Comentario al Evangelio del

Carlos Latorre, Claretiano.
    El texto nos ofrece la respuesta de Jesús  a quienes le pedían señales milagrosas; éstas más que suscitar la verdadera fe, alimentan la curiosidad. Los signos o milagros que hace Jesús siempre suponen una actitud de fe, porque es sólo desde ella que el cristiano puede descubrir,  entender y vivir la acción de Dios. Y para tener fe hay que comenzar desde la humildad y la confianza.

    El texto de Lucas se fija más bien en la predicación y la sabiduría de Jesús (más importante que Jonás y que Salomón). Ese es el signo que Dios da a aquella generación que buscaba en lo maravilloso la presencia de Dios y no se fijaba en el cambio profundo que realizaba la acción de Jesús en tantas personas que le seguían.

    También hoy necesitamos, buscamos signos para creer en Dios, en Jesús, en la vida eterna, en la iglesia…Son muchísimas las personas que, como Jonás, después de muchos titubeos, cansancios, errores… han sido fieles a la voz interior que les ha llevado a la entrega total a la Palabra de Dios.

    Hace algunas semanas la televisión italiana emitía una  nueva versión de la vida de CLARA y FRANCISCO. Sus vidas fueron signos impactantes para una iglesia  decadente simbolizada con fuerza en las ruinas de la ermita de San Damián. Francisco se propone reconstruir la iglesia desde la obediencia y la alegría.

    Y cuando llegan los hermanos les dice: “No me sigáis a mi, seguid a Jesús”.

    La visita a la tierra de Jesús, -Belén, Jerusalén-, le hace descubrir que: “Jerusalén está en cualquier ciudad del mundo y que no hace falta caminar tan lejos para visitar la cueva donde nació Jesús”. (Decía un antiguo cartel de jubileo: “No vaya Usted a Roma, vaya Usted más lejos”!!!).

    El final de la vida de Francisco, un joven lleno de vitalidad, es sobrecogedor: “Las llagas en sus pies y manos, la pérdida de la vista, un cuerpo joven agotado por los ayunos y las vigilias… Francisco muere a los 44 años”. No es un final trágico, sino un ideal de vida llevado hasta la plenitud. Clara y Francisco son signos perennes para la renovación de la vida espiritual de los cristianos.
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