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Vivir en esperanza desde la novedad radical del evangelio

Juan Antonio Estrada. Revista Vida Religiosa -

Hablar de la novedad del evangelio en nuestra vieja sociedad cristiana puede ser el resultado de una mera costumbre o de un eslogan vacío de contenido. ¿No están nuestros contemporáneos cansados de oír hablar de él? ¿Qué puede decir el evangelio a cristianos viejos, que ya han pasado por la muerte cultural de Dios; que asisten desencantados a la desmitificación de la Iglesia, aturdida por escándalos financieros, sexuales y políticos; y que contemplan el desinterés de la gen­te joven por lo religioso y lo cristiano?

El realismo crudo se impone a la esperanza y el de­sencanto desmiente las expectativas de otros tiempos. ¿Qué ocurre en nuestras sociedades y por qué reina tanto desencanto? Cuanto más ricos somos, parece que menos entusiasmo e ilusión tenemos. ¿Qué nos falta para ser felices?

La novedad del evangelio

Jesús surgió en un momento histórico de cambio, como el nuestro, en un pequeño país inmerso en una crisis cultural, económica y política sin precedentes. La helenización del judaísmo, su integración en el imperio romano, y la lucha por preservar el espíritu nacional generaron el conflicto. Este se consumó con las gue­rras del 70 y del 130: la pérdida de Palestina para los judíos; el final del templo y de Jerusalén como ciudad santa; la escisión de los cristianos, la sustitución del Israel bíblico por un judaísmo de nuevo signo, fariseo, laical, centrado en la ley, desperdigado por los pueblos del mundo. Israel no supo leer los signos de los tiempos, desaprovechó la oportunidad salvífica que significó Jesús, se cerró a la nueva comprensión de su tradición, y a las nue­vas intervenciones de Dios en la historia. Esta fue la interpretación cristiana: no su­pieron comprender, se aferraron a un pa­sado sin futuro, desesperaron y se blo­quearon con una tradición gloriosa, que exigía una renovación en profundidad.

Este puede ser un gran aviso para nosotros hoy. Pablo amonesta a los cristianos con el ejemplo de Israel, cuyo destino trágico puede ser premonitorio para el mismo cristianismo (cf. Rom 11,17-22).

La tradición como memoria del pasado

La tradición no es sólo un tesoro sino también una responsabilidad. Jesús de­nunció una memoria que se quedaba en triunfos y seguridades, para poner en pri­mer plano las necesidades humanas y so­ciales del Israel de su tiempo. La paradoja de un pueblo que asesinaba a sus profetas para luego poner flores en sus tumbas, se repite constantemente. El pasado aprisio­na, bloquea y quita libertad cuando se convierte en algo cerrado, estático, aca­bado. Jesús utilizó el pasado desde un presente desestabilizador. No le interesa­ba la clave de los vencedores que cantan las glorias del pasado, viendo ahí la legiti­mación del statu quo presente, cuanto re­memorar el pasado desde una clave profética diferente, la de las víctimas, los pobres, los humillados y explotados.
Hay que romper con una visión triun­falista del pasado, en favor de una com­prensión histórico-salvífica que recuerda a Dios como creador y libertador, el Dios que suscita la esperanza de la tierra; el que saca de la esclavitud; el que guía por un largo exilio; el que anuncia el mesías de los pobres y los enfermos, el que ge­nera vida y esperanza. La religión da mo­tivos para vivir y luchar o no sirve para nada. Jesús supo comprenderlo. Desde ahí fue fiel creativamente a una tradición que se había fosilizado. Había que leer los signos de los tiempos; abrir a Israel a una nueva etapa; suscitar la solidaridad con los más débiles; abrirse a la acción de Dios en todos los pueblos.

La esperanza de futu­ro, la expectativa del tiempo mesiánico, pa­saba por una reconver­sión en profundidad de Israel, de sus estructuras e instituciones, autorida­des y tradiciones. Había que abrirse a un Dios que irrumpía en el presente, desestabilizando, y que genera­ba una reinterpretación de la tradición en clave de misericordia (y no de sacrificio), en función de la persona (y no de la nor­ma), desde un culto en espíritu y verdad (y no en base a sacrificios externos), y desde una comunidad relacional (contra­puesta a la absolutización del templo). La religión de la libertad sustituía a la de la ley, según el resumen de Pablo.

