Comentario al Evangelio del

Fernando Torres, cmf

El mundo del revés

      Hay Iglesias en las que se encuentran placas que recuerdan el nombre de los que donaron los bancos o contribuyeron a la construcción o a las obras de renovación. En muchas de ellas, figuran con letras más grandes lo que donaron más dinero. El orden de precedencia en nuestra sociedad, también en nuestra iglesia, es muy importante. No es lo mismo un ministro que un director general como no es lo mismo un obispo que un arzobispo o un cardenal que un diácono. Nuestro mundo tiene orden y jerarquía. Unos están arriba y otros están abajo. Los que están arriba suelen reír y tener muchos más posibles que los que están abajo. A estos les toca llorar y pasar más penurias. Siempre ha sido así y parece que siempre será.
      Todos los intentos para cambiar este orden de las cosas han sido inútiles. La historia se ha terminado comiendo a los revolucionarios. Como dice el corrido mexicano: “mi padre fue peón de haciendo / y yo revolucionario / mis hijos pusieron tienda / y mi nieto es funcionario.”

Darle la vuelta al mundo
      Jesús es de los que cree que las cosas pueden cambiar. Su experiencia de Dios, su relación profunda con el Abbá, le dice que otro mundo es posible y que vale la pena trabajar por él. De ahí sus palabras en el texto evangélico de este domingo. La primera parte de su discurso nos suena mejor. Son las bienaventuranzas: una serie de bendiciones. Ya las conocemos. Hablan del amor de Dios a los más marginados, a los más pobres, a los que les ha tocado la peor parte en este mundo.
      Lo que nos cuesta encajar más es la segunda parte de su discurso: las maldiciones. ¿Cómo es posible que Jesús pronuncie esas palabras de condena hacia los ricos, los que están saciados, los que ríen y los que son reconocidos por los demás? No era necesario. Algún psicólogo quizá nos hablaría de un deseo inconfesado de revancha, de venganza, contra aquellos a los que, sin culpa suya, les ha tocado la parte buena de este mundo. Quizá habría que recordarle a Jesús aquello de que “los ricos también lloran.”
      No hay que darle vueltas. Las palabras de Jesús no se ajustan a nuestra forma de pensar. Somos nosotros los que debemos escuchar atentamente y con el corazón abierto lo que Jesús nos dice por más sorprendente que nos pueda resultar. Jesús pronuncia bendiciones y maldiciones. Hay unos que son los preferidos de Dios y otros a los que Dios aleja de su presencia. Hay que subrayar que los criterios de Dios son precisamente los opuestos a los que  usamos habitualmente en la Iglesia y en la sociedad.

El Reino es para todos
      Aquellos a los que se maldice tienen en todo caso una vía de escape. Lo primero es hacer el esfuerzo de salir de su cómoda situación para acercarse a los preferidos de Dios. Quizá así puedan recoger alguna de las migajas que caen de la mesa del banquete del Reino. Porque algunos no han visto nunca la realidad de la pobreza. Entre ellos y esa realidad siempre han estado por medio los cristales tintados de sus coches o las gafas de sol bien oscuras, que los impiden ver más allá de lo que quieren ver.
      Más todavía. No es imposible que los que se sienten saciados encuentren el pan y el vino que son el verdadero alimento que da Vida. Pero para ello tienen que hacer también algunas renuncias. Tienen que llegar a sentir hambre y sed de verdad. Tienen que dejar de poner la confianza en  sus bienes y empezar a ponerla en el Señor y nada más que en el Señor, como también nos dice el profeta Jeremías. Y abrir la mano y los ojos para compartir lo que tienen con sus hermanos y hermanas, con esos que son los preferidos de Dios –aunque ellos mismos no lo sepan en muchas ocasiones–.
      Hoy las palabras de Jesús son un aldabonazo en nuestras conciencias. ¿Dónde estamos? ¿Dónde queremos estar? ¿Dónde encontraremos la verdadera Vida? Porque Jesús no quiere el mundo como está sino del revés, como lo quiere su Abbá.

Fernando Torres Pérez, cmf
fernandotorresperez@earthlink.net

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