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VIVIR EN EL ESPÍRITU:

Equipo de Laicos de los Misioneros Claretianos -
Hablamos del Espíritu porque ése es el tema; la espiritualidad, y porque es Él quien da vitalidad y unidad a cualquier cosa,

A. Un espíritu que sopla donde quiere:

La libertad de los hombres siempre nos ha dejado desconcertados) nerviosos. Mucho más la de los dioses. Así nos pasa con ese Señor y dador de Vida que sopla donde quiere, Él lava lo que está manchado, limpia lo que es árido, cura lo que está enfermo. Él doblega lo que es rígido, calienta lo que es frío y dirige lo que está extraviado.

Pero aunque sea su sola soberanía, la razón de su actuación, sí que sabemos los cris­tianos dónde hizo de las suyas y dónde sigue haciéndolas. Y es bueno saberlo pues es ahí donde hay que buscar­lo. Be la sagacidad para vislumbrar esos lugares o momentos depende el enriquecimiento de la vida espiritual.

a) El Espíritu sopla en la Creación, Él es el origen de todo. Cada vez que el hombre crea, lo hace por M fuerza del Espíritu vivificador, cada vez que el hombre se recrea lo hace en virtud del más perfecto Anfitrión.

Y no sólo eso. Si es Origen es que es a Él a Quien hay que atribuir la magia de los ini­cios¡ a Él hay que otorgar el encanto de lo que se comienza. A este Espíritu encanta­dor, por tanto, se le encuentra. Se le encuentra en el arte y en la naturaleza, en los prólogos y en la fiesta.

Conociendo ya sus estrategias, las reglas del juego de Dios, podemos ensanchar ya los diques de la espiritualidad. El hombre espiritual no es sino un buen jugador del escon­dite. Buen jugador es el que no se cansa de buscar y el que a la postre encuentra.

b) El Espíritu sopla en la Redención. Él es el Libertador por excelencia, quien suelta amarras y rompe cadenas, quien consuela lágrimas y da refugio a las penas. Si así fue­ra es que no hay cárcel que se abra sino es por obra y gracia del Espíritu, no hay sole­dad que se deshaga si no es por presencia y compañía del Espíritu, no hay dependencia que se venza si no es por la fuerza y la maña del Espíritu.

A eso se dedica; a prolongar en la historia obra redentora del Hijo. Así funciona el Espíritu. Estas son sus estratagemas.

c) Y una más; el Espíritu sopla en la consumación. Si hemos hablado del principio y del devenir es que toca hablar del fin. No podía fallarnos el Espíritu en el final de los tiempos. Él es quien garantiza, un "the end" feliz, quien asegura que lo último no es masacre, hecatombe, degeneración, de­crepitud. Lo último no es deca­dencia sino plenitud. Si no pensáramos así vana sería nuestra fe. Por tanto no sólo en lo que se inicia o en lo que fluye se descubre a Dios. También en lo que termina. Y todas Ms historias terminan bien, todas, pese a que nuestros ojos quieran dictarnos lo contrario.

B. Un Espíritu garantizado en la Iglesia:

Esta Iglesia nuestra tiene suerte de que el Espíritu haya depositado en ella su entrega. Si la institución eclesial sobrevive y ello pese a las malformaciones que padece, es porque el Espíritu se ha dado a sí mismo rienda suelta en ella.

a.  Dios no habla de boquilla sino con la boca grande. Lo que dice lo hace, Y se ha comprometido con el hombre. Ha prometido mantenerse fiel pese a que el hombre le engañe, pese  a   que   le  paguemos  con   la  moneda  de  la traición.
Ahí radica la clave; que Dios no puede -y digo no puede- fallar. Fallarnos sería para Él lo mismo que fallarse,   Y Dios,   que para eso es Dios,  no puede negarse a sí mismo. Eso justamente es el pecado y por ello se lo reservamos al hombre.
Hasta tal punto se ha embarrado Dios en esta Alianza, que la ha sellado con su ssngre. Y no con cualquier sangre sino con la suya propia, con la de su Hijo.

b.  En la Iglesia, comunidad de los seguidores de Jesús, se perpetúa el Espíritu. Y has­ta tal punto lo hace que podemos afirmar sin miedo a confundirnos que fuera de la sal­vación no hay Iglesia.

c.   Esta perpetuación se condensa de modo especial en los sacramentos. Gracias a Él éstos signos realizan lo que simbolizan, no se quedan en   frases   ampulosas   e   ino­perantes,   en   ritos vacíos. En este mar de mediaciones en el que navega la fe cristiana, los sacramentos son una media­ción más, pero una mediación muy entrañable, muy especial.

C. Un Espíritu Que nos sostiene:

No sólo en el mundo y en la Iglesia. También en las personas actúa el Espíritu. Lo dice sabiamente la tradición cuando le da el nombre de Consolador Buenísimo, de Dulce Refrigerio, de Huésped del alma. .¥ en cada uno opera de forma diversa. Aunque es un sólo Espíritu en cada cual es distmta su obra (l.Cor. 12,4-6).

a. Están los carismas; esas cualidades personales puestas al servicio de la comunidad.

b. Están los ministerios; esos humildes servicios a través de los cuales se construye la eclesialid­ad.

c.  Y están los hombres de buena voluntad que sin ser ministros ni carismátícos (o tal vez siéndolo más que aquellos que gozan de reconocimiento oficial) desparraman espíritu & raudales.

Para unos y para otros es preciso el discernimiento. Sólo h&y un criterio para, saber si una cosa vie­ne o no del Espíritu, Para saber hay que probar el sabor; el sabor de los frutos. Y los frutos del Espí­ritu son la benignidad y la paciencia, la ternura y la templanza, el coraje y la alabanza (Gal. 5,19-23).

Vivir en Dios es haber comprendido experiencialmente que es Dios quien vive en nosotros.




PARA PENSAR Y DIALOGAR

1.   ¿En qué lugares o personas descubres   el Espíritu de Dios? Razona tu respuesta.
2.   La Iglesia es la casa del Espíritu. ¿Estás de acuerdo con esta afirmación?
3.  ¿Qué carismas te llaman más la atención? ¿Por qué? ¿Cuáles son tus carismas propios?
4. En tu opinión, ¿habría que incrementar el número de los ministerios eclesiales reconocidos ofi­cialmente?
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