Comentario al Evangelio del

Pablo Largo

Hoy comienza el tiempo de Cuaresma. La liturgia resalta el rito de la imposición de la ceniza. Entre otros motivos que podríamos considerar, nos centramos en él. Recordamos primero que, entre los antiguos judíos, la ceniza expresaba la conciencia de pecado y el arrepentimiento: se recostaban sobre ceniza, o se rociaban con ella la cabeza. La comunidad esperaba que Dios fuera misericordioso y le concediera su perdón y su consuelo. El rito servía también para expresar el estado de abatimiento en que se hallaban los fieles; así, el profeta Isaías habla del Mesías que viene a «consolar a los afligidos y a darles en lugar de ceniza una diadema» (Is 61,2s).

    Hay entre nosotros una expresión significativa: “renacer de sus cenizas”. Se decía del ave fénix, un animal mitológico que cada cierto tiempo (100 años, 500 años, etc.) levanta en su propio nido una pira, entona su más bello canto y se inmola prendiéndose fuego y reduciéndose a cenizas. Por don divino, volverá a nacer. Este miércoles se nos da una buena noticia: “podemos renacer de nuestras cenizas”.

    Para concretar algo más, podemos entrar en nuestro interior y hacernos estas dos preguntas: ¿qué sentimientos, qué expresiones, qué actitudes y conductas de mi vida diaria debería poner en la pira y reducir a cenizas? ¿Qué renacimientos puedo pedir a Dios que se originen en mí, o se susciten en mi familia, mi comunidad, mi entorno? Sería triste que esta cuaresma pasara “sin pena ni gloria”, es decir, sin ser camino de “muerte y resurrección”.

    La imposición de la ceniza no es un gesto mudo. Lo acompañan unas palabras que precisan el sentido que hemos de dar al rito: «conviértete y cree el evangelio». Y evangelio es precisamente esa buena noticia que nos habla, no del ave fénix, sino de Jesús, que murió por nosotros y resucitó para nuestra vida; nos habla de Dios y de su Espíritu, capaz de dar muerte a lo que llevamos de hombre viejo y de hacernos renacer a una vida más convertida, más filial y más fraterna, más “espiritual”. En ese caso, ni la cuaresma ni nosotros habremos pasado “sin pena ni gloria”.

Con un saludo fraterno
Pablo Largo

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