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“¡Yo no me avergüenzo del Evangelio!” (Rm 1,16)

J. Rovira, cmf. -
Cuando san Pablo escribió esta frase a los romanos (Rm 1,16), sabía muy bien lo que le costaba: tensiones con sus connacionales judíos que consideraban la fe en Cristo un escándalo y con los gentiles que la veían como una locura (1Cor 1,23); peligrosas aventuras misioneras (2Cor  11,23-33)... Y no es que pecara de optimista ni esperara éxitos estruendosos: “... Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos” (1Cor 9,22). 

Todo esto me ha venido a la memoria viendo la situación actual de la comunidad cristiana en muchos lugares (incluída Roma) y cómo puede ser en el próximo futuro. Una situación (la del pasaje de “cristiandad” a “diáspora”, como se dice hoy día) que había sido ya pronosticada con tiempo por el ojo avizor de algunos cristianos profundamente convencidos de su fe y, al mismo tiempo, buenos conocedores del mundo en que vivimos. Textos que parecen escritos, no hace decenas de años (y me voy a limitar a escritos de aquel entonces), sino ayer, por no decir en el periódico de esta mañana... Voy a citar solo algún ejemplo.

Escribía el filósofo E. Mounier en 1947: “El cristianismo no está amenazado por herejías: ya no apasiona tanto como para eso. De lo que está amenazado es de una especie de apostasía, fruto de la indiferencia ambiental y de su propia distracción. Estos signos no fallan: la muerte se acerca. No la muerte del cristianismo, sino la muerte de la cristiandad occidental, feudal y burguesa. Una nueva cristiandad nacerá mañana o pasado mañana con nuevas capas sociales y nuevos injertos extraeuropeos. Lo que tenemos que hacer es no ahogar a ésta con el cadáver de aquélla (...). Según mi parecer, cuanto más atentamente examino la realidad inicial del cristianismo, comparándola con la realidad del cristianismo moderno, más me convenzo de que todos juntos volveremos a encontrar la verdadera fe solo después de una caída tan general de la cristiandad moderna que muchos pensarán que ha llegado el final del cristianismo”...

En 1959 advertía el gran teólogo K. Rahner:Es un hecho que –quizá aparte del mundo ibérico (¿?)- ya no hay países cristianos. En cualquier lugar del mundo y en cualquier lugar con relación al mundo, el cristianismo está en situación de Diáspora, según unos grados variables, claro está. Efectivamente, en todas partes constituye una minoría numérica, al menos si hablamos de un cristianismo verdaderamente vivido (...). Incluso se puede decir que estamos sin la menor duda en un período en que este proceso va a intensificarse más aún (...). La cristiandad de tipo rural e individualista que caracterizaba la Edad Media y los tiempos modernos está en vía de desaparición según un ritmo de aceleración creciente, precisamente porque las causas generadoras de este proceso en Occidente siempre están en activo y no han agotado su eficacia. (...). El cristiano del futuro o será un místico, es decir, una persona que habrá experimentado algo, o no será cristiano”. Y, respecto a la situación de muchos en la Iglesia, recordaba las palabras de san Agustín, en pleno siglo V: “La Iglesia no tiene muchos de aquellos que Dios tiene, y Dios no tiene muchos de aquéllos que la Iglesia tiene”.

A este propósito, el teólogo alemán se preguntaba: “¿Nos llevará esto a una actitud de resignación y de derrotismo? No, todo lo contrario (...). Tengamos valor para renunciar de una vez a defender viejas fachadas detrás de las cuales no hay  nada, o muy poco; abandonemos la idea de mantener en y ante la opinión pública la ilusión de que el cristianismo es lo-de-todo-el-mundo, la idea de conseguir records de bautismos, de bodas y de extremaunciones, cuando en esto puede no haber, yendo al fondo de las cosas, sino un triunfo de la tradición, de la costumbre, del medio de origen, pero no de una fe auténtica y de una convicción salidas de las profundidades de la persona. Al adoptar tal actitud, libraremos al cristianismo, a los ojos de todos, de la impresión que da de garantizar todo lo que esconden esos gestos pseudo-cristianos; lo liberaremos de la impresión que da de ser por naturaleza el barniz religioso que cubre la vida de todos, de no ser más que una religión de carácter colectivo, análoga a las modas que se imponen desde el exterior a la masa de las gentes. Si llegásemos a esto, entonces, liberados de todo, nos mostraríamos capaces de un verdadero valor misionero, y de una confianza apostólica cuyo motivo radicaría en ella misma”. 

Y en 1970 escribía el entonces joven profesor, J. Ratzinger: “De la Iglesia de hoy saldrá también esta vez una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña; deberá comenzar completamente de nuevo. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en la conyuntura más propicia. Disminuyendo el número de sus adeptos, perderá muchos de sus privilegios en la sociedad. Ella misma deberá presentarse –de forma mucho más acentuada que hasta ahora- como comunidad voluntaria, a la que se llega solamente por una libre decisión (...). Será una Iglesia interiorizada, que no reclamará su mandato político y coqueteará tan poco con la izquierda como con la derecha. Será una situación difícil (...). Pero, después de esta prueba surgirá con gran fuerza una Iglesia interiorizada y simplificada (...). Me parece seguro que para la Iglesia vienen tiempos muy difíciles. Su crisis auténtica todavía no ha comenzado. Hay que contar con graves sacudidas”.

Desde el punto de vista histórico no es una novedad: basta recordar que durante los primeros siglos los grandes centros cristianos estaban en la actual Turquía, en el norte de Africa y en el Medio Oriente..., de los cuales hoy día no quedan más que minúsculos grupitos dispersos. El Patriarcado de Constantinopla fue el centro del mundo cristiano ortodoxo durante siglos, anclado en la “segunda Roma”, después de que la primera había perdido importancia política y social; hoy día es una pequeña isla cristiana en medio de un mar musulmán. ¿Va a suceder algo parecido en el próximo futuro en Europa, en Italia, en Roma...? ¿Va a ser de nuevo el mundo musulmán –como sucedió hace siglos- quien indirectamente ayude a despertar a mucho pueblo cristiano, adormecido o paganizado? No lo podemos excluir.

Ciertamente debemos continuar siendo misioneros y anunciar “a tiempo y a destiempo” (2Tim 4,2) el mensaje de Cristo, pero superando la “pasión” por los números, las encuestas y la mentalidad empresarial, como si la Iglesia fuera una especie de “multinacional del producto cristiano”, encargada de “producir” nuevos cristianos y de “mantener en buen estado” los que ya lo son. Aunque el resultado (“algunos”, 1Cor 9,22) nos parezca desproporcionado al esfuerzo y entusiasmo que le hemos puesto. Pero, como escribía san Pedro: “... siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza. Pero hacedlo con dulzura y respeto” (1Pe 3,15-16). Con el gozo, el entusiasmo y la humildad de sentirnos –como Pablo y Apolo- simples “colaboradores” de Dios, no amos de su gracia ni de su Iglesia (1Cor 3,5-10). Hace unos años me preguntó mi madre: “¿A cuántos has convertido desde que fuiste ordenado sacerdote?” (fui ordenado en 1968). Ante mi respuesta: “A nadie”, mi madre quedó a decir poco estupefacta: “Entonces, ¿qué has hecho durante todo este tiempo?”. Le repliqué: “Mi misión no es la de convertir: esto es obra de Dios y fruto del diálogo entre El y cada persona humana; a mí se me pide que viva coehrentemente, testimonie, anuncie, facilite, acompañe, no entorpezca sino que favorezca..., en fin, colabore –come decía san Pablo-; pero, no puedo hacer más, y por lo tanto no se me va a pedir más, ¡que ya es muchísimo para mi fragilidad humana!”. 

Ha llegado la hora de no perder tiempo en discusiones y detalles secundarios o formalísticos (¡una tentación siempre al acecho, también hoy!), sino de volver a lo esencial, a lo que es verdaderamente importante, conscientes de que tenemos que ser sal de la tierra (Mt 5,13), aunque no sirve mucha para dar sabor, lo importante es que sea buena; levadura en la masa (Mt 13,33), pero basta poca para hacer fermentar toda ella, si es como debe ser. Tenemos que ser semilla; sabiendo que incluso de una, aunque pequeña, si está llena de vida puede salir un árbol grande (Mt 13,31-32). Y el grano de trigo tiene que morir si quiere dar lugar a una nueva planta y a nuevas espigas (Jn 12,24).

Por eso me gusta releer un documento de hace dieciocho siglos (¡!) y que parece escrito ayer; es la llamada “Carta a Diogneto”, de finales del siglo II: “Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto (...). Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte; siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho. Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo (...). Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo...”.  El cristiano no es un extraterrestre ni un asocial; vive con los pies bien apoyados en el suelo, pero con los ojos hoteando siempre el horizonte, “como quien ve lo invisible” (Heb 11,27).

Hay un proverbio italiano que dice: “Roma veduta, fede perduta” (vista Roma, perdida la fe); hace referencia a las cosas “humanas” de los cristianos también por estas latitudes. Después de casi 44 años de vivir en Roma (llegué el 18 de septiembre de 1964), y haber visto y oído muchas cosas buenas y otras no tanto, me parece que quien pierde la fe en Roma demuestra que la apoyaba fuera de sitio: su fundamento es Cristo y su Evangelio, y no nosotros, pecadores contínuamente necesitados de perdón. Yo cambiaría el proverbio: “Roma veduta, fede purificata” (¡eso sí!). Me recuerda lo que a veces digo a quienes vienen por aquí y da la impresión de que apoyan su fe en la belleza y monumentalidad de la Basílica y Plaza de San Pedro: “Si llegara un día en que, debido a un atentado, un terremoto, una guerra..., este monumento desapareciera, sería una gran pérdida artística, histórica, humana y hasta  un cierto punto religiosa (en lo que tiene de testimonio de fe); pero, la comunidad cristiana, Cristo y su Evangelio, continuarían siendo exactamente los mismos. De hecho lo que Uds. admiran existe solo desde hace cuatro o cinco siglos; a lo largo de la mayor parte de la historia de la Iglesia, este monumento no ha existido, pero la Iglesia sí”.  Esta respuesta tal vez resulta casi traumática para alguien, cuando en realidad es simplemente obvia, ¿o no?

En fin, lo decisivo no es tempestad sí o tempestad no, sino que el Maestro esté en la barca (Mt 8, 23-27). Duele que haya quien se retire, pero lo que cuenta es tener la valentía de quedarse con Él (Jn 6, 66-69). Nosotros tenemos siempre prisa, Dios no (Mc 4, 26-29); Él –como ya nos previno- de una pequeña semilla puede sacar de nuevo un árbol grande (Mc 4, 30-32). Por eso, suceda lo que suceda, a mi me toca no avergonzarme del Evangelio; y, efectivamente, con la ayuda de Dios, no me avergüenzo.

Arrivederci!

J. Rovira, cmf.  
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