Comentario al Evangelio del

Pablo Largo

Queridos amigos de Ciudad Redonda:

    Anteayer, Jesús nos señalaba cómo practicar el ayuno: disimulándolo y con cara de fiesta, para que solo lo vea el Padre del cielo. Volvamos hoy sobre esta práctica cuaresmal y prestemos atención al tipo de ayuno a que se refieren Isaías y Jesús. Porque hay diversas clases de ayuno.

    Uno es el ayuno ascético, que mantiene a raya la gula, refrena su tirón y nos recuerda que no debemos reducir la vida a satisfacer las apetencias del cuerpo. Con ese ayuno nos recordamos un mensaje del Señor a sus discípulos: «No andéis agobiados por lo que vais a comer o a beber. La vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido. Fijaos en los gorriones, que no almacenan en graneros, y sin embargo ninguno de ellos cae sin el permiso de vuestro Padre celestial». Una ancianita de Centroamérica, que tenía que bregar con muchos problemas, pero acudía diariamente a misa, sabía muy bien que la vida vale más que el alimento. Lo formulaba de manera muy plástica: «Si no comulgara todos los días, sería como un chancho».

    Hay un ayuno de solidaridad activa. Conecta con el mensaje de Isaías, que desplaza el acento de la privación de manjares al gesto de «compartir el pan con el hambriento». De este modo, el ayuno va unido a la tercera práctica cuaresmal: la limosna. La palabra “limosna”, que en su significado original quiere decir “compasión”, nos remite a las obras de misericordia. El Catecismo presentaba siete obras corporales, inspirándose en el pasaje de Isaías proclamado hoy y en Mt 25, 31-45 (la parábola del juicio final). Recordemos cuatro que recogen el mensaje del profeta: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, dar posada al peregrino.

    Hay una tercera clase de ayuno, que podemos llamar “ayuno del amor”. Es el de quien ama y ahora echa de menos a la persona que le han arrebatado, y cuya presencia, que tanto ha significado para la propia vida, añora intensamente. El cuerpo se acompasa con la mente y lo privamos de alimentos, para expresar el dolor de la ausencia de quien amamos. Jesús apunta con la imagen del novio al momento en que les será arrebatado a los discípulos. Si el banquete celebra la presencia de las personas amadas, o el reencuentro con ellas, el ayuno revela su ausencia: «Las lágrimas son mi pan día y noche, mientras todo el día me preguntan: “¿Dónde está tu Dios?”». Si notamos en nosotros cierto vacío de Dios, si en nuestra sociedad se advierte un olvido de Dios («Estamos sin noticias, sin noticias de esperanza..., estamos sin noticias, sin noticias de Dios»), ¿cómo no ayunar? ¡Sintamos la nostalgia del Dios vivo y verdadero!

Un saludo fraterno
Pablo Largo

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