Comentario al Evangelio del

Pablo Largo

Queridos amigos:

¿Qué tienen en común la luz y las tinieblas? ¿Es posible que una y otras se sienten a la misma mesa? ¿Pueden compartir los mismos manjares? Si no es bueno que el poder ejecutivo y el judicial compartan el mismo mantel, ¿qué decir del poder de la luz y del poder de las tinieblas, del bien y del mal, del bueno y del malvado? ¿No decía el salmista: «Ni que con los hombres malvados participe en banquetes» (Sal 141,4)?

    Sin embargo, ahí vemos a Jesús, sentado a la mesa de los pecadores, compartiendo vino y pan, sin marcar, al parecer, la más mínima distancia. ¿No resulta escandalosa esa compañía? ¿No se parece a compadreo? La respuesta de Jesús es iluminadora:

    Él no pretende cohonestar las prácticas de esos grupos. Tampoco lo hará cuando se invite a la mesa de Zaqueo. El fraude es fraude; el robo, robo; la mentira, mentira; la impiedad, impiedad; el crimen, crimen. Nadie los puede cohonestar. Lo que Jesús desea es que esos comensales se conviertan y vivan. Pero también quiere  hacer saber que la Buena Noticia lo es para todos, no para un puñado o una multitud de 99 justos.

    Propone la imagen del médico. Cuando se declara una peste, el médico no se aleja para ponerse a salvo. Se lanza al ruedo, penetra en el foco y epicentro de la epidemia, trata de arrancar a la muerte el mayor número de víctimas, emprende una “lucha a vida o muerte” contra ella. Ese médico no dice que sus pacientes gozan de espléndida salud, que la rebosan por todos los poros, que las erupciones y bultos que presentan son síntomas de una vitalidad envidiable. El médico corre el riesgo de contagio, y tendrá que prevenirse; pero no se lanza a la arena para compadrear y cooperar con la muerte, sino para combatirla.

    La Iglesia no está en la sociedad ni se sienta a su mesa para decir que todo está bien y que vivimos en el mejor de los mundos, para declarar enfáticamente que el mundo rebosa salud y espiritualidad por todos los poros. Pero no tiene derecho a huir de él como de la peste, y a dirigirse hacia algún lugar incontaminado, dejando a las personas abandonadas a su propia suerte. No debe aislarlo con un cordón sanitario que impida todo contagio, no debe execrarlo y luego aislarse ella en una zona de perfecta seguridad. Ha de ser glándula que vierte sobre el organismo social cercanía, ayuda material, esperanza y aliento para los decaídos. Le toca practicar las 14 obras de misericordia.

Un cordial saludo
Pablo Largo
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