Comentario al Evangelio del

Pablo Largo cmf

Queridos amigos:

    Vamos a detenernos en una frase del evangelio de hoy: «Le pidieron un signo del cielo». Esta petición trae a la memoria las condiciones que ponía a Dios un ateo o agnóstico para aceptar su existencia. Decía: «Suponed que mañana por la mañana, después del desayuno, todos nosotros somos sacudidos por un trueno que hace añicos la tierra. Los árboles dejan caer sus hojas, la tierra jadea, el cielo es una llamarada, las nubes se abren, y aparece la figura inmensa y radiante de un Zeus que frunce el entrecejo y, señalándome, exclama para que todos oigan: “Ya está bien de tus teologías, llenas de sutilezas lógicas y juegos de palabras. De ahora en adelante, ten la completa seguridad de que yo, certísimamente, existo”. Y esto no ha sido un asunto privado entre el cielo y yo, sino que todo el mundo lo ha experimentado y ha oído lo que me ha dicho. No rechacemos esto como una invención caprichosa. Lo importante, desde un punto de vista conceptual, es que, si esto ocurriera, yo me quedaría completamente convencido de que Dios existe» (N.R. Hanson).

    Así habla el filósofo empirista que aguarda cómodamente arrellanado en su butaca unas apabullantes manifestaciones divinas en cielo y tierra. Parece que no conoce ciertas historias que se narran ya en el Antiguo Testamento. Dejemos a un lado la de Éxodo 19,16-20,18. Recordemos la de Elías en el monte Horeb. El Señor le dice al profeta, que había entrado en una gruta: «Sal y quédate de pie ante mí en la montaña. ¡El Señor va a pasar!». Pasó primero un huracán, pero el Señor no estaba en el huracán; al huracán lo siguió un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto; al terremoto lo siguió un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego. Al fuego siguió un ligero susurro. Elías, al oírlo, se cubrió el rostro con su manto y, saliendo afuera, se quedó de pie a la entrada de la gruta, donde el Señor mantuvo un diálogo con el profeta consumido por el celo del Señor todopoderoso (1 Re 19,11ss.).
También podemos recitarle a Hanson unos versos del poeta Rainer María Rilke:

No puedes esperar que vaya Dios a ti
para decirte: “Existo”.
Un Dios que revelara su fuerza
no tendría sentido.
Debes saber que Dios te atraviesa
como un soplo, desde el origen.
Y si arde tu corazón y nada expresa,
entonces es que actúa dentro de ti.

    En fin, nuestro filósofo agnóstico haría bien en contemplar la historia de Jesús y la abundancia de señales que daba a los que quisieran ver; haría bien en acercarse a la vida de los santos. Si también en nosotros hay un Hanson agazapado, en lugar de señalarle condiciones a Dios y de esperar que venga a decirnos; “Existo”, exploremos con corazón abierto las señales que él mismo nos ha dejado: las hojas que brotan de los árboles, el fuego del Espíritu que arde en los santos, el esplendor de la verdad y el amor de Jesús.

Vuestro amigo
Pablo Largo cmf

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