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Vivir en cristiano la tragedia de Barajas.

Benjamín Forcano -
    El trágico accidente en Barajas suscita desolación e impotencia. Si siempre la muerte es indigerible, ésta nos revuelve y hace que, por una vez, la miremos de frente.

    A pesar de todo, seguimos actuando como si la muerte no existiera o nunca nos tuviera que alcanzar. Si tuviéramos asimilada esta certeza esencial, seguramente afrontaríamos la vida de otra manera. Llega en estos casos de modo brutal, con desconsuelo irremediable y en lo inmediato no valen palabras ni consejos. Pero, calladamente bulle en nuestro interior la reflexión, en busca de sentido y explicación. Las vidas -nuestras vidas- por tanto tiempo y con tanto esmero cultivadas y protegidas se esfuman en un instante horrible. ¿Vale la pena seguir? ¿Qué sentido tiene esto?

    La muerte, creo, coloca cada cosa en su lugar. Cuando te asomas a ti desde ella ves que la muerte es la vida misma: recibida, dependiente, finita.

    La cuestión, por tanto, es la muerte como cuestión personal. ¿Qué sentido le das?

    Los psicólogos, cuando atienden en estos casos, hacen una tarea humana admirable: explican, descubren, serenan. Ellos son un eslabón más en esa cadena compleja de la ciencia, de la ética, de la mística, de la teología. Por eso, difícilmente pueden soldar las heridas si, al fondo, no aparece una explicación válida y positiva, que levante y haga caminar. Hay que ofrecer claves, de las que sólo el ser humano se ocupa.

    Desgraciadamente nuestra cultura occidental, con ser cristiana, ha malogrado una cultura altamente positiva que obliga a reconvertir la muerte en vida y resurrección. Lo importante es lo que pensamos de la muerte: ¿viene con ella el vacío y la nada o la plenitud y el todo?

    “Para el ser humano, escribe el teólogo Leonardo Boff, la muerte constituye un drama y una angustia. Todo en su ser clama por una vida sin fin, pero no por eso puede detener los mecanismos de la muerte. San Pablo gritaba: ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Y respondía: “Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor”. En esta frase se encuentra la esencia pura del cristianismo. Alguien nos libró de la muerte. En ese alguien la vida se mostró más fuerte que la muerte e inauguró una sintropía superior.

    La resurrección no hay que entenderla como reanimación, sino como una revolución dentro de la evolución, como un saltar a un tipo de orden vital no sometido ya a la entropía. En ese proceso, la vida mortal se transfigura y alcanzó tal densidad de realización que la muerte no consigue penetrar en ella y hacer su obra devastadora. La angustia milenaria desaparece, se sosiega el corazón, cansado de tanto preguntar por el sentido de la vida mortal. Si Jesús resucitó, nosotros los humanos, sus hermanos y hermanas, hemos sido alcanzados por esta resonancia morfogenética de otro orden y presenciamos anticipadamrente un poco del fin bueno de la creación y de la vida”.

    Yo, en una sociedad mayoritariamente católica, donde se proclama desde el inicio ( Nunca, en ningún lugar, de nadie, se dijo lo que de Jesús: ha resucitado) como artículo de fe la resurrección de Jesús de Nazaret, considero normal y vivificante el “recurso a esta fe” como apoyo primordial a la hora de vivir tragedias como ésta.

    Yo creo en la resurrección. Y, para los que creemos con fe cristiana, no hay dos mundos, el mundo de acá y el mundo de allá. Hay solamente un mundo, el mundo de Dios. Lo que hay son niveles de visibilidad. Nuestros ojos materiales captan sólo lo que cae dentro de un tipo de vibración luminosa. Pero la mente y la fe captan el otro lado del mundo, ahí donde Dios es la realidad suprema que todo lo crea. Y lo mismo pasa con la vida. No hay una vida terrenal y otra celestial. Lo que Dios ha creado es la vida sin más. Y la vida tiene etapas de realización: comienza un día y ya no termina más. Nos vamos desarrollando sustentándonos en la fuente de la vida, que es el Dios vivo. Por eso la vida eterna ya se da aquí y ahora, hasta alcanzar su expresión definitiva.

    De nuevo, el teólogo Boff: “La muerte es una invención de la vida para que la vida pueda continuar viviendo bajo otra forma. Morir no implica abandonar este mundo, sino que significa entrar más profundamente en este mundo, en su corazón, ahí donde habita Dios en su gloria y en su supremo dinamismo vital. Por eso los cristianos decimos: morir es cerrar los ojos para ver mejor, no vivimos para morir, sino morimos para resucitar y para vivir más y mejor. En razón de esta comprensión los así llamados muertos no son muertos. Son vivos en otro estadio de vida . Los “muertos” no están ausentes de nuestro mundo, son apenas invisibles a nuestros ojos, están presentes”.

    Contra todo lo que se podía esperar, Jesús, muerto violentamente en la cruz, sale victorioso de la muerte, no vencen los crucificadores sino el crucificado. El hombre justo, y por justo, crucificado, es resucitado por Dios, el Dios de la justicia y del amor.

    Esto es lo nuevo y lo escandaloso. Jesús es una Buena Nueva para los crucificados de este mundo. El escándalo, que Jesús vence, no es el de la muerte humana en cuanto hecho natural y universal, sino el drama de la muerte constantemente infligida al justo. Esa víctima inocente es la que Dios resucita, devolviéndole la vida y demostrando que la justicia es más fuerte que la injusticia y la vida más fuerte que la muerte.

    La resurrección nos asegura que entraremos en una vida totalmente distinta; entraremos en esa primera y última realidad a la que damos el nombre de Dios; continuaremos siendo nosotros mismos sin la limitación espacio-temporal de nuestra forma terrena; seguirá nuestra identidad transfigurada. Dios no necesita, para conservar nuestra identidad, los restos mortales de nuestra existencia terrena. La corporeidad de la resurrección no necesita que el cuerpo muerto vuelva a la vida.

    Para los cristianos, la muerte es tránsito a Dios: “Nuestra fe, -escribe el superconocido teólogo Hans Küng- no es una prueba estrictamente racional, sino una actitud de confianza perfectamente razonable, por la que nos fiamos de que el Dios del comienzo es también el Dios del final, de que el Dios que es el Creador del mundo y del hombre, es también el que lleva a estos a su plenitud”.

    Acabo con una experiencia inolvidable: Hace años, un 10 de febrero, celebramos en Sevilla el entierro del cura Diamantino, llamado el cura de los pobres. Centenares y centenares de personas estaban allí, gentes de todas partes y de todos los colores. Presidía el cardenal y le rodeaban en la Misa 100 curas. Todos querían hablar, recordar, agradecer. Eran visibles la emoción y las lágrimas. Yo también hablé, y a Diamantino allí de cuerpo presente, le hice esta pregunta: Y ahora, ¿dónde estás tú, Diamantino? Porque no hay duda que tú perdurarás en la memoria, en el cariño y en las obras admirables que nos dejaste. Pero, tú, ahora, ¿dónde estás? ¿Dónde estás tú , ahora, tú? Y concluía yo con estas palabras: Diamantino, hermano: rota la crisálida de tus restos, te hallas vivo, nuevo, más allá de la muerte. Has entrado para siempre en el invisible Reino de Dios. Hermano Diamantino, ¿Te lloramos o nos felicitamos?
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