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XVII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo A

Angel Moreno -

(1 Re 3, 5.7-12; Sal 118; Rm 8, 28-30; Mt 13, 44-52)

Hoy, en las lecturas de la Liturgia, aparecen las palabras tesoro, perla, dinero, oro, riquezas, que siempre son términos halagadores, símbolo de poder y de felicidad.
El refrán castellano cifra la felicidad en tener salud, dinero y amor, y la letra de una canción, repetía “todos queremos más”. La naturaleza aspira a poseer, pues con ello siente seguridad. Si no se está atento, el afán por el dinero o por los bienes se convierte en obsesión y cabe que llegue a patología, por no decir a imperio instintivo, que afecta al corazón y lo vuelve avaro, egoísta, tacaño.

Frente al deseo desmedido de riquezas, cabe estimar otros valores. El joven rey Salomón, en su plegaria de inicio de reinado,  pide a Dios sabiduría: “Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien”. La súplica conmovió a Dios, porque  no deseaba ni riquezas ni la muerte de los enemigos, y le concedió lo que pidió y aun lo que no pidió. En el salmo interleccional encontramos la reacción creyente más adecuada: “Más estimo yo los preceptos de tu boca, que miles de monedas de oro y plata. Yo amo tus mandatos, más que el oro purísimo; por eso aprecio tus decretos, y detesto el camino de la mentira”.

El conocimiento de lo que Dios quiere, encontrar la propia vocación, el seguimiento de la voluntad divina son los verdaderos tesoros, porque de ello va a depender la felicidad más permanente.

Jesús nos lo confirma en el Evangelio: -“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un comerciante en perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra”.

La enseñanza del Maestro tiene un paralelismo con aquella otra, donde Él mismo afirma: “El que quiera ser discípulo mío que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga”. “Si quieres ser discípulo mío, anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, ven y sígueme”. A lo largo de la historia, ha habido muchos santos que han llevado a la practica esta enseñanza y se han convertido en los verdaderamente ricos; a ellos se les han abierto los tesoros del Reino de los Cielos.

San Pablo nos da una consigna para que todo llegue a ser bendición: “A los que aman a Dios todo les sirve para el bien”.

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icono comentarios 2 comentarios

Comentarios

Blanca. Blanca.
el 24/7/11
Muchas cosas dejamos en el camino por mantenernos firmes en el amor a Dios, ese tesoro que a nada se puede comparar. La compensación del "ciento por uno" la percibo en todos los momentos de mi vida. ¡Que suerte!
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oscar II oscar II
el 26/7/11
verdaderamente es difícil en la vida, dependiendo de las circunstancias vividas, el desprendimiento de lo material, es mucho mas doloroso el desprendimiento de lo que nos hace creer en quienes somos como persona, y eso nos da una falsa seguridad, por eso lo que mas nos cuesta es el desprendimiento de todo aquello que nos dibuja una realidad inexistente, y burda.
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