo la explicación de aquellas personas que la entendan más
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