La refundación de Israel, intentada por Jesús, se basaba en una fidelidad creativa, centrada en una radicalización e interiori­zación de los elementos claves de la tra­dición. El pueblo se sentía fascinado por alguien que les hablaba de Dios de forma diferente, que reinterpretaba novedosa­mente la tradición y escogía como clave hermenéutica la solidaridad con los más débiles. De ahí surgió luego la religión del crucificado, esperanza para las víctimas, porque Dios estaba con él y no con los verdugos.  El reverso de la historia, la suerte de los vencidos, se convertía aho­ra en el lugar de la revelación de Dios. A partir de ahí se vinculaba la memoria histórica del pasado (la acción liberadora de Dios en la historia) con la expectativa presente (la transformación de Israel ba­jo influjo de la acción mesiánica), y la es­peranza de futuro (la convicción de la se­gunda venida del crucificado como juez de vivos y muertos). El resucitado se había con­vertido en la clave hermenéutica de la his­toria, en el alfa y omega, en el recuerdo que daba esperanza a los crucifi­cados de la historia. Podíamos ya dar razón de nuestra esperanza. Las dificultades del pre­sente se abordaban des­de la memoria, el com­promiso y la confianza del que sabía de quién se había fiado.

Hoy la Iglesia se encuentra también en una encrucijada histórica. Está surgiendo una nueva época que exige fidelidad crea­tiva, una reestructuración institucional y un replanteamiento de su tradición. El pasado es necesario pero peligroso, ya que muchas excrecencias históricas se han convertido en un lastre que bloquea la acción apostólica. El evangelio del reino puede ser desplazado por el anuncio tras­nochado de un pasado, que cada vez mo­tiva e interesa menos. Como Jesús, hay que reformular la tradición y abrirse a las víctimas y crucificados de hoy. La refunda­ción de la vida religiosa, la reorganización ministerial e institucional, la remodelación de la Iglesia (todavía clerical, verticalista y homogénea) y la revitalización de la espi­ritualidad son tareas del cristianismo hoy.

La esperanza es compatible con el rea­lismo. No equivale al optimismo, que es muchas veces el fruto de una lectura superficial del presente y del intento de con­trolar y poseer las claves del pasado. El hombre tiene que hacerse cargo de la re­alidad, cargar con ella, soportarla y trans­formarla, como afirmaba Ignacio Ellacuría. De ahí la necesidad del análisis, la impor­tancia del realismo, el peso de la toma de conciencia, siempre teniendo como refe­rentes a los más débiles y excluidos. Pero la esperanza es una vir­tud teologal que se basa en la convicción de que Dios no abandona al ser humano. Sigue presente en la historia, motivan­do, inspirando y gene­rando creatividad. Con­tra el tradicionalismo fo­silizado hay que abrirse a la acción del Espíritu, al Dios que construye desde el hombre y que genera libertad y maduración personal. Ya no basta la obediencia a la autoridad, su­puestamente la que tendría la última pala­bra, sino que hay que abrirse al discerni­miento, buscando la acción del Espíritu y atendiendo a las expectativas, sensibilida­des y mentalidad actual. Estos son signos de los tiempos, desde los que hay que buscar a Dios, como decía el Concilio (cf. GS4).

La esperanza depende de la memoria, se abre confiadamente al futuro y tiene como base la fe en la presencia actual de Dios en la historia. Por eso, hay que dar razones de la propia fe, manteniéndonos firmes en tiempos de crisis y de potencial desesperanza. Esto pasa por una existen­cia contracultural (I Pe 1,13-16) en las tres dimensiones del pasado, presente y futuro, para vivir en ellos la novedad del evangelio. Respecto del pasado, viendo en él una responsabilidad histórica ante los retos actuales: la mundialización de la po­breza; la sociedad del bienestar que se orienta más hacia el despilfarro y la forta­leza que hacia la solidaridad; el increíble aumento del gasto militar, cuando hay ma­yor conciencia del hambre en el mundo; la protección de las capas sociales más débiles; la justicia y los derechos humanos como imperativos internacionales; la con­taminación del medio ambiente, etc.

El compromiso cristiano con la "civitas" humana pasa por esas opciones, cla­ve desde la que hay que analizar partidos, gobiernos, liderazgos y comportamien­tos, eclesiales y civiles. Una Iglesia que vi­ve "los gozos y esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los que sufren" (GS I), tiene que romper con el eclesiocentrismo de otras épocas, y asumir un nuevo lugar en la sociedad. Hay que renunciar a privilegios del pasado, en lugar de persistir en defenderlos como derechos del presente, a costa de la cre­dibilidad y plausibilidad del evangelio. Hay que salvar al cristianismo, la buena nueva del evangelio, de su aprisionamiento histórico y eclesial. Eso exige "parresía", osadía profético-mesiánica pa­ra un cristianismo dema­siado instalado social-mente y demasiado fre­nado por prerrogativas tradicionales.

Fidelidad creativa hacia el futuro

El compromiso del presente se torna hacia el futuro. La sociedad del bienestar susci­ta múltiples deseos y carencias, que cana­liza hacia el tener y la acumulación. Hay una exacerbación del deseo y una multi­plicación de miniofertas que ofrecen sen­tido, placer, felicidad y realización perso­nal como contrapartidas. Pero es una so­ciedad sin futuro, ya que las metas que se proponen a los ciudadanos hacen que el sentido de la vida se canalice hacia acon­tecimientos mediáticos (un éxito deporti­vo, un concurso de televisión, la fiesta y el consumo como definición del éxito social, etc), ofreciendo un sentido frivolo y su­perficial de la realización personal.

La novedad del evangelio estriba en un futuro diferente, fruto de la acción divina y del compromiso humano. El deseo tras­ciende los bienes de consumo, porque es­tamos hechos para Dios, lo buscamos, lo deseamos, lo ansiamos. Es la primera ex­periencia cristiana, el teocentrismo radical del que brota la espiritualidad, la expe­riencia carismática, la inspiración y la mo­tivación, el discernimiento, en una palabra la mística. El cristiano del siglo XXI habrá experimentado algo o simplemente no será, decía Karl Rahner. Y hoy es más ver­dad que nunca. Necesitamos mistagogos, maestros espirituales, experiencias que nos interpelen y precedan. La Iglesia está repleta de ministros y representantes que hacen muchas cosas por las que se les res­peta, y algunos les admi­ran, pero pocos se iden­tifican con lo que son y cómo viven.

La Iglesia no es una ONG, aunque el com­promiso con los pobres sea condición necesaria (pero insuficiente) para testimoniar el evangelio. Lo novedoso de Jesús es que anunciaba a Dios mismo, lo buscaba, lo experimentaba, lo vivía. Por eso fascinaba, interpelaba. A Jesús no sólo se le admira­ba por lo que hacía sino que la gente se identificaba con lo que era, experimenta­ba y vivía. Esto es lo que falta en la Iglesia. Gente que sea, mucho más que lo que ha­ga, y que suscite identificación, empatía, apetencias de las que surge la vocación cristiana (ser como éste..). Adolecemos de místicos, de profetas, de carismáticos, de testigos. Son incómodos, a veces peli­grosos, por incontrolables, ya que los mueve el Espíritu, que desborda a la je­rarquía y pasa por encima de normas e instituciones, como le ocurrió a Jesús.

En nuestra comunidad cristiana abun­dan los gestores, los funcionarios, los ju­ristas y teólogos, que saben y hacen, pero difícilmente irradian, contagian y esti­mulan. Una religión que no sirve para vivir, luchar y esperar, no sirve para nada. Si la religión no ayuda a crecer y a vivir hay que rechazarla. La indolencia de una cristianis­mo aletargado e instalado en las socieda­des de consumo aqueja a nuestras iglesias desde la cúspide episcopal hasta el último de los fieles. Es el espíritu del tiempo, que se ha instalado en la Iglesia y le quita lo que es su centro, el ansia de Dios.

Esta es la novedad del evangelio que hay que anunciar, más con el testimonio práctico, que con la teoría. Suscitar el in­terrogante por una forma de vivir, que re-lativiza el consumo y la acumulación, y que sabe auto-limitarse, a pesar del influ­jo exacerbado de la pu­blicidad que convierte al hombre en consumidor. Hay que abrirse, en cambio, a las relaciones interpersonales, con­vencidos de que Dios está ahí, en el hermano al que se ve (I Jn 2, 9-I I; 3,15-17). Las sociedades de consumo son pobres en relaciones humanas. Al po­ner el sentido de la vida en la posesión y acumulación, reducimos al hombre a lo que tiene, pasando por encima de lo que es. De ahí la melancolía y desesperanza de nuestra sociedad, la más rica de la huma­nidad, pero también aquella con altas co­tas de incomunicación, soledad agobiante y falta de interioridad.

En la medida en que nuestra vida está vacía de relaciones sentimos la insatis­facción, porque el ser humano está hecho para amar y ser amado, y ahí encuentra sentido, esperanza y fe en sí mismo y en los otros. Cuando nuestras relaciones son múltiples pero superficiales, surge la sole­dad en la multitud. Nos da miedo a abrirnos al otro, porque tememos la burla y el rechazo indiferente. Por eso multiplica­mos los colegas, compañeros y conocidos a los que damos el nombre sagrado de "amigos", aunque apenas si los conoce­mos, ni tampoco ellos a nosotros.

Ni contamos nuestra vida ni queremos que nos la cuenten. Que cada palo aguan­te su vela en esta sociedad individualista, que yuxtapone a los individuos y desvincu­la en lugar de crear solidaridad. La nove­dad de Jesús fue la contraria: crear relacio­nes personales de fraternidad; generar co­munidades de discípulos que se consti­tuían en células del reino de Dios en Isra­el; refuncionalizar a los dirigentes y líderes de los discípulos, exigiéndoles formas de conducta alternativas a las de los gober­nantes y autoridades de la época. Desde una malla de relaciones humanas surgía la Iglesia, en la que Cristo se hacía presente (Mt 18,20; 28,20), por medio de una nueva forma de co­municación que contras­taba con la sociedad. La novedad cristiana estri­baba en buscar a Dios no sólo mirando ha­cia arriba, según la postura tradicional del orante en el mundo antiguo, sino orientándose hacia las relaciones interpersona­les. O encontramos ahí a Dios, o hay peli­gro de no encontrarlo en ningún lado.

De ahí la radicalidad de la interpelación cristiana y las fuertes reacciones que sus­citaba. Esto hizo que los cristianos fueran acusados de ateos, de enemigos del género humano, de gente sin religión. Era una religión sin templos, con la comunidad co­mo lugar de Dios y como religión del amor, que hacía de los débiles el referen­te privilegiado de la revelación divina. ¿Qué queda de esto en la actualidad?

Desde ahí hay que proceder a la re­forma del cristianismo, siempre incon­clusa, aplazada y limitada, por lo menos desde la Reforma. La esperanza, se inspi­ra en el pasado y se abre a la novedad cualitativa del futuro, en lugar de verlo como mera prolonga­ción de un presente, que necesita ser trans­formado. Estamos vi­viendo el final de una época, a la que el conci­lio Vaticano II, quiso po­ner un final, inauguran­do una nueva etapa. Su herencia todavía per­manece, aunque, en buena parte, ha queda­do frustrada. El vino viejo no puede es­canciarse en odres nuevos y la moderni­zación superficial no ha podido ocultar el carácter trasnochado y desfasado de los contenidos que se ofrecen, más tridentinos que contemporáneos, y, en ningún caso, originarios y evangélicos. Al con­trario, cada vez más, crece la conciencia de que la estructuración actual del cato­licismo no responde ni a las necesidades de la gente, ni a las exigencias del evan­gelio, ni es acorde con las pautas que nos transmitieron los escritos fundacionales neotestamentarios. La tradición pasada, acumulada en siglos posteriores, se ha convertido en una carga más que en una plataforma de creatividad e inspiración. Es más fácil repetir hoy lo que dijo Tomás de Aquino, que repetir lo que él hizo: transvasar el cristianismo a las categorías filosóficas y culturales de su tiempo, creando una nueva forma de teología y suscitando una nueva inculturación del cristianismo.

Este sigue siendo el gran reto del siglo XXI. Hay que ser hijos de la propia época y al mismo tiempo cristianos, para desde ahí, vincular a ambos y generar nuevas for­mas de cristianismo. La historia de la Igle­sia es la de constantes relecturas y recrea­ciones de los evangelios y no la de la con­tinuidad de un depósito inmutable y ahistórico. Hay que dar razones de la pro­pia esperanza, indicando el por qué de la desazón ante el modelo de sociedad vigente; la preocupación por los pobres; la nostalgia ante un Dios aparentemente ausente, y enmudecido en gran parte de la cultu­ra oficial; la amenaza idolátrica de las creen­cias que quieren ocupar su puesto (la patria, la propiedad, el mercado, los valores de Occidente, etc).

La esperanza cristiana se basa en un proyecto, el de Jesús, que tiene futuro. Se contrapone al progreso lineal, continuista, progresivo que parte de lo dado y se pro­yecta en el futuro. El cristiano vive su vida como un don, y desde el regalo de la vida busca convertirse en don también para los demás. El cristianismo, por el contra­rio, vive de la confianza en el Dios ¡niña­mente a la historia, en el Espíritu, que permite que los crucificados de la historia tengan esperanza. Por eso, el anuncio del evangelio pasa por generar esperanza, por infundir ánimos y estimular a confiar en el hombre ante un futuro indetermina­do e incierto.

La vida animal es una repetición del ci­clo vital, a partir del dinamismo de estí­mulos y respuestas. La vida humana tras­ciende la animalidad y se abre a valores, proyectos y convicciones que dan sentido. El cerrar ese horizonte de esperanza animaliza al hombre, ya que la cultura es el esfuerzo por humanizar al animal. De ahí, el reduccionismo de una cultura que reduce a la persona a consumidor, a me­ros estímulos y respuestas gratificantes, limitando el futuro al mero determinismo del progreso material.

De ahí la inquietud, la preocupación y el cuidado, dimensiones de la esperanza que a veces se tornan en angustia, sin sen­tido y desesperación. Lo biológico deja paso a lo espiritual, siempre desde la liber­tad y la responsabilidad de tener que construir la vida desde uno mismo. Por eso, el camino se hace al andar, y no hay camino que otro pueda recorrer por uno; ni dos vidas iguales; ni existencias vicarias a las que se pueda imponer un proyecto, el propio. La expectativa previsible del ani­mal, deja paso al crecimiento en libertad. El cristianismo es libertad, promoción de la persona, llamada a ser y crecer, vocacional. Por eso, el Dios cristiano sorpren­de, irrumpe de forma desconcertante, como se revela en la cruz.

Así, genera inseguridad porque llama a crecer y a vivir, y enseña a esperar. No po­der esperar es una enfermedad del hom­bre, siempre amenazado más que insegu­ro, y capaz, del sin sentido, del absurdo; tentado por la desconfianza vital, el escep­ticismo incrédulo y la desesperanza. Es to­da la que creación la que espera con dolo­res de parto (Rom 8,19-22), y el animal humano es esperante por antonomasia, porque desborda situaciones, circunstan­cias y determinismos. La "excentricidad" del hombre, su capacidad de salir de sí, se convierte en la raíz antropológica de la imitación y el seguimiento cristiano. De ahí, la gracia sobrenatural que afirma la limitación de la finitud humana y confía en la intervención de Dios, que no descentra ni elimina al hombre, sino que lo confirma. Si el hombre es el animal que puede prome­ter, tiene que superar sus meras necesi­dades materiales y biológicas. Dios mismo es la promesa y lo deseamos más que a sus dones. Lo que queremos es la unión con él, porque somos dei-formes, capaces de divinización porque Dios que se humanizó por nosotros y asumió una historia, la del judío Jesús, como su palabra.

La quiebra actual del sistema de creencias, el hundimiento de ideo­logías fuertes (el marxis­mo, el neoliberalismo, el mercado, el nacionalis­mo), el caos de valores e ideas contrapuestas en una sociedad plural, agu­dizan nuestra sensación de inseguridad y amenazan a nuestra identidad. Nos abren también a la espera, que es consustancial al hombre, y que tiene como eje vertebral la esperanza y el compromiso. Por eso, el cristiano del siglo XXI no sólo tiene que haber experimentado algo (Rahner), sino que será político (en sentido amplio, com­prometido con la ciudad de los hombres) o no será. Somos nuestras creencias, hoy cada vez más reducidas (¡ojalá que cada vez más consistentes!). La desorientación actual es la otra cara de un nuevo para­digma del cristianismo y de la sociedad. El futuro depende también de los cristianos, ya que sin ellos difícilmente se puede pen­sar el mundo. Es la responsabilidad de las religiones ante el nuevo orden mundial.

Tenemos la oportunidad de contribuir de­cisivamente al futuro y determinar lo que será el cristianismo y el mundo en el siglo XXI. Esta es nuestra tarea, también la es peranza que compartimos desde un evan­gelio viejo y siempre nuevo, palabra nove­dosa de Dios para nuestro tiempo.

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