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¿Y qué es la verdad?

José Cristo Rey García Paredes, cmf -
Estamos en un momento en el cual unos se acusan a otros de mentirosos: ¡usted no dice la verdad! ¡Lo que usted dice contiene errores… errores serios! Para defender a la verdad… nos vemos en la obligación de condenar lo que usted dice, de acallar su voz!
Muchos se preguntan, todavía hoy, como Pilato: ¿Y qué es la verdad? Apenas se habla de ella. Sentimos una espontánea rebeldía ante el dogmatismo, ante la ortodoxia intransigente. Somos sensibles a lo alternativo en esta cuestión. Sentimos curiosidad por recorrer los caminos que durante tanto tiempo fueron o siguen siendo oficialmente vedados. La apertura de la mente a los caminos prohibidos nos ha hecho descubrir que la verdad no es tanta verdad, que la falsedad no es tanta falsedad. Estamos llegando, -si no hemos llegado ya- al exceso burgués de buscar -tal vez con exagerada curiosidad- aquello que es más verdadero que lo verdadero, o más falso que lo falso. Ahí están las piruetas informativas, el comentario del comentario, la teología como espectáculo. No nos contentamos con la simple verdad. Necesi-tamos un super-espectáculo: la verdad más verdadera que lo verdadero, la falsedad más falsa que lo falso. Es como si no nos bastaran los millones y millones de ideas recogidas por la gran tradición del pensamiento. Queremos ser originales: y para eso, ¡sólo nos queda el exceso!

La pregunta de Pilato

¿Qué es la verdad?, preguntó Pilato a Jesús. ¿Qué es la verdad? nos seguimos preguntando en nuestro tiempo, como si fuéramos un Pilato colectivo. Tampoco nos interesa demasiado la respuesta. Es una pregunta que no nos va a hacer cambiar de conducta. Es tal vez un pregunta curiosa. Mantener esa indefinición ante la verdad, hace indefinido y ambiguo nuestro compromiso. Uno puede lavarse las manos.

¿Qué es la verdad? Los filósofos clásicos, los filósofos cristianos, nos decían que cuando nuestro lenguaje o nuestra forma de actuar expresan algo que es tal como se comporta en la realidad, o cuando nuestro entendimiento capta adecuadamente aquello que entiende (está en conformidad con la realidad que quiere entender), entonces acontece la verdad. Más aún, afirmaban que el fundamento de la verdad intelectual y moral es la capacidad que tiene todo lo que existe de descubrirse y manifestarse en sí mismo a la mente humana: esa es la verdad que se confunde con todo lo que es. Todo lo que existe es, a su vez, verdadero, porque depende de la verdad por antonomasia: el principio absoluto de la realidad.

Hoy, sin embargo, -después de la ilustración, de la modernidad-, en este momento del pensamiento débil, de la fragmentariedad posmoderna, de ese vago sentir común que podríamos definir como democracia de las verdades, este tema no está tan claro como el pensamiento clásico suponía. ¿Es tan fácil captar la realidad? ¿Es tan diáfana la realidad como para ser definida como auto-manifestación de lo que ella es? ¿No es la realidad opaca y misteriosa? ¿No está condicionado nuestro pensamiento por nuestro «ego», por sus pasiones, sus intereses, sus condicionamientos? ¿No tenemos a veces una visión muy parcial de las cosas, de tal manera que una visión más amplia haría nacer en nosotros conceptos distintos? Hay mucha ingenuidad, excesiva ingenuidad -o tal vez apresuramiento acrítico- en quienes leen o interpretan la realidad, la historia, los hechos sociales sin someterse previamente a una auténtica catarsis o purificación intelectual y vital, a un auténtico discernimiento en el espíritu, sin cuestionarse su perspectiva, su punto de vista.

La verdad en juego y danza

La verdad no se contempla. Se construye. Se percibe cuando uno entra en el juego ecológico de las ideas y de su relación sorprendente y pluriforme con otras ideas y con lo que acontece.

Cuando uno, en medio de ese juego impresionante, es capaz de ir concibiendo conceptos siempre abiertos, siempre vivos. Para la filosofía clásica conocer consistía en representar una realidad-dada-desde-afuera; para la ecología del espíritu, conocer es construir la realidad que se piensa, que se va descubriendo. El pensamiento ecológico percibe toda unidad viviente en el contexto de su propio ambiente que también co-evoluciona. También las ideas y los conjuntos de ideas han de ser percibidas en el contexto más amplio que les da sentido: cada idea singular vive y tiene sentido únicamente dentro de un mundo o más mundos de ideas cada vez más amplios; los cuales, a su vez se alimentan de las ideas singulares que los hacen posibles.

