Comentario al Evangelio del

Ciudad Redonda

    Cuando se redactó este evangelio existía una fuerte polémica entre la comunidad de los cristianos y el grupo de los fariseos. Esto hizo que aparecieran en el texto unos avisos que van más allá de las circunstancias históricas. Estos avisos nos vienen también hoy como anillo al dedo. La autocrítica siempre es un desafío; sin querer queriendo solemos dejar en el tintero lo que más  nos molesta.

    Así podemos preguntarnos también ahora:
    
    Los letrados y los fariseos no hacen lo que dicen, ¿y nosotros?
    Cargan fardos pesados a la espalda de los demás, ¿y nosotros?
    Todo lo hacen para llamar la atención  y que los alaben, ¿y nosotros?
    Les gusta ocupar los primeros puestos, ¿y nosotros?
    Usan los títulos de maestro y padre para estar por encima de los demás, ¿y nosotros?
    Dice el salmo: ¿Por qué recitas mis preceptos… y te echas a la espalda mis mandatos?

    Para acercarnos a Dios en esta Cuaresma el profeta nos ha dicho en la primera lectura: “aprended a obrar bien, buscad la justicia, defended al oprimido, sed abogados del huérfano, defensores de la viuda”. Aquí está el camino que nos lleva hasta la verdad de Dios.

    “El que sirve y ayuda a los pobres nunca se equivoca en el camino de Dios”, decía con mucha convicción una anciana que ha vivido los duros años de la emigración, cuando los españoles tenían que salir hacia Europa para buscar un futuro. Aquí vivió en carne propia la palabra de Jesús “no sólo de pan vive el hombre”. Su gran corazón y su caridad cristiana le hizo descubrir y ayudar a muchos compatriotas metidos en graves problemas de salud y de abandono.

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