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¿Y si la Navidad fuera otra cosa?

Josep Rovira, CMF -
 Estamos acabando o hemos apenas acabado de celebrar las Fiestas de Navidad, Año Nuevo y Reyes. Lo vivido aquí en Roma (y supongo en otras muchas partes) me ha sugerido esta reflexión, que dejo a vuestra consideración.

Uno de estos últimos días, y en vistas de la Nochevieja, la televisión italiana ha transmitido  una serie de entrevistas. Me ha sorprendido, por una parte, y me ha hecho sonreir irónicamente por otra, el hecho de que muchos hayan hablado del “stress” (así decían) que causan estas fiestas... ¿No será una contradicción? ¿Celebrar una fiesta no debería más bien relajar, dejar reposar, en vez de cansar todavía más? Y no hablaban solamente del “cansancio” económico que suponen, sino del cansancio físico, psicológico... Varios incluso dijeron, a propósito de la última noche del año: “¿Por qué hay que divertirse por fuerza? ¿Es que está mandado..., y está mandado divertirse de la manera que te digan...?”. Hay que divertirse, no sólo “porque” lo hacen todos, sino “como” lo hacen todos. Y no es que quien escribe estas líneas esté en contra de hacer fiesta, sino el “tener que” hacerla y de “la manera” que te digan. Si Uds. se han tomado la molestia de leer el último  artículo que escribí, lo podrán constatar (“Se acabó la juerga, ¡viva la fiesta!”). La fiesta forma parte de la experiencia humana; también Dios “hizo fiesta”, descansó, bendijo y santificó la fiesta, después del trabajo de haber creado el mundo, nos dice poéticamente la Biblia (Gen 2, 2-3).

¡Hay que ver lo difícil que es ser libres, no ser súcubes de la propaganda, del mercado, de hacer “lo que hacen todos como lo hacen todos” o de pensar “como dice la tele”... (Éste nuevo “Denzinger” de los tiempos posmodernos)...!  Pero, hay quien lo logra. Una pareja de amigos míos romanos se casaron y me pidieron que bendijera su matrimonio. Ella vistió un vestido alegre, con suaves dibujos rosados y falda corta; él un traje nuevo, pero que iba a usar a continuación en los días de fiesta. Les felicité por su “originalidad” y su libertad. Efectivamente, ¿quién ha dicho que la novia tiene que ir a la ceremonia y al banquete gastando un capital por un vestido blanco y largo con cola que no va a poder usar nunca más? Otros amigos, no sólo se casaron vistiendo simplemente un vestido nuevo, sino que la comida fue un “picnic” sentados en un prado, junto a una pequeña capilla al borde de un bosque que habían frecuentado muchas veces ellos dos de excursión o con sus amigos. El padre del novio (un abogado romano relativamente famoso) pasó un serio disgusto...; pero su hijo y la novia le dijeron que era “su” fiesta, no la de sus padres. Unos primos míos se casaron; se presentaron los dos juntos en la Iglesia (no por separado, como suceder de ordinario, llegando el novio una hora antes, sudando y moviéndose contínuamente roído por los nervios...), y conduciendo él el viejo “seiscientos” en el que se habían ido conociendo y madurando su futuro matrimonio: ¡todo un símbolo! ¿Por qué tenían que gastar un dineral alquilando un coche de lujo, propiedad de un desconocido, y en el que no iban a poder subir nunca más? ¡Qué difícil es ser libre!

Otro ejemplo de falta de libertad, según mi parecer es (al menos en muchos casos) el siguiente. Cada vez hay más postales navideñas en que ni hay un símbolo religioso ni la típica expresión “¡Feliz Navidad!”. Uno se limita a comprar o a enviar por correo o internet un dibujo o una foto con un diseño polivalente o un banal “papá noél” (que a mí me parece francamente infantil y ridículo) y un impersonal “¡Felices Fiestas!” (¿cuáles?; no se dice). ¿Es que se avergüenza uno de hacer ver que la Navidad es fiesta porque celebramos el nacimiento del Salvador? ¿o será –como se dice hoy día- para no herir la sensibilidad de quien no es cristiano? Si un amigo musulmán me envía una felicitación anunciándome una de sus fiestas religiosas, me alegro por él y con él, y le felicito porque sé que responde a sus convicciones y eso le hace feliz: su alegría me alegra. Se dice que estamos en la sociedad de la apertura, de la libertad, de la acogida mutua, del respeto del otro como es..., ¿o del miedo, por parte de algunos? Yo creo que, en el caso de no pocos cristianos, se trata simplemente de miedo o de seguir pasivamente lo que ofrece el mercado,  y basta.

¿Y si la fiesta de Navidad-Reyes fuera otra cosa, antes y más allá de esta riada de compromisos obligatorios y de regalos hechos por fuerza y no pocas veces más o menos de mala gana? Sí, ¡la Navidad es otra cosa!, como nos ha dicho en una de sus homilías Benedicto XVI. La Navidad es ciertamente un don, un regalo. Es el “regalo” que el Padre nos ha hecho y que en estos días celebramos: “Tanto amó Dios al mundo que dio –regaló- su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca...” (Jn 3, 16). Y, como consecuencia, nos invita a “regalarnos” los unos a los otros, a pensar los unos en los otros, a preocuparnos los unos por los otros, a acogernos mutuamente; en una palabra, como decía san Juan en la lectura de su primera carta los días pasados: “Queridos, si Dios nos ha amado de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros...” (1Jn 4, 11).

Los regalos, más o menos sencillos o valiosos, que nos hemos hecho en estos días pasados, o las comidas extras, tienen un sentido si expresan, no que somos súcubes del mercado, sino lo que hay en nuestro corazón; en una palabra, si traducen algo que no se ve: el amor por la familia, los amigos, los más necesitados... De lo contrario son sólo esclavitud, someterse –¡porque uno quiere!- a las leyes de algunos que nos explotan. Son -¡deben ser!- el símbolo visible del amor que nos tenemos, expresión de la gran alegría que se nos desborda por aquel “Regalo” que el Padre nos hace: su Hijo. La Navidad es una realidad espiritual y material, invisible y visible, porque las personas somos ambas cosas: es el don del tesoro de un Niño en la vasija de barro de nuestra realidad creatural humana (cfr. 2Cor 4, 7); “un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”, que llora en una cueva de las afueras de Belén porque está vivo y tiene hambre; y sobre todo es la señal de “una gran alegría: nos ha nacido un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 10-12).

¡Feliz Año Nuevo!
J. Rovira, CMF
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