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Yichang, una diócesis bajo el agua

Ángel Villarino - IVICOM -
    BANGKOK- Al nuevo obispo de Yichang, en China, le ha tocado dirigir una diócesis que dentro de poco se encontrará varios metros debajo del agua. Monseñor Lu Shouwang se ha puesto al frente de una comunidad de 30.000 católicos que viven en la región donde se está construyendo la Presa de las Tres Gargantas, la más grande del mundo, un proyecto faraónico con el que el Gobierno chino pretende abastecer de electricidad a decenas de millones de personas.
Cuando en 2010 finalicen las obras, 140 ciudades y 4.000 pueblos quedarán sumergidos bajo el agua. Y con ellos, las casas y templos de los católicos de esta región, obligados a emigrar a otras ciudades junto con el resto de los cerca de 6 millones de chinos (algunos informes hablan de 10) que tendrán que abandonar sus casas. No les espera, además, un futuro prometedor. Según el Banco Mundial, cerca del 50 por ciento de las personas desahuciadas por la fuerza en China acaban sumidas en la «pobreza extrema» menos de un año después.
Lu Shouwang, que como el resto de los obispos oficiales chinos cuenta con el visto bueno de Pekín, no ha podido olvidar la injusticia que trae de la mano el desarrollismo acelerado impuesto por el Gobierno. Hace un par de días anunció que incluirá el dibujo de las Tres Gargantas dentro del escudo episcopal, para dejar testimonio del «profundo cambio». Además, ha ordenado habilitar decenas de centros de rezo al lado de los campamentos de los desplazados y en las ciudades limítrofes, para que los católicos de la diócesis puedan seguir practicando su fe.
Monseñor Lu fue nombrado el 30 de noviembre, convirtiéndose en uno de los primeros obispos chinos beneficiados por la distensión protagonizada entre el Vaticano y el Gobierno de Pekín después de la carta reconciliadora de Benedicto XVI. Y es que, desde finales de este verano, varios obispos oficiales chinos cuentan con el visto bueno del Vaticano.
En este país se venía produciendo desde hacía décadas una separación entre la Iglesia clandestina, que promete obediencia al Papa y otra estatal, que sigue los principios dictados por el Gobierno, en un auténtico sometimiento en el que los funcionarios del Partido se permiten incluso nombrar obispos. Benedicto XVI decidió suavizar las tensiones para evitar un «cisma» y para aliviar el sufrimiento de los católicos que se debaten entre la persecución y la ortodoxia. Así, desde hace unos meses el Vaticano reconoce a algunos obispos, a los que previamente estudia durante meses.
Uno de ellos es monseñor Lu, que no ha elevado una crítica directa contra los desplazamientos masivos provocados por el Gobierno chino, pero sí ha asegurado que las obras «van a cambiar el rostro de su diócesis». Su verdadera misión será guiar espiritualmente a estos 30.000 católicos, en su mayoría campesinos, que están emigrando hacia las ciudades en busca de trabajo, dejando atrás sus raíces y su identidad. «La pastoral de toda esta población emigrante será un desafío importante», afirmó.

El Gobierno chino mantiene la persecución

La Policía china arrestó ayer a 270 protestantes, acusados de haber participado en un «encuentro ilegal» en el distrito de Hedeng. En realidad estaban congregados leyendo la Biblia. De los detenidos, 150 siguen en la cárcel y el resto se vieron obligados a pagar 30 euros como «impuesto de liberación». Según testigos, la redada fue «violenta y veloz». Los agentes, armados como antidisturbios, acudieron en vehículos blindados. La asociación «China Aid» denunció ayer el hecho, una gota en el océano de atropellos que sufre la libertad religiosa en este país. Al igual que ocurre con los católicos, también los protestantes se organizan por su cuenta en comunidades clandestinas, que conviven con la rama «tutelada» por el Gobierno. En total son casi 10 millones.
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