«Las ideas nunca vienen solas. Juegos sutiles de interacciones y de coevolución emparentan unas ideas con aquellas a las que se asemejan, y las diferencian de otras contra las que chocan. Las ideas están en danza, más que en un arca o en marcha uniforme. Están en danza sin guión previo, sin maestro de ceremonias. Las ideas están en danza creadora» (Mauro Ceruti).

Decir la verdad

No siempre decimos la verdad; tal vez por miedo, recelo o cobardía. Ocultamos la verdad que no es dado contemplar, o la oscurecemos, o tal vez la maquillamos o limamos sus aristas, o la presentamos ambiguamente confundida entre otras verdades. Nos cuesta colaborar en la construcción de la verdad. Introducirnos en la danza ecológica de la verdad. No es fácil ser un buen aliado de ella. Por muchas razones. Decir la verdad al otro, la corrección fraterna, la transparencia en las relaciones entre las personas es asignatura pendiente. Estamos rompiendo el equilibrio ecológico de la verdad, e introduciendo en el ambiente verdades a medias, degeneradas, impotentes para impulsar lar vida. Podría llegar un momento en que nos sintiéramos situados en la ecología de la mentira, en un ambiente falseado, en el desierto del error.

«Así como existe una ecología de las malas hierbas, existe una ecología de las malas ideas» (Gregory Bateson).

Hasta en la Iglesia, precisamente en la Iglesia, pueden crecer las malas hierbas. Estamos llamados a decir la verdad, a vivir en la verdad, a ser testigos de la verdad. Pero ¡qué difícil nos resulta conseguirlo! ¿Somos testigos de la verdad ante nuestros superiores eclesiásticos? ¿Somos capaces de tratar los problemas reales que nos aquejan, diciendo toda nuestra verdad, o nos reservamos, disimulamos para no herir, para no comprometernos? El mundo de la crítica, de la murmuración, crece en la medida en que falta la valentía para ser transparentes y entrar en la danza de la verdad.

El amor que anula la alternativa

No se puede decir la verdad de verdad, encontrar la verdad sin amar. Amar es volcarse sin calcular las consecuencias en la danza de la comunión. Ese amor hace la verdad más verdadera.  Proclamar la verdad sin amor, la hace mentirosa, le introduce un elemento distorsionante. ¿Es posible ver la verdad del otro sin amarle? ¿No es el amor, el arma para descubrir la verdad?
O falta amor o falta verdad, pero en muchos casos vivimos sin saber a qué atenernos. Nos falta esa fuerza crítica capaz de hacernos vivir en la verdad. La contraposición ortodoxia-herejía, verdad-falsedad nace de no entender la verdad como danza de comunión. Hemos de renunciar al criterio ortodoxia-herejía, no por ser liberales, sino porque creemos en la ecología de la verdad.

Hacernos vulnerables a la verdad de los otros es importante. Nuestra pequeña y parcial verdad, volcada sobre los demás, nos hace colaboradores en la construcción de la verdad. Nuestra verdad es un concepto, una realidad que concebimos en la comunión y para la comunión, en danza y para la danza.
Decirnos la verdad que sentimos, que apreciamos en la vida ordinaria es una rara virtud. Lo hacen los desconsiderados o quienes tienen la verdad o libertad del Evangelio. ?No parece a veces un sueño poder decir todo lo que pensamos? Decir la verdad es entrar en danza ecológica. No sabemos el efecto que producirá. La introducción de un elemento positivo en el entramado de la vida, irá poco a poco purificándola, aunque la principio cree o produzca desconcierto. La introducción de muchos elementos positivos en el entramado social, lo saneará con el tiempo.

Dijo la verdad... era la Verdad

Jesús estaba lleno de verdad, y en él nos llegó. Su verdad entró en el desierto del error y quisieron  matarlo. «Yo os digo la verdad», decía a sus discípulos. «He venido para dar testimonio de la verdad y todo el que es de la verdad escucha mi voz», decía a sus enemigos. Por eso, podía repetir tantas veces: «En verdad, en verdad os digo...». Jesús es la Verdad. Ante El, Pilato se preguntó: ¿Qué es la verdad? sin esperar respuesta.

El Espíritu de Jesús es el Espíritu de la Verdad. En cambio, el mal espíritu, Satanás, es padre de la mentira. Quien es de Jesús participa de su Espíritu, es un hombre o una mujer en quien no hay engaño, es alguien que hace la verdad actuante. Todo discípulo amado de Jesús testimonia, dice la verdad. Quien conoce la verdad es libre. Al Padre sólo se le adora cuando uno está instalado en la danza de la verdad.
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