Comentario al Evangelio del

Rosa Ruiz, rmi
Pablo y Bernabé anunciaron el Evangelio sin contemplaciones ni paños calientes… y claro, eso molesta. Así que “los judíos incitaron a las señoras distinguidas y devotas y a los principales de la ciudad y provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé expulsándolos del territorio”. Hasta ahí, posiblemente, nada que nos extrañe y que no se vaya repitiendo a lo largo de la Historia. Sí me llama la atención su reacción: ellos se fueron tranquilos, sacudiendo el polvo de los pies. Y en medio de todo, “los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo”. ¡Qué interesante actitud! ¿Te imaginas que nosotros, los discípulos de hoy, nos quedáramos llenos de alegría y Espíritu Santo cuando se someta a la Iglesia o a algunos de sus miembros a la persecución social o escarnio público?
 
Más aún: ¿podría ser un criterio apostólico irnos de donde nos echan y sacudir el polvo de los pies donde no se nos quiere? ¿Tendremos que hacerlo más en vez de apoltronarnos en algunas posiciones como si fueran lugares obligados y eternos de nuestro anuncio y presencia?
 
Difícil este discernimiento. Quizá incluso nos parezca que sobrepasa nuestras fuerzas, pero el mismo Jesús nos recuerda en el Evangelio que si permanecemos en Él –y con Él, en el Padre-, haremos sus obras… ¡y aún mayores! Permanecer, permanecer… ¡qué hermosa palabra!
 
Permanecer y no encallarme amarrado a nada. Pues quien se queda al grito de: “¡y nadie me mueve de aquí!”, cierra las puertas y ventanas a la novedad del Espíritu, se convierte él mismo en Dios y Señor de su vida, aunque quiera seguir al Resucitado….
Permanecer y no andar de un lado a otro como una veleta. Pues quien permanece apuesta por aquello donde se queda. Quien sólo se queda “mientras dure el momento”, no apostará, no invertirá sus bienes y su vida a tiempo completo…

San José, que hoy celebramos como obrero, en la Fiesta del Trabajo, supo permanecer: ni cambiar a mi gusto ni empeñarme en para siempre. José, el obediente, no el sumiso. José el hombre realista y sereno, trabajando para sacar adelante a su familia. Y no de cualquier forma. No a cualquier precio. Quizá por eso fue tan significativo que la Iglesia transformara un día marcado por el odio y el enfrentamiento social (¡era 1955!: diferencia de clases, injusticias, gritos, lucha, explotación…) en una fiesta litúrgica. Pío XII decía:
 
"Tomado en este sentido por los obreros cristianos el 1 de mayo… lejos de ser fomento de discordias, de odios y de violencias, es y será una invitación constante a la sociedad moderna a completar lo que aún falta a la paz social. Fiesta cristiana, por tanto; es decir, día de júbilo para el triunfo concreto y progresivo de los ideales cristianos de la gran familia del trabajo. A fin de que os quede grabado este significado... nos place anunciaros nuestra determinación de instituir, como de hecho lo hacemos, la fiesta litúrgica de San José Obrero”.
 
Igual en el ámbito social, como en el religioso, como en tu vida cotidiana y en tu vocación, no todo vale. La fidelidad es otra cosa. La fidelidad permanece, no se estanca ni depende del viento o de mis gustos y sentimientos. Es la fidelidad silenciosa, discreta y eficaz a la vez en la que permaneció José, el obrero.

Vuestra hermana en la fe,
Rosa Ruiz, misionera claretiana